martes, 18 de abril de 2023

La ingratitud

 


En la ciudad de Lima, hacía mucho era bien conocido el tránsito complicado en las primeras horas de la mañana. Era famosa la "hora punta" que nos obligaba a todos a cumplir con la puntualidad en el trabajo. En esas épocas, el parque automotor seguía creciendo y los taxistas hacían su "agosto", (mejor día) por la coyuntura de se momento que incluso, hoy, no ha cambiado. La vida se manifestaba en una suerte de expectación del que sucederá mañana porque el país crecía, pero los cambios políticos lo hacían inestable. Se sentía los avatares de mi Empresa, con la misma rutina de siempre, entre las oficinas bulliciosas o en el trabajo de las secretarias. No llegaba aún el reinado de las computadoras y las tomas del odioso dictado pasaron al olvido.

Para la familia Castell, este era su mundo y su existencia, Pero no todo eran los papeles y los chismes de la empresa, faltaba la sonrisa de los hijos en el hogar que hacía mucho tiempo no llenaban los sueños de este matrimonio. Tuvieron los recursos, las pruebas y aún los viajes que ellos hacían como una forma de atisbar la esperanza porque fueron muchos los exámenes fallidos, los intentos, los corazones apocados hasta que, al fin, como si fuera el último recurso, la matriz dio buenas noticias a la pareja.: Eran dos hermosos óvulos fecundados in vitro y con este resultado, ya tenían una razón de vivir. Los padres felices después de tanto esperar, tuvieron el fruto prometido. Años de búsqueda, plegarias para Aquél que hiciera el milagro y los anunciados con anticipación, por fin, nacieron.

Así las cosas, dos varones se presentaron y un nuevo comienzo en la vida se escuchó. Las malas noches comenzaron, los pañales abundaron y todo fue una responsabilidad compartida. El Sr. Castell no salía de su asombro y la Sra. vivía muy complacida. ¿Y qué de las gracias al Hacedor? ¿Qué de un eterno agradecimiento?  Pero los niños y sus necesidades ocuparon el primer lugar y ya no les dieron tiempo para reafirmar su fe. El padre primerizo, no sabe, no entiende, no opina, pero a mí no me convencieron los motivos de cambiar el orden de todo para ignorar a Quién les cambió la vida. Pasó el tiempo y ahora los bebitos que fueron, hoy adolescentes, ya juegan al fútbol en el club de los aficionados. ¿Y el profesional bendecido? Nunca más regresó a la Congregación.

Pero si me dejó la boca amarga el hecho de la ingratitud de los Castell aún de encontrar lo que nunca se perdió.  Pero sabemos también que en lo profundo de nosotros también existe esta raíz. Me preguntaba entre otras cosas ¿Acaso hay grados de ingratitud? Hoy, por ejemplo, no hablé con Él y no quiero ser un hijo obediente, hoy quiero ser otro y no exagero, recuerdo siempre, lo admito, que yo también soy un ingrato. Pero cerrar mis ojos a la evidencia cuando tengo conmigo a mi sangre anhelada, la que nunca tuve, pero ser así ¿Solo por haber recibido un regalo de amor? No lo concibo, no lo entiendo, no lo acepto, pero no tampoco lo condeno…

No obstante, el ser humano es de esa manera. Para aquél que el milagro se hizo, para la mujer insensible y para el niño que ignora Quién al fin, le permitió vivir. ¿O será para el anciano que llegó al ocaso de su azarosa vida? En fin, este mensaje es para toda la humanidad religiosa que cree en Dios, sí, pero que vive como si Él no existiera…

Roque Puell López Lavalle

 Click: https://www.youtube.com/watch?v=DbHP9NtSnB0

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