Un niño y una niña estaban acostados en el jardín del patio trasero de una casa, mirando el cielo. Ambos jugaban a adivinar las formas de las nubes que se formaban en el espacio frente a sus ojos. Inocencia e ingenio en cuerpecitos menudos era lo que ellos demostraban. Era la edad del despertar, aquella en la que no se concibe que algún día cambien las cosas ni se sabe qué sucederá en el futuro cuando crezcan, sin quejarse siquiera. Y no dejaron de buscar su momento, pues habían hallado, de alguna manera, la forma de expresar su alegría y su felicidad en un juego que pocos habrían conocido. Comprendieron que era el mejor día para estar juntos y contemplar ese firmamento, respirar el aire de la naturaleza que los hacía soñar que aquello no terminaría nunca.
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Nuestra existencia está llena de diferentes momentos que a veces no alcanzamos a entender. Sin embargo, podemos disfrutar de días felices y también de algunos días sombríos pero siempre hay un propósito y al final hay una esperanza en Aquél quien nos creó. Dependerá solamente de nosotros. ¿Qué piensas de todo ello? ¿Nuestra vida es un azar?
jueves, 24 de septiembre de 2026
Los niños
Un niño y una niña estaban acostados en el jardín del patio trasero de una casa, mirando el cielo. Ambos jugaban a adivinar las formas de las nubes que se formaban en el espacio frente a sus ojos. Inocencia e ingenio en cuerpecitos menudos era lo que ellos demostraban. Era la edad del despertar, aquella en la que no se concibe que algún día cambien las cosas ni se sabe qué sucederá en el futuro cuando crezcan, sin quejarse siquiera. Y no dejaron de buscar su momento, pues habían hallado, de alguna manera, la forma de expresar su alegría y su felicidad en un juego que pocos habrían conocido. Comprendieron que era el mejor día para estar juntos y contemplar ese firmamento, respirar el aire de la naturaleza que los hacía soñar que aquello no terminaría nunca.
domingo, 20 de septiembre de 2026
Yo estaría de duelo
Porque a ellas las amo, porque a ellas las quiero ¡Vidas que un día cualquiera se marcharán! Hoy es la inmensa lejanía, el mañana incierto y mientras tanto, ahora yo me pregunto:
¿Quién se dolería de mi lamento?
Mis chiquilinas que siempre fueron de papel, esos corazones suyos tan inmensos en cuyo amor no existe el destierro porque las extraño y las siento…
¿Es eso un regalo del cielo?
Si mil años yo viviera, los siglos así me hallarían y los misterios que viajan me verían solitario, pero aun así, sé que las encontraría y de este modo, las tendría conmigo.
¿Solamente sería un sueño?
Entonces sé que hoy no llevaría un velo, hallaría así, por fin, un gran consuelo. Mas si esto no ocurriera, mi dulce amor, si no fuera así, mi amada flor…
yo estaría de duelo.
Roque Puell López - Lavalle
martes, 15 de septiembre de 2026
Mirarlos de frente
Mis propias guerras y mis propias victorias, mis propios amores y mis propias decepciones, mi propia vida y mi propia muerte. ¿Quién me podrá librar de mis propias pasiones?
Todas ellas son mis broncas cadenas, y tales son los motivos de mi libertad. Yo las conozco de toda una vida; mas no me infunden aliento ahora para volver atrás.
Que si me tendieran el arco estando escondidos, que dieran a amenazar con el puñal hoy en día, o si quisieran destruir mi alma… ¡Que desaparezcan las leyes humanas! Porque ellas son las que condenan la verdad hecha luz y manifiesto; ellas abusan del inocente y de su recuerdo, de su vida y de su descendencia. ¿Quedará callado entonces el reclamo en el silencio?
Ellos obran así, de muchas formas y de muchas maneras, como hacen los cobardes: sin temor y sin justicia, sin conciencia y sin fundamento.
A quienes ahora denuncio, lo hago con gran desprecio a la muerte y con valor ante la soñada quietud. Yo no tengo la conciencia manchada ni sangre en mis manos, porque ya no hace falta sentencia: pues… ¡Tengo que mirarlos de frente!
Roque Puell López – Lavalle
domingo, 13 de septiembre de 2026
Un mal día
Desperté con dolor de cabeza y sin desayuno, con la boca amarga y, de tanto en tanto, sangrante: era la herida del huraño, del parco, aquel que no habla por miedo al qué dirán de su triste semblante. Y solo en la cama me puse a pensar si sería la resolana del día o la luz de levantarme ya sin prisas y sin cuidados; total, uno está acostumbrado a vivir como soldado. Así pues, me bañé y me vestí para ti. Sin duda pensé verte en la alameda de los perdidos y en el parque de la esperanza, porque la medusa de mi casa estaba indignada; pero así le hablé a su pensamiento con mi profunda mirada:
«Me encontré que hablabas con el amigo de antaño, con aquel ingrato de siempre que buscaba encuentros para hablar de sus temores y fracasos. Vino a visitarte porque a mí no me llegó el anuncio de su llegada, y me di con la sorpresa cuando iba de salida a mis enredos y sentenciados. Quién sabe qué mentiras le dijiste, qué penurias compartiste en una catarata de palabras sin sentido de mujer herida y desesperanzada, con el corazón doliente y disfrazado de palabrerías tiernas y aterciopeladas. Las vacilaciones no se hicieron esperar y buscaste eco en tus quejas y sentimientos, en el mal proceder de un esposo hambriento de justicia para rendirte como una Magdalena: llorando y rugiendo a la vez la venganza de los dioses, la revolución de las sangres y el juicio a los traidores».
Pero aún tenía la palabra en la mente y tuve que salir entonces en un momento de confusión, en un intercambio de saludos realmente mediocre, falto de sentimientos y de no pocas razones. Aun así, fui a preguntar al iluso por el milagro de tal visita: si sería vano creer que vendría siempre o si fue un azar del momento, en medio de una cortesía al más puro estilo de un gran caballero. Así las cosas y sin respuesta, me puse el sombrero, anudé mi chalina vieja y un cigarrillo calmó el frío que me ceñía. ¡Fue estúpido, entonces, aquel encuentro!
Repasé en mis pensamientos el pasado vergonzante de una serie de conductas impropias y de amigos desleales. Ahí estaba el halcón, de quien solo el nombre era inteligente, porque no daba pie con bola ni en lo que enseñaba ni en lo que aconsejaba. Aquella estrella, mujer de carácter según su cuna y su linaje, vio cómo en un abrir y cerrar de ojos le arrebataban su inocencia en un carruaje. ¡Pobre ingenua! Y aquel que reclamaba la amistad como una espada fuerte y sublime de la verdad y la fortuna, nunca apareció en la enfermedad ni en la necesidad; no supo distinguir entre la vida y las letras vivas de una Escritura. Qué sabiduría y verdad se le muestran al iletrado al final, y cuán falsos son los muchos que le cantan palabras huecas a más de un desorientado… ¡Qué vergüenza!
Y así transcurrieron la mañana y la tarde, con pasos pesados entre el humo y el andar lento de transportes inciertos. Vi cómo arrebataban carteras y bienes unos que no respetan miserias ni edades, como antes se hacía; para ellos, quitar sin trabajar da más placer que robar con elegancia y buen porte. Ahora pretenden justificar el delito con la apariencia, sin comprender que es preferible la muerte, aun llegando a la ceremonia de una capilla ardiente. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Eterno lo librará de las abominaciones del tirano ciego… ¿O será un espejismo creer que entre nosotros nos arrancamos el corazón bajo falsas bondades?
¿Y el tiempo se detuvo? No. El tiempo no se quedó contemplando mis planes ni mis desvaríos; demostró sin reservas que todos los males recaen sobre una sola cabeza, y que habría de llegar un gobernante cruel para que de una vez mueran todos los agravios. Y no se irán así los tiempos difíciles, ni cesarán las horas de llovizna que gotean interminables sobre el pobre que toca su instrumento en cada esquina. Solo sé que debí despertar de tan largo engaño, de tan odiosa letanía, de encuentros fingidos y de una amistad sin alma. Solo recuerdo que nací solo, que crecí entre dos mundos en guerra, y que aun así no se fueron las horas amargas —y menos ahora—, en este mal día…
Roque Puell López - Lavalle
jueves, 3 de septiembre de 2026
Audacia
Max Planck decía que el miedo es tan saludable para el espíritu como el baño para el cuerpo. Yo creo que tiene razón, si a los 22 años quieres experimentarlo y, quién sabe, retarlo para ver quién es el triunfador de esta sensación.
Diciembre de 1978 fue un mes soleado, y aquel sábado teníamos un bonito verano ya declarado. Recuerdo que nuestro Perú vivía aún la Dictadura Militar, pero a nosotros, los muchachones del barrio, no nos importaba en lo más mínimo. Creo que la música de moda sonaba más fuerte en nuestros oídos, fuera Barry White o el recordado Cat Stevens.
Me habían prestado una bicicleta en buenas condiciones; eso me agradaba, pues anteriormente hacía mis andanzas por Barranco y Chorrillos, pero esta vez nos juntamos dos amigos más y enrumbamos hacia Magdalena del Mar desde el mismísimo Miraflores. Charly, el mayor, era de cabello enrulado y, llevando a Pancho en el cuadro, parecían padre e hijo: ambos eran melenudos, solo que uno tenía el pelo lacio y el otro revoloteado. Yo no me quedaba atrás con mi jean blanco —antes azul— y un cabello igualmente crecido; formábamos, pues, el trío más estrafalario.
Enfilamos por la Avenida del Ejército con las dos bicicletas, en una suerte de carrera para visitar a nuestro amigo Robertino Benvenutto, llamado «el duro» por la forma caprichosa que tenía de caminar. Nuestra meta era recogerlo y llevarlo en mi bicicleta a Miraflores nuevamente, como algo inusual y no fue tanto por algún acontecimiento importante. En el viaje, nuestra temeridad, sumada a la del transporte público y los autos, era digna de verse; poco nos importaba el peligro y, aunque los demás tenían lo suyo porque la vía era difícil, nadie podía presagiar lo que iba a pasar después…
De regreso, llevando a Robertino a Miraflores, se me ocurrió proponer una nueva carrera, pues en la primera ganaron ellos y en esta tenía que ser yo. La distancia era de 5 kilómetros por toda la Avenida del Ejército, desde el final de la Avenida Brasil hasta la Avenida Larco en Miraflores. No había nada que pensar y comenzó. Pedaleé tan duro que llegué a ser el líder de la competencia, sacando buena ventaja. La adrenalina de todos estaba al máximo y yo estaba frenético, ganando a lo lejos. Pasamos por la Bajada de San Isidro, junto al Cuartel San Martín, y esta bajada era una pendiente empinada y peligrosa desde la pista de arriba hacia abajo, en el llamado circuito de playas. Eufórico, le dije a Robertino:
—¡¡¡Bajamos!!!
Su terrible <<¡¡¡Noooooooooooooooo!!!>> se hizo notar, pero muy tarde: ya estábamos cuesta abajo. Cogimos una velocidad promedio de por lo menos 80 kilómetros por hora. Los autos que subían por la cuesta nos desviaban en segundos. Yo mantenía el timón firme y recuerdo que, con la velocidad desplegada, los dos solo atinamos a gritar, pero no pidiendo auxilio —porque éramos muy valientes—, sino porque la experiencia vivida en esos momentos hacía insostenible mantener la calma.
De pronto, no pude tomar la curva porque era muy cerrada; además, se nos vino un carro encima y tuve que seguir derecho para librarme de él, pero iba directo al precipicio, derechito al mar en línea recta. No tuve otra opción: torcí el timón hacia mi izquierda a tremenda velocidad, lo que hizo que Robertino se fuera hacia adelante, cayendo pesadamente. Yo salí disparado hacia arriba y, al caer también fuertemente, aterricé casi de pecho sobre el terreno, generando un «hongo» inmenso de tierra.
Ni bien me reincorporé un poco, la bicicleta cayó sobre mis espaldas. No le hice caso: buscaba a Robertino y lo encontré tosiendo, escupiendo tierra y piedras por la boca. Se le veía tan mal… eran momentos dramáticos.
—¡Robert! ¡Robert! ¡Qué tienes, compadre!
Y me respondía entrecortado; no se le entendía nada, tartamudeaba. Al fin, al verlo de esa manera lastimosa pero entero, me vino un ataque incontrolable de risa, burlándome de su condición. Él, mirándome igual, también comenzó a reírse de mí y nos abrazamos casi llorando, carcajeándonos un buen rato de lo mal que estábamos los dos y de que nada nos había ocurrido.
Cuando se disipó esa nube de tierra, nos dimos cuenta de que estábamos a solo 5 metros escasos de caer cuesta abajo por el acantilado. En un espacio tan pequeño sucedió lo inimaginable.
Luego miramos hacia arriba. ¡Parecía un anfiteatro griego y nosotros los protagonistas! Muchas personas se habían congregado alrededor del cerro, desde la pista hacia abajo, para ver lo que había acontecido. Era noticia nacional: muchos carros estaban estacionados y los curiosos se quedaron quietos mirando qué hacíamos. Entre ellos, Pancho y Charly estaban boquiabiertos, mientras nosotros seguíamos riendo sin control, terminando por burlarnos de los que nos observaban.
Al final, todos se fueron. Nuestros amigos bajaron, no para regañarnos, sino para celebrar tremenda osadía y, sonriendo, nos dieron palmadas en la espalda, como diciendo: «Buena la hicieron». Ya tranquilos, nos dimos cuenta de que no teníamos más que unos pequeños rasguños, nada serio: Robertino tenía un raspón cerca del ojo izquierdo y yo otro en el codo izquierdo, todo sin novedad.
También me di cuenta de que la cuesta había quedado inconclusa: la parte más difícil la habíamos pasado y la continuación era relativamente sencilla, así que le propuse a Robertino bajarla. Su rotundo «no» me dio a entender que estaba curado, pero yo lo hice nuevamente dos veces más, aunque ya sin la magia inicial, porque la emoción había terminado.
Eran casi las 6 y el sol se ocultaba. Una profunda emoción nos unió a todos y seguimos caminando con las bicicletas rodeando la playa por el circuito hasta llegar a Miraflores. Solo en algunos trechos volvimos a pedalear como al principio, pues era necesario por la distancia, pero después preferimos caminar. Nuestras figuras se oscurecían con el atardecer y la luz de este reflejaba la esperanza de vivir nuevamente, como si fuéramos parte de esta naturaleza marina, que todo cambia y todo se hace nuevo en el transcurrir de su paso.
Cuando llegamos ya era de noche. Estábamos cerca de mi casa y nos sentamos en el césped del parque tomando unas Coca-Cola y hablando de lo que había pasado. Entre risas y reflexiones serias, comprendimos que éramos muy afortunados y que esta experiencia nos marcaría a los cuatro para siempre. No obstante, le dije a Robertino que, cuando bajábamos peligrosamente, sentí una extraña sensación dentro de mí: tenía una certeza inexplicable de que absolutamente nada nos iba a ocurrir. Él, con tierra en los ojos todavía, me dijo sorprendido:
—Yo también… no sé por qué, sentí lo mismo…
Y nos dimos otro abrazo sonriendo, celebrando todos.
Esto ocurrió hace 32 años y el lugar de los hechos todavía existe, pero totalmente cambiado. Nuevas son las barreras y los alrededores de este camino a la playa. Siempre que paseo en auto y paso por allí, me viene a la mente «cómo pude» y sonrío mecánicamente. Creo que nunca podré olvidarlo.
Hace poco me encontré con Charly; eran como las 11 de la noche en Miraflores. Nos habíamos pasado de largo con una mirada indiferente, pero una corazonada me detuvo y, volteando, le grité: ¡¡Charly!! Él hizo lo mismo a la vez que yo y preguntó:
—¿Tú eres Roque?
Sonreí, me emocioné, me acerqué y nos abrazamos fuertemente. Está viejo; dizque periodista, escritor y con una colita al final del cabello. Adiós a los rulos de hace mucho tiempo. Pancho todavía vive, creyendo en los OVNIS, y a veces hablamos por Facebook. Robertino, sin algunos dientes, igualito pero con patas de gallo. Con el humor de siempre y tan diferente al mío, nos pusimos al día al conversar después de 10 años de no vernos.
Hablamos de la audacia. ¿Audacia? Estupidez temeraria diría yo ahora a mis 69 años, pero no, no puedo ser injusto: todavía vivimos para contarlo. Además, lo más bonito fue que el miedo nos unió a todos. Entre la línea delgada que divide la vida y la muerte, vale la pena esta vivencia, porque la amistad se fortalece en los momentos más difíciles y la vida puede verse de otra manera. A veces pareciera que tienen que ocurrir ciertas situaciones para que los hombres, en medio de las adversidades, tengan que entrelazarse como hermanos.
Entonces, valió la pena vivirlo, contarlo como una anécdota o como una locura de juventud que puede ayudar a valorar los tiempos y las sazones, los sentimientos entre unos y otros… no lo sé. Ahora, en este año, tampoco estoy seguro si quisiera repetir la audacia. El tiempo lo dirá…
Roque Puell López - Lavalle
domingo, 30 de agosto de 2026
Charlotte
Roque Puell López - Lavalle
miércoles, 26 de agosto de 2026
El silencio del padre
Roque Puell López - Lavalle
martes, 18 de agosto de 2026
Amanecer
Al canto de la orilla
Quisiera caminar contigo a la luz de la luna, al borde de la orilla, tal como la arena nos recibe: vasta y generosa. Disfrutando juntos el vuelo de las aves, del mar que se agita impredecible a nuestros pies, así como me inquieta alegre tu mirada. Tus bellos ojos negros son aquel resplandor que me ilumina, son la luz que pinta tu candor y que me invita, atrevido, a besarte.
Tus deseos me contemplan diciéndome:
Quédate conmigo esta noche, veamos juntos cómo se oculta la luna y busquemos el amor. Háblame tú como siempre lo haces, con tu voz tierna y rebelde. ¿La ves cómo nos sonríe?
Afortunado soy al encontrarte, y a la vez me siento como quien no quiere dejarte escapar. Quiero ser tu más dulce amante, aunque no sepa cómo terminará esta aventura. Que me quieres como yo, eso ya lo sé; cuéntame la verdad: no digas que somos pequeños, porque te pienso mucho aunque no siempre estés en mi regazo. Las palabras que nos decimos son poemas, delicados versos que se pierden en la inmensidad de la noche, confiesan nuestros anhelos y se refugian en el alma para luego quedar en silencio. Te amo y no quisiera perderte, aunque a veces quisiera llevarte muy lejos sin atender a tus ruegos. Y ahora dejo claras mis intenciones para dar fin a las dudas: que muera el vano sufrimiento.
¿Todavía quieres escucharme?
Sí, pero ahora quiero que me hables con las manos, que nuestros mimos se fundan en el horizonte y nos riamos juntos de los cuentos trasnochados.
¡Ah, mujer! No me tildes de anticuado…
Que tus amores calmen mis miedos y mis esperanzas; que tu corazón viva intensamente junto al mío, sin importar el tiempo ni la distancia. Que nunca mueran la tarde ni la noche, porque ya no importa nada, ni siquiera el mañana.
Quiero entonces dibujarte a besos y admirarte toda, para cambiar mis pensamientos por tus incesantes anhelos. Ahora solo quiero convencerme de que esto no es un sueño de muchachos: que no hablemos más y vivamos sin cuidados, que hoy nos amamos…
Entonces, sígueme contando tus bellas intenciones, tus locuras y ocurrencias que tanto hacen falta a mi corazón asustado. Y que nunca se te ocurra terminar este momento que por fin nos ha encontrado. ¿Me lo dirás?
Claro que sí, mujer. Pero después me gustaría que caminemos recibiendo la brisa, quizás viendo irse a las aves, dejando nuestras huellas en la arena para que nunca se borren y siempre las recordemos… al canto de la orilla.
Roque Puell López - Lavalle
sábado, 1 de agosto de 2026
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