martes, 9 de junio de 2026

Hazaña



Verano de 1968. El parque Fátima, en Chorrillos, amanecía sin novedades, como cualquier otro día. Mis vacaciones escolares transcurrían en casa: me quedaba dormido hasta tarde, veía los programas infantiles de la televisión —los clásicos de entonces— y las peleas de boxeo del canal que nos gustaba más, junto a mi prima, que vivía conmigo. Llegaba la tarde y, como era costumbre, salíamos a jugar fútbol; yo iba descalzo, con una pelota que apenas tenía aire, y jugábamos sobre el césped muy reseco. Me había incorporado al grupo de los chicos mayores, que tenían unos dieciocho años, mientras yo contaba solo con once; así vivía yo lo que llamábamos, en mi niñez, el “fútbol de verdad”.

Al terminar la partida, recordé que unos días antes había visto a los cadetes de la Escuela Militar bajar por los cerros que rodeaban la urbanización, vestidos con su equipo de campaña. Sabía que en el cerro Sol existía también el monumento al Soldado Desconocido, y aquello despertó mi curiosidad. Al ver a los cadetes, me animé a hacer lo mismo: subir, sin importarme nada, porque al fin y al cabo era todo un reto. Ninguno de mis amigos quiso acompañarme, y no sé por qué. Así que partí solo: bajé por la zona de Agua Dulce y el Malecón, y llegué rápido a las faldas del cerro.

Decidí subir por el centro del terreno, sin buscar ningún camino —de hecho, ni siquiera quise buscarlo. En pocos minutos, me vi rodeado de piedras y en una situación muy incómoda; pero como ya no había vuelta atrás, tuve que seguir adelante, pronunciando palabrotas hasta llegar al punto donde yo y mi “valiente” irresponsabilidad me había llevado. Entre miedo y terquedad, cubierto de tierra, logré mi hazaña: trepé el pequeño muro que rodeaba el lugar y llegué a la explanada donde se alzaba el obelisco. No había nadie más, pero mi corazón latía con fuerza de emoción; me sentía feliz, contento por haber logrado lo que tanto había deseado en ese momento.

Reinaba un silencio profundo, el lugar resultaba muy misterioso. Parecía un cementerio —y en cierto modo lo era—, y el viento que pasaba haciendo un sonido particular me llenaba de intriga. Luego corrí hacia el Planetario, que estaba un poco más allá. Era un edificio muy antiguo, pero nada comparable a la realidad que vivía frente al monumento. Me quedé pensando y así me preguntaba qué sucedió allí, imaginando en la cumbre a estos soldados peleando y a los caballos desbocados, sin contar los fuertes estruendos de la artillería. Bajé sin saber cuánto tiempo empleé ni cómo logré no caerme por el precipicio.

Con los años, volví a ese lugar cuando ya era mucho mayor, acompañado de una pareja centroamericana, para hablarles de nuestra historia y de lo que significaba para los peruanos este espacio tan lleno de acontecimientos. Pero entonces volvió a mi ser otra vez la emoción indescriptible que viví a los once años. Aunque todo había cambiado en gran parte, el obelisco y la figura del Soldado seguían allí; fueron los mudos testigos de mi vivencia. Me asombré por los sentimientos encontrados y me di cuenta la tremenda altura que pude subir en esa oportunidad, sin morir en el intento. Sin embargo, mi conciencia me había dicho con fuerza: “Lo lograste”.

La historia no acaba ahí. Para ese tiempo ya estaba casado y tenía hijas. Lía, la mayor, que poco antes de cumplir un año, era inquieta y traviesa, igual que su hermana Elizabeth. Esa vez, después de buscarla un rato, la encontré subiendo las escaleras: ponía sus manitos adelante, como si estuviera gateando, y le dije en voz alta, preocupado: —¡¡Hija!! Ella se dio la vuelta, me sonrió de oreja a oreja, y terminó de subir el último escalón que daba al segundo piso, esperando seguramente que yo la cargue. Todavía recuerdo esa escena muy bien.

Inmediatamente me acordé de mi pasado y volví al morro experimentando de nuevo la soledad y mis emociones de entonces. ¡Fue desconcertante! Y fue entonces cuando mi hija me dijo, con su risita burlona: —¡¡Te gané, papá!! ¡¡Llegué más de diez años antes que túúúú!!

Me quedé pensando mucho en esa oportunidad… Recordé que mejor sería no seguir dándole vueltas, así que subí corriendo, muy contento y la abracé llenándola de besos…

Roque Puell López - Lavalle

 

No te lo confesè


No te lo confesé porque tú habías cambiado, porque te habías convertido en un bello cuento. La diosa de mi imaginación se transformó en una tímida e inalcanzable dama, que no daba cabida a mis sentimientos ni tampoco a mis esperanzas. ¿Será verdad que lo nuestro estaba destinado a ser algo irrealizable?

No te lo confesé, pues vanos fueron mis deseos y duras fueron tus palabras; duras como si fueran clavos que tu razón se negaba a escuchar. Pero lo que ahora siento, quizá más adelante logres comprenderlo. Y sabes, si hoy tuviera que elegir con quién habría de quedarme, sería contigo: el qué dirán se desvanecería pronto, pero mis besos jamás se perderían…

Entonces, decidí ser como el mar azul de nuestra costa: imprevisible, firme, sin debilidades, con un ímpetu tan grande que se asemeja a las más temibles tempestades. Y aun así, sé que solo recibiría la brisa de tu indiferencia… ¡No te nació amarme!

Pero si pudiera entrar en el remolino de tus pensamientos más profundos, y si lograra escalar las montañas de tu corazón, ya no tendría por qué recordar más tus desvelos ni tus quebrantos. Porque, si tú no quisiste enfrentar lo que mi corazón anhela, ¿Cómo podría yo llegar a amar al tuyo?

Por eso no te lo confesé aquella vez: para que no sueñes con castillos en el aire, para que no imagines caballeros que quieran vengar desaires, ni mucho menos ladrones que intenten robar mi tesoro más preciado. Aun así, te amo; te amo porque quiero tenerte siempre entre mis besos y nunca dejarte. ¿Será acaso que la soledad de mi vida me conviene más que tus ojos, esos ojos que tanto deseo?

Roque Puell López - Lavalle

 

martes, 2 de junio de 2026

La abuela


La sonrisa de sus labios vertió ironía al pie del cadalso imaginario. Los ojos impávidos de los hombres contemplaron igualmente el cuerpo inerte que fue hecho jirones por los temibles sucesos acaecidos un tiempo atrás, en la agreste comarca. Nadie, extrañamente, le rendía altos honores; solo quedaban los recuerdos de quienes lo conocieron, tal vez de aquellos que abrazaron sus ideas, sus virtudes y sus no muchos fracasos.

Sin embargo, ellos guardaron el secreto a través del tiempo: no cabía exaltarlo. La muerte tuvo que hacerse presente porque tenía que cumplir con su deber. No importaban ahora esas medallas que habría recibido en batallas, ni mencionarlo en los caminos de la historia o en la pluma de algún escribiente. No, era menester que todos olvidaran su memoria, su rastro y su lejano origen, tal como había sido concebido por las circunstancias.

Más de uno lo experimentaba: si no eran los reyes, entonces lo sentían en el pueblo, en la comarca, lo tenía el extranjero, el soldado y hasta el artesano. Todo el mundo vivía ese momento y lágrimas de alegría rodaban por los rostros tras escuchar el reciente himno interpretado efusivamente por la gloriosa banda de guerra. Soldados que, como antaño eran las milicias de los bárbaros, ahora se mostraban desafiantes, imponentes, pero con una gran diferencia: ya no se conformaban con una determinada invasión, sino que se oponían a cualquier atisbo de sentimiento que quisiera ir en contra de las ideas del momento.

En casa, la abuela siempre decía que conocía al muerto. No era por los años que tenía, ni mucho menos, pero solía decir que la gente se sumía en el llanto por alguien que formaba parte de su vida sin darse cuenta; que intentaba borrar con fantasías a alguien que podía surgir de las negras sombras en cualquier instante y que no hacían falta ni tanta ironía ni tanta fanfarria, para tratar de olvidarlo.

Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando yo todavía era un niño, le pregunté por ese personaje al que ella había conocido en tantas circunstancias y al que, sin embargo, yo parecía no haber notado. Quizá más tarde, cuando crecí y serví en el ejército, tampoco lo vi; nunca me percaté de su presencia. Ella sonrió y me dijo:

—¿Todavía no lo conoces? ¿No te has dado cuenta de que de pequeño siempre te acompañó?

—No, abuela —le contesté.

Ella se puso seria y agregó:

—Por todas las maravillas que la naturaleza te ha podido mostrar y por todos los logros que el hombre ha podido alcanzar, siempre hubo algo antes que él, un origen. Pero el hombre no lo reconoce. Sin embargo, eso aparece en cada instante y en cada oportunidad; te revelará su naturaleza, aunque nunca te dirá su nombre. Pero cuando sientas una opresión en el pecho y tus ojos miren por encima del hombro de cualquiera, ahí sabrás de quién te hablo.

—¿Quién es? —pregunté, sin entender nada.

Ella miró a los lados y me susurró bajito al oído:

—El orgullo.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


lunes, 25 de mayo de 2026

La bitácora


La emoción de llegar me consumía poco a poco, solo con pensar en lo que podría encontrar después de tanto navegar. Los otros marineros no cabían en su asombro tras tantas vicisitudes en el mar y que por fin, sus sueños comenzaban a vislumbrarse. No me infundía el aliento del cómo desembarcar, porque mi alma se contentaba tan solo con pisar el continente prohibido, o quizás sería el mundo nuevo que nos recibiría sin chistar. Mi tripulación reía, pero había otros que miraban indiferentes el cálido horizonte; ellos todavía no lo creían.

En mi bitácora escribí todas las contingencias con detalle, al igual que todas las novedades con tesón. Mi pluma no desfallecía al contar las cuantiosas aventuras de los marineros, ni por los cuentos de sirena que solían soñar. Era el capitán, pero era semejante a esos padres que llevaban a sus hijos a jugar en el campo, donde la diversión no terminaba de comenzar.

Y de repente, en mis emociones se encendió el furor y apareció la controvertida angustia del temor. El cielo radiante se convirtió en un negro turbión, y el mar embravecido no cesaba de crecer. Y aunque yo estaba familiarizado con todo ello, ahora era diferente. Se escucharon ruidos en el cielo: yo sabía que eran los temidos truenos, y los fuertes vientos tampoco se hicieron esperar. Las grandes ráfagas golpearon nuestra embarcación, y la tormenta se desató por completo entre los rayos y el aguacero intenso.

Luego, una tensa calma nos invadió a todos; un intenso deseo de sobrevivir se vio en los rostros desencajados de cada uno. Nuestro barco estuvo a la deriva si no fuera por el viejo Sánchez, un timonel encallecido que supo controlar lo acontecido. No faltaron los que rezaban, a pesar del enojo que experimentaron, pero lo soportaron. Parecía que no llegábamos al prometido continente, o quizás a la tumba que según algunos les esperaba por causa de la tempestad.

Y por fin, se había roto el cielo: una luz brillante cortó el firmamento y poco a poco el aguacero comenzó a amainar.

—¡Empiecen a subir las velas! ¡Aseguren los cabos! ¡Vamos a estribor! —grité.

Eran las órdenes, eran las esperanzas que todos querían escuchar.

En eso llamaron a la puerta de mi camarote. Era un oficial joven, de pocos años, que me preguntó preocupado, entre otras cosas:

—¿Por qué tenía miedo, capitán?

—¿Estás loco? ¿De qué miedo me hablas?

—Capitán, es que…

—Mira —le dije—: hace mucho tiempo tuve que dejar toda mi vida atrás, empacando todo lo que tenía en dos bolsas negras, y me embarqué en el puerto para empezar de cero. No sé de qué me hablas. Creo que solo tienes sueños en la cabeza. ¡Vete a descansar, hombre!

Y era verdad. Con la emoción de lo que había ocurrido se me olvidó del miedo. Creo que podría haberme sentido inseguro, como es natural, pero en ese momento no se me pasó por la cabeza, porque sabía dominarlo. Más tarde vi al oficial mucho más tranquilo y le pude explicar lo que había sucedido. Poco después, para beneplácito de todos, salió el sol más brillante que de costumbre, y por fin había cumplido mi sueño.

—¿Están conmigo? —les escribí a todos mis amigos. Pero ellos no lo entendieron…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Los cerezos


Deseo admirarte, como las flores, y quizá que me ames, como la primavera a sus colores. Será por tu mirada de joven impetuosa, o quizá por ser hoy una mujer sabia y hermosa. Me contentaría, siquiera, con el candor de tus razonamientos y tus miedos sin sentido.

Entonces te entregaría mi corazón henchido, desbordado de flores entre las olas bravas de un mar inmenso, pleno de ilusiones y quebrantos. Pero tus ojos me lo revelaron todo. Tristes o alegres, me daría igual el modo en que pudieras regañarme.

Mas con el correr del tiempo, solo sé que te amaré, como son mis pensamientos, y como la luz intensa de tu volcán dormido, ese que llevas dentro.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


viernes, 8 de mayo de 2026

La palestra

 

¿Por qué me reclama el pincel que se niega a plasmar mis colores? ¿Por qué me regaña la palestra? Solo realizo esbozos en el lienzo de mi complicada vida: de mis deseos, mis ilusiones y mis quebrantos. ¿Qué les importa a ellos si yo uso mis pretextos para hacer lo que realmente siento? ¿Y qué carajo quieren estos, si solo son mis únicos instrumentos?

Resplandores de la dicha pasada, de las recientes acuarelas del amor, quizá de las poesías y los enojos… Más solo son los avatares de mis anónimos cuadros en el devenir de mi existencia actual.

Son las respuestas que recibí de la necedad, los argumentos de la infelicidad del mortal que disfrazó una realidad por la razón, despreciando lo sencillo. O tal vez por la ingratitud de aquella que, cuando le extendí mi corazón, prefirió lo más fácil a lo más humano.

Sin embargo, más luces trae el nuevo amanecer, en una esperanza de realidades, que una dicha que finge ser tan cierta y tan veraz. Siempre hay un atardecer y una esperanza; aún existe el viento que lo acompaña. ¡Vive la aurora que inspira una nueva ilusión!

Escribir para lidiar con fantasmas y querubines; soñar despierto, amando, esperando a la ingrata que salga de su accidentado sueño; o tal vez pintar otros corazones que anhelan ser conquistados y amados en un momento mágico. Es la vida misma, el ahora de mi sentir, de mis recientes promesas y decisiones. Quizá recordando la risa del niño travieso que fui alguna vez o pensando solitario en la ingratitud de quien ayer solo era una fantasía... y no me había dado cuenta.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


El tecito


En la niñez, todos nos hemos enfermado más de una vez. ¿Quién no lo ha vivido? ¿Quién no tuvo sarampión o un resfriado? Creo que nadie se salva. Recuerdo, sin embargo, con cierta gracia, que a mí no me dieron las famosas paperas sino hasta hace algunos años, cuando mis mejillas se inflaron, animosas, semejantes a las de un gran marino gordo y bonachón. Gracias a Dios, no tuve consecuencias y, después… no fue difícil superarlo.

Pero volvamos a mi infancia. Un buen día, caí con una gripe fortísima. La cama era de rigor, fungía como un refugio perfecto, y las frazadas eran "para que no empeores", como decía mi madre, formando parte del ritual para la cura del mal. Atrapado así, no había otra solución: los estornudos ruidosos, los pañuelos húmedos, la tos, la garganta inflamada y los mocos verdes eran el quehacer de todos los días. En ese entonces, mi madre me daba la odiosa Antalgina en gotas. Lo que yo no notaba era que me la mezclaba en la leche; el sabor, para mí, era sencillamente horrible, pero venía siempre acompañada de algún panecillo que ofrecía un leve consuelo. Aun así, mi cara se arrugaba como si hubiese comido limón.

Creía que era "por mi bien", o así lo entendí a mis cinco años, y no sé cómo pude aguantarlo. Pero la situación empeoró por las tardes, cuando ya no había leche y me daban el famoso "té". ¿Acaso éramos anglosajones? Como no era mi bebida favorita y su sabor carecía de sentido para mí, se volvía intomable en mi pequeño mundo. Pero los buenos ánimos de mi mamá, con aquello de portarse como un "soldadito" que aguantaba todo, no me dejaban otra que obedecer. Sospechaba que ese té tenía algo… lo sabía, intuía, presentía, y todas las "ías" se conjugaban en mi ser existencial.

Tuve que tomar acciones desesperadas, pues algo andaba mal. En mi entrenamiento de "soldadito" había aprendido a destaparme sin hacer ruido y salir de la cama casi inadvertido para espiar el mundo circundante. Ni corto ni perezoso, bajé directamente, en medias y calzoncillos, para engañar al enemigo y dirigirme hacia mi objetivo: ¡la cocina de mamá! ¡Oh nooo! ¡Desilusión! ¡Santas lucecitas! (Todavía no daban Batman en la tele) Descubrí la fórmula secreta, un poco tarde, eso sí, pero la encontré. Divisé al "enemigo" dejando las gotas de la innombrable, una por una, después de haber contado unas dieciocho en el transparente líquido de color madera…

—¿Tú qué haces acá? ¡¡¡Debes estar en tu cama!!! —inquirió mi madre, sorprendida y con voz amenazante, al encontrarme en la cocina.

Partí como un rayo hacia mi dormitorio, negándome rotundamente a aceptar otra vez la tortura de todos los días. Sin embargo, mi madre, inteligente, sobornó a mi ego conquistándome con algo más que un pan con mantequilla, tanto así que no pude negarme. El "buen soldadito" dijo que sí esa vez, aun en perjuicio suyo. Con delicado estoicismo, felizmente, sané a los pocos días, y así la alegría volvió a mí para consolarme. ¡La fiebre me había abandonado para siempre!

Pero el daño ya estaba hecho: el "tecito" nunca más fue mi amigo, ni siquiera en el más crudo invierno limeño. Quedé traumatizado para toda la vida. Los estragos habían comenzado, era solo cuestión de tiempo. Hoy en día, no lo puedo tomar porque, cuando lo hago, el sabor de la Antalgina vuelve a mi paladar para recordarme mi horroroso pasado. Sudo frío e imágenes sombrías vienen a mi mente con un "¿por qué a mí?", sin ninguna respuesta…

Si me invitan a tomar lonche a una casa y me lo ofrecen, lo aceptaré porque leí a Carreño en su libro sobre los buenos modales. Lo hago porque sé que me aprecian, y yo haría un esfuerzo sobrehumano por tomarlo, pero siempre con bocaditos, ya que lo hicieron con todo cariño para mí. Comprenderán que podría pedir amablemente, antes o después, un cafecito que es más rico aún sin azúcar, aunque sea diabético.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


martes, 5 de mayo de 2026

Encuentro en la cima





Marchaba por los estrechos caminos de una montaña con algunos pensamientos que ahora no tendrían comienzo. Mientras más avanzaba sorteando algunos abismos, el frío golpeaba sin reparo mis mejillas y saber que estaba entre los pedregales de una colina, me sentía privilegiado por las maravillas que experimentaba viendo el horizonte. El sol declinaba ante mis ojos, el viento parecía silbar una melodía para dar paso a las nubes negras dibujadas en el firmamento. Sabía que pronto anochecería y era consciente de las pocas horas que me quedaban; acaso quería yo volver ahora, pero sabía que un cambio tan repentino no me haría bien. ¿Por qué habría de hacerlo? Era mejor el sentir de un pronto encuentro más definido y desconcertante donde estaba. Tenía algo de temor pero vivía los instantes cortos de un día y por eso sería hermoso experimentar algo distinto.

Instalé mi carpa para sentirme más seguro y sentado alrededor de mi imprevisible fogata, me di a la reflexión. El viento seguía soplando y me acomodé sobre un peñón para admirar más el sol que se ocultaba. Cogí una rama seca, hice dibujos sin sentido sobre la tierra pero pronto se quebraría por la fuerza de mis preguntas. Sentir la importancia de mi corta vida, haría comenzar después una nueva aventura por el espíritu libre de mi corazón y mis ganas.. Quizá mi mayor riqueza sea ser yo tan pequeño comparable con lo más grande de la naturaleza para hablar con el Eterno. A pesar que ahora me siento solo, sin familia y los amigos lejos que aparecen cuándo, no tengo más recursos que disfrutar la cordillera que se pierde lentamente en el horizonte. Los nubarrones adornan el cielo para luego mostrar la belleza y la armonía de un magnífico artista que pinta un lienzo.

Vano es pensar ahora en la duda que cuestiona todo sin un asidero de sabiduría por más conocimiento que uno tenga. Perderme en el bosque de palabras no soluciona nada, la evidencia se hace más clara en lo que veo sin necesidad de la explicación lógica de un por qué. La ignorancia entones, no supera a la realidad, pero ésta se conoce a través de la conciencia viviendo el yo interior en paz teniendo la eternidad con que fui creado. Poco se sabe del mover de un astro y el curso de la muerte pero a veces pretendemos conocer el misterio. Se fueron pues, los seres de mi vida y de mi ser, sé que no todos tienen tu corazón y no vale la pena correr con alguien que no quiere caminar contigo.

Después de mis cavilaciones, no necesito elogiar mi sapiencia, solo debo saber que tengo un propósito que cumplir en esta vida y el suficiente testimonio de la creación me hace pensar el qué hacer de mi existencia. Por este motivo entonces, persevero confiado en mi camino con la esperanza de que todo cambiará y mi poster estado será mejor que el primero; porque todo el tiempo, Dios es bueno…

Roque Puell López - Lavalle

domingo, 3 de mayo de 2026

La despedida


 I

Éramos tres los gatos y un ratón acomodado.

Ahora, solo uno fugado; solo dos

estamos acuartelados...

 II

Compañero te sentía,

aunque en mi salón no cursabas.

Compañero de milicia, hermanito de carrera,

compartimos travesuras incontables, 

serios compromisos...

No ocultábamos simpatía por ella,

la bella Charlotte.

III 

Largo eres como el Quijote, sabio igual a Platón,

queriendo cambiar el mundo... ¡Oh, iluso!

Solo con pluma fuente y carbón.

IV 

Te vas, amigo, sí... te vas.

No puedo detenerte,

ni convencerte siquiera,

poeta y filósofo cantor

de prosas colosales y lógicas amarillas.

No podremos olvidarte, aún en la lejanía.

Suena ya la bocina...

¡Apuras el paso, mexicano!

Vuelve pronto y más cambiado...

¡Apuras el paso, querido hermano!

Que una lágrima se escapa

y nuestro abrazo se confunde.

 VI

Vuelve triunfante, no digas nada...

¡Pero sube ya, cristiano!

"Sí, sí, se lo diré, te escribiremos..."

Pero nunca olvides, compañero,

que por siempre te esperaremos...

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


miércoles, 29 de abril de 2026

Todavía no ha llegado mi muerte



Gracias, Dios, por la soledad que me acompaña. Al experimentarla, hago memoria de todo lo mío. Ahora vislumbro mi futuro; puedo concebir mi destierro porque siento que ella me embarga y me hace ver, sin reparos, lo que me espera. Y eso para mí, no tiene precio. Encuentro al silencio, que es mi cómplice, y que ahora no necesita una invitación. Todo a mi alrededor se encuentra igual y sigue existiendo.

Él solo es la visita infaltable que acompaña la inspiración de mis palabras o el lienzo de color que pinta mi conciencia. Él se queda en mis días de luz cuando amanece y permanece fiel en mis momentos del frío invierno. ¿Acaso me extendió una mano el averno para no darme cuenta?

En los bosques oscuros, en las noches de luna llena, se escucha la calma. Y en el espíritu del hombre surge la inconformidad de la vida misma, porque se rebela para dar paso al porqué a veces la soledad es un sinónimo de libertad. Descubrimos que ella no nos dice que estamos solos, sino vacíos, para luego encontrarnos con nosotros mismos cuando no hallamos respuestas.

Entonces, en las huellas profundas que deja el viento, en las emociones inconclusas de un sueño que no se cristalizó, la soledad nos encuentra para recordarnos que no podemos vivir sin su existencia, porque tarde o temprano la desazón nos llega. ¿Aparecerá la oportunidad esperada entre las brumas? ¿O, si regresa una vez más, qué nos diría ahora? No lo sé, porque es todo tan sombrío que un día Dios me dijo: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad".

Por tanto, en la ausencia más indiferente, los sentimientos podrían manifestarme un desvarío convertido, quizás, en una plácida melancolía... ¿Qué querías? Soy un ser humano... y quizás recordaré a quien un día amé, pero que se marchó sin prisa y a escondidas. Yo sí fui el que preferí seguir con la costumbre de sonreír al despertar finalmente de mi letargo. Después exclamaré alegre, a voz en cuello, para que todo el mundo me escuche: "Buen día, soledad, todavía no ha llegado mi muerte...".

Roque Puell López - Lavalle

Hazaña

Verano de 1968. El parque Fátima, en Chorrillos, amanecía sin novedades, como cualquier otro día. Mis vacaciones escolares transcurrían en c...