Mis Páginas Libres
Nuestra existencia está llena de diferentes momentos que a veces no alcanzamos a entender. Sin embargo, podemos disfrutar de días felices y también de algunos días sombríos pero siempre hay un propósito y al final hay una esperanza en Aquél quien nos creó. Dependerá solamente de nosotros. ¿Qué piensas de todo ello? ¿Nuestra vida es un azar?
martes, 7 de abril de 2026
Nosotros teníamos razón
lunes, 6 de abril de 2026
El último abrazo
Veintitrés años han pasado desde tu partida, madre mía, y tu recuerdo vive aún en mí. Contemplo las fotos del álbum que me dejaste, y al hojear tus viejos cuadernos, encuentro aquellas palabras que escribiste en el pasado. ¡Vaya que ahora son una inspiración para mi alma!
Doy gracias a nuestro Dios por ser quien soy. Me enseñaste a luchar por la vida, a amar la verdad, a tener coraje y perseverancia en cada circunstancia. ¡Por el amor, la verdad, el coraje! Nunca olvidaré tus consejos para ser siempre el mejor; fuiste un ejemplo inmenso para mí.
¿Cómo olvidar el amor que prodigaste a mis hijas, a tus adorables nietas, cuando estuviste con nosotros? Las amaste y cuidaste con dedicación, preocupándote incluso por sus estudios en el colegio. Todavía conservan los libros que les regalaste, una herencia preciosa de su recordada abuelita. ¡Gracias, mamá!
Cuando mis días se tornan sombríos, me siento como un niño asustado que anhela guarecerse en tu regazo. Me regocijo en el recuerdo de cuando era pequeño y me cuidabas de los peligros, o cuando la fiebre me postraba y velabas junto a mi lecho. ¡Gracias por aquellos remedios feos que siempre funcionaban!
Te amo, madre mía, como si todo hubiera sido ayer. En aquellos últimos meses, cuando ya la voz te fue esquiva, me diste el último abrazo. Un abrazo que, en el silencio del día y la noche, consoló mi profunda tristeza, envuelto en la inmensidad de tu gran corazón.
Sí, fue mi último abrazo. La enfermedad no logró quebrarte; fuiste más fuerte que ella, venciéndola con tu amor de madre. ¡Cómo podría olvidarlo! Ahora estás con Dios, en su mansión celestial, plenamente feliz en Su presencia.
Y aunque ahora te extraño, tengo la certeza de que, más tarde o más temprano, nos volveremos a encontrar. Hasta entonces, mi linda madrecita, siempre estás conmigo: ahora en mi vida y también en mi ser.
Tu hijo...
Roque Puell López -Lavalle
viernes, 3 de abril de 2026
Amigo
Las primeras luces de la mañana vieron nuestros ojos en un día cualquiera de junio de 1981. Desayunábamos de forma franciscana en una olla común. La avena con leche humeaba, y un delicioso pan francés, crujiente de días pasados, estaba listo para ser servido. Su compañera infaltable, la noble mantequilla, heroína de jornadas, era aquella que te vendían a granel, envuelta en plástico transparente y amontonada sin asco al momento de adquirirla. Era poca y para tantos, pero se hacía alcanzar con la “chanchita” de todos los días.
Después vendrían los discursos en el local tomado, las arengas, la oratoria extendida entre compañeros y testigos, cánticos de algarabía, aplausos partidarios; la izquierda democrática hizo su aparición en la magna reunión… Todo hacía presagiar una esperanza, nuestro futuro estaba en juego. Saber que no perdíamos el tiempo se convirtió en algo mágico; se sentía el ambiente del compañerismo, la justicia y el derecho estudiantil estaban inflamados, y las voces se hacían sentir. Era un reto a las decisiones y profundas convicciones; éramos los soldados de una batalla propia, original, en una guerra aislada y, sin saberlo, estábamos en el umbral de algo más grande: el ingreso a la Universidad a como dé lugar.
Luego le tocó el turno a la noche, una oscuridad incierta, de espera muda e interminable, de peligro inminente. Sabíamos que la temible Guardia Obrera nos podía sacar en cualquier momento. Sentíamos también la madrugada, convertida en una tensa calma que reinaba sobre nosotros, aunque estábamos con la piel de gallina por el frío que experimentábamos. La taza con cocoa caliente la bebíamos a pesar de que a veces no sabía a nada y poco abrigaba, pero era nuestra aliada incondicional. Se tocaba la guitarra y cantábamos en las noches “Amigo” del grupo chileno Illapu, porque no conocíamos el aburrimiento, pero todos nos animábamos jubilosos en medio de toda esta tensión vivida.
Un día por la tarde, la magia se fue y la convivencia cesó para nosotros. Supimos que la suerte estaba echada. Se corrió rápidamente la voz de que las otras universidades estaban por sacarnos del local y los "rabanitos" estaban bien armados para tal fin. Nos querían vencidos y querían atribuirse la demanda estudiantil. Aunque éramos pocos, tuvimos la necesidad de arrancar de los brazos de las enamoradas a los jóvenes, como nosotros, que se habían aferrado a ellas. ¡Tremendos cobardes! No había otra manera, pero pudimos ver que algunos eran echados del regazo de ellas para que pelearan y, sin embargo, otras, desconsoladas, se quedaron solas llorando, viendo a sus grandes amores salir a pelear… ¡Qué tal espectáculo!
Presentamos batalla aún con miedo, pero dimos la cara a tremendo desafío. Todavía lo recuerdo: durante la trifulca, decenas de jóvenes en la calle, armados de correas, cadenas y palos de todo tamaño, venían contra nosotros. Explotaban los petardos, las bombas molotov, corrían las balas calibre 38; en fin, una humareda terrible. El corazón nos latía fuerte, pero igual respondíamos.
Cerca de la concurrida Av. Tacna, la turba enardecida avanzaba hasta la media cuadra donde estábamos, pero no podían seguir. Íbamos ganando terreno, sufriendo los palos y cadenas por igual. Nuestras compañeras, mujeres de valor, nos alentaban a seguir, todas arengando, cantando los himnos revolucionarios y echando también agua sucia desde el balcón. Las tablas rotas que encontraban eran lanzadas por ellas, y fue un verdadero milagro que no les pasara ningún mal. ¡Qué coraje! Todos nos quedamos anonadados…
Al final, como siempre, llegó la policía, el Escuadrón de Emergencia de aquel entonces. Pero vino luego el “rochabús” o carro rompe-manifestaciones, a querer dispersarnos usando sus mejores armas: el agua y las bombas lacrimógenas. Sin embargo, nosotros, con la cara cubierta y nuestros rostros mojados, se las devolvíamos en medio del humo, a pesar de que nos hacía arder y llorar los ojos. También quisieron darnos una paliza, pero la confusión y la cantidad de gente nos salvó el pellejo. Nos quedó solamente el irnos raudos al local después de haber infligido la derrota total a nuestros enemigos y a la policía.
Teníamos 24 años y ya habíamos experimentado el odio en nuestros corazones, pero felices de haber triunfado. ¡Tremenda contradicción! Se imaginan: al día siguiente, las noticias por la T.V. hablaban de nosotros y en la portada de los periódicos había una foto. ¡Ahí estábamos! Nadie nos hubiera creído, pero era verdad: se enteraron todos que un grupo de muchachos ganaron sus derechos, y al Rector no le quedó otra que darnos lo que tanto anhelamos.
Pasaron cuarenta y tres años de aquel incidente. Todavía existe el local, el Teatro Nacional; todo está intacto. Anteriormente el lugar se llamaba la calle del Teatro, pero nadie imaginó lo que allí aconteció. Todavía se escucha la canción “Amigo” en el ambiente y en el corazón de los que estuvimos aquel día. Fue esta canción porque nos unió una causa común, porque nos convertimos como hermanos, dejando nuestra sangre, y porque fuimos universitarios en ese momento porque nos costó ingresar. Solo así se explica por esas noches de compañía solidaria donde todos los allí reunidos fuimos los protagonistas.
Me acuerdo siempre de ese mes, de esas fechas, pues al pasar ahora por el centro de Lima, en ese célebre Jirón Huancavelica, muchos de nosotros dejamos nuestra juventud y nuestro coraje. Equivocados o no, estuvimos unidos en pro de una mejor educación universitaria que en este país todavía sigue siendo un problema que debe solucionarse. El Perú necesita también de todos para el engrandecimiento de la cultura y de la patria en que nacimos…
Roque Puell López - Lavalle
martes, 31 de marzo de 2026
Queriendo yo un día
Un día, queriendo saber quién era Jesús, fui a los acantilados de la costa y encontré a Juan, el anciano que tanto lo amaba. Solícito a mis preguntas e inquietudes, me respondió:
- Jesús no fue como Buda, el sabio Confucio, Sócrates el filósofo o el famoso Platón. Ellos fueron hombres que hasta hoy nos deslumbran con sus pensamientos. Pero si no lo sabías, jamás resucitaron de los muertos como el Maestro; te aseguro que seguirán allí, entre los espíritus perdidos, durmiendo eternamente en sus tumbas…
- Jesús no es una emoción intensa ni un arrobamiento que inunde el alma limitando el pensar para sentir solo una gran emoción. No… Él es el Señor de la vida, que vive en mi ser llenándome de Su paz inmutable, aún cuando lleguen las tormentas de este mundo. También me da la convicción de que no está muerto, que hoy aún vive…
- Jesús no es la reencarnación de seres que ya murieron, ni me permite vivir como ellos como si fueran espíritus en cuerpos de animales. Eso no es realidad; no existe tal cosa, porque yo sé que él me dará una morada en el cielo, donde le veré cara a cara y me esperará con los brazos abiertos…
- Jesús es quien ama y protege a mi familia, y no desea que nadie los desvíe por vano conocimiento o por atajos que nos alejen del único camino que conduce a Su Padre. Él es la verdad que muchos, por ignorancia, no conocen ni creen, pero también es la vida que experimentaremos junto a Él para siempre…
- Jesús no vende cuentos, fantasías ni pretendidas sanidades que engañan a muchos a cambio de donativos para tener salud. ¡Cuántos mercaderes y mentirosos de la fe hay, verdad?! Él sana tus heridas, hace milagros para salvarte, no cobra dinero por sanarte; pero también te llevará pronto a Su presencia si estás sufriendo…
- Jesús es aquél que me hace empresario y digno de un mejor salario cuando soy generoso y justo con mis obreros, sin malgastar el dinero ni usarla a mi antojo. Si trabajo con ahínco y no soy usurero, cumpliendo las leyes, Él me prosperará en todo lo que necesite, para que mi familia tenga seguridad y provisión, porque Él es fiel…
Luego de un buen rato de conversación, volví por mi camino y medité en lo conversado. Donde las dudas me alcanzaban y la ignorancia había instalado su tienda, esta sencilla forma de explicarme la verdad me hizo comprender mucho de mi ser y de mi pensamiento.
Así me di cuenta de que, aunque recorra el universo o busque saber mucho, al fin sabré quién es Jesús…
Roque Puell López - Lavalle
domingo, 29 de marzo de 2026
Turismo fatal
viernes, 27 de marzo de 2026
El Champa Pecho
¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!
En un instante que no esperaba, el silencio profundo del bosque se desgarró por el canto de la lechuza del monte. Solamente el crujir de pequeños grillos esparcidos y el misterio de la oscuridad escuchaban atónitos aquel canto que anunciaba la búsqueda de presa. La media noche ya se instalaba con su negrura característica, y según los cuentos de la selva, esos eran momentos propicios para los duendes, los animales nocturnos —la carachupa, la tortuga de tierra—. En ese espacio compartido habitaba el shihuango negro, zancudos y citaracos, sin olvidar la temible cascabel que podría manifestarse tras los jergones ablandados por la lluvia.
Y allí estaba yo, con la farola en mano, silbato al cinto y sin un ápice de sueño; desvelado como el propio viento que movía las copas. La alergia al agua me quemaba la piel, y los mosquitos me habían enronchado hasta la paciencia, pero hacía mi guardia como vigilante de un secreto. Imperturbable ante lo que pudiera nacer de una noche que amenazaba con llover, llevada por nubes negras empujadas por un viento fuerte. Y justo en ese momento, mientras aguanto el malestar de la giardiasis que me arropa desde hace días, la memoria me llega sin que yo la llame: la anécdota real que viví hace tiempo, cuando la selva me puso a prueba hasta el límite.
Había vivido allí tres años, en ese arranque de aventura y misión. Obtuve una chacrita de un campesino agobiado de deudas, ansioso por regresar a su tierra natal. Treinta hectáreas de bosque entre purmas densas y selva virgen donde tomé posesión del lugar. Allí corría una quebrada helada que la gente llamaba Mananquiari —“nido de víboras” en asháninca—. Para llegar, debía caminar diez kilómetros por las faldas de una montaña que se elevaba despacio: plana al principio, pero marcada por las irregularidades de un terreno que se doblaba como una serpiente.
Pero un buen día —cansado quizá de ir acompañado, lo confieso, pues nunca me gustó depender de otros— decidí emprender el viaje solo. No almorcé; salí a las once de la mañana con el morral ligero: botella de agua, botas y machete. Pensé que me llevaría unas horas, que regresaría cargado de papayas y limones. Mi instinto aventurero me susurraba: “Tú eres el champa pecho, y para ti nada es imposible”. Seguí los senderos, subí las cuestas, y la llegada parecía sin fin. Pasaron los minutos, la emoción me prendió en el pecho —había llegado solo, no debí molestar a nadie—. Y fue verdad: a pesar de la hierba crecida por las lluvias recientes, llegué sin tropiezos.
Cuando estuve allí, me metí calato en la quebrada para descansar mi cuerpo cansado, comí papayas y tomates pequeños que saqué de la chacrita, hice ajustes y arreglé la choza que se había deteriorado como un libro olvidado. Al fin, hora de regresar. Pero no sé explicar por qué las cosas suceden: no pude salir de inmediato. Empecé a marcar árboles con mi machete para no perderme, pero pasaron más de cuatro horas y la verdad se hizo evidente con tristeza: estaba extraviado, muy lejos de mi querida choza. Todo era igual, no había rasgo que reconociera; iba por todos lados, pero no llegaba a ninguna parte…
El bosque se confabuló para cerrar mis ojos. De pronto, una fuerza enorme de desesperación invadió mi ser y me hizo arrodillar en el suelo —sólo así logré no perder la ecuanimidad ni mi valor como hombre—. Pensé, oré y dije entre dientes: “Tendré que salir o moriré. ¡Tú me ayudas!”. Después de intentos fallidos, divisé a lo lejos mi cobachita esperada, a unos treinta metros de la quebrada. Corrí como si me faltaran piernas, me senté en la puerta… y en ese instante, como ahora, sentí un nudo en la garganta y mis manos temblaron al dar gracias a Dios por estar vivo. Luego levanté la cabeza y vi una pantera de color gris claro que había pasado a pocos metros, sin que yo me diera cuenta. Me levanté como un rayo para atacarla: me habían enseñado que era la fiera o tú.
Si te huele a temor por el olor que despides, eres hombre muerto. Así que gritando y blandiendo mi machete, me dispuse a luchar pensando que era mi último día. Ella no me hizo caso: gruñó y se fue como un gato perseguido, cola en alto y paso apurado. No pude más y lloré —sorprendido, rabioso, asustado—, porque la adrenalina se había acumulado en mí como una ola que ahora se rompía. Intenté salir de nuevo, pero el bosque seguía cerrado; decidí pasar la noche allí, pensando que dormiría. Pero me equivoqué: murciélagos de todos los tamaños —los mashos— se colaron por la abertura cerca del techo y me sentí atacado. Toda la noche defendí mi espacio con el machete; es de esperar que transmitan rabia si te muerden. Pero al fin se fueron con la madrugada.
Salí de mi propia cárcel a eso de las seis de la mañana, al primer intento. Recordando cada paso vivido, recorrí el mismo camino enmarañado, y después de algunas horas llegué al pueblo sin más novedades que la alegría de estar vivo…
¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!
Roque Puell López - Lavalle
jueves, 26 de marzo de 2026
Aquél verano
“Nuevas son cada mañana”, había escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor, al comienzo de la semana. Ante mí se perfilaban grandes desafíos, grandes logros, o tal vez iba a conquistar algo que aún no podía definir. Pero la rutina de siempre era necesaria, y debía cumplirla.
Vivía en Miraflores, un barrio que acogía a intelectuales e inmigrantes de todo el mundo. Hoy en día es un referente turístico, con playas que se extienden junto a avenidas amplias, callecitas empedradas, parques y casonas del siglo XIX. Antaño se le llamó “Ciudad Heroica”, al igual que el contiguo Barranco, porque aquí sus habitantes desplegaron todo su heroísmo en una guerra sangrienta contra un invasor mejor preparado.
Pero volvamos a mi diario existir: otra vez tomaría el desayuno de siempre, y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que bajara —ya estaba servido sobre la mesa de madera de la cocina. ¿No entendían que hoy era un día clave? Por fin comenzarían mis vacaciones de fin de año, y mi celular no dejaba de vibrar con mensajes de mis amigos. Cuando terminé de responder la última, bajé rápido: antes de que mamá subiera con su famoso “correctivo” (papá no estaba en casa en esos momentos).
Tenía una hermanita menor, experta en los berrinches que le conseguían casi todo de nuestros padres. Yo era parecido a ella, solo que empleaba mis tácticas para fines que consideraba más importantes. Para mí, todo era cuestión de tiempo. Había planeado irnos a las playas del sur: el verano era abrasador, pero el mar era nuestro refugio y nuestra pasión. Mis amigos y yo no parábamos de hacer planes —unos querían arena fina, otros piedras lisas, pero nadie ponía en duda que viviríamos el mejor verano de nuestras vidas. Tuve que convencer a mamá, que temía por mí por ser un niño travieso; pero no podía encerrar un espíritu libre, menos impedirme practicar el surf, un deporte que había adoptado hasta para competir.
Por fin, estábamos en camino. El viaje fue una cascada de risas y ocurrencias —mis tres amigos, todas nuestras familias, el sentido del humor de mi padre e incluso Cucki, nuestro perro, se unieron a la aventura. Llegamos a Punta Rocas: playa de piedras amables, orilla impecable y mar cristalino, al sur de Lima. Contábamos con una casa amplia y cómoda, donde todos cabíamos sin problemas; todos estábamos felices, porque al fin nuestros sueños se hacían realidad. Mamá nos acomodó en las habitaciones, papá nos ayudó a revisar las tablas, y mi hermana menor guardó su mochila llena de muñecas en un rincón seguro —asegurándose de que nadie se acercara a sus cosas.
Marco, Guillermo y Walter eran mis compañeros inseparables de estudios y travesuras. Por rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” —palabra mágica que escuché alguna vez decirle a mi padre. Seguro él vivió la misma pasión en sus tiempos, y yo quería emularlo; no quería dejar de ir para mostrarle algunas de mis acrobacias más espectaculares. ¿Qué imaginativo, verdad?
Estábamos bien preparados: siempre hacíamos deporte, éramos espigados y delgados, de tal forma que deslizábamos sobre las olas con un gozo indescriptible. Era todo un reto; las competencias entre nosotros no se hacían esperar, ni el placer de enfrentar la fuerza del mar. Cada vez éramos más experimentados, así que la estación era crucial para los campeonatos que la Federación organizaba en estas fechas. Era imprescindible adiestrarnos mejor, esperando que el verano nunca terminara.
Después de tanto loquerío en la orilla, extendimos nuestras toallas y pusimos resina en las tablas. Fui el primero en lanzarme al agua, creyendo que los demás me seguirían —pero me desilusioné al ver que se quedaron en la arena. Enojado, esperé la segunda ola; los vi acompañando a un grupo de chicas que debía haber llegado de improviso, porque no me había percatado de ellas. No les tomé importancia y coroné mi hazaña con tres olas increíbles que me llevaron de regreso a tierra.
Al acercarme, descubrí que eran cuatro chicas de nuestra edad, que charlaban alegremente con mis amigos —quedados casi de piedra. Supe después que eran amigas de Walter, conocidas el año anterior. Se sorprendieron al verme, más que todo por mis cabellos enmarañados por el sal, y se quedaron boquiabiertas. Solo atiné a decir un “hola” seco y desconfiado. Walter se dio cuenta y, sonriendo para arreglar la situación, me las presentó apurado: Thelma, Lupe, Silvia y Charlotte. Tras los besos de saludo, me quedé prendado de ella —su sonrisa y sus ojos grandes me llamaron poderosamente la atención. Por suerte, no se dio cuenta de mi torpeza.
Su conversación me resultó cálida: hablaban pausadamente, pero de temas que nunca habíamos tocado entre nosotros. Yo solía hacer comentarios variados y poder intercambiar ideas peculiares, pero lo interesante fue descubrir que ellas también surfearan —no con la misma intensidad que nosotros, pero sí disfrutaban del oleaje y de las competencias que organizábamos en la playa. Mis compañeros nunca supieron de la atracción que sentí por Charlotte; no quería quedar mal contándoles que me sentía tímido para decirle cosas bonitas, pero pensé que el tiempo restante sería suficiente para encontrar las palabras. Nunca las encontré: solo la miraba, y mis frases se trancaron en la garganta.
El último día —al día siguiente comenzaría la escuela, con sus libros y sus deberes— nos despedimos todos entre risas y abrazos. Pero para mí solo existía Charlotte; el resto no importaba. Al atardecer, bajo un sol rojizo que tiñó el mar de oro, me acerqué a su lado con la tristeza del adiós, cerré los ojos y le di el beso más cálido y largo de aquel verano. Ella se tocó delicadamente la mejilla, tomó mis manos y, mirándome tiernamente, me dijo suavemente: “Adiós…”
Creo que nunca me olvidaré de ese verano, porque jamás ignoré su mirada ni el beso que selló nuestro encuentro. Cuando llegué a casa, me preguntaron si quería merendar, pero les dije que no enfáticamente. Subí rápidamente a mi alcoba, cansado del viaje, y me tendí bruscamente en la cama, mirando perdido al techo mientras pensaba en ella…
Las lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me quedé dormido...
Roque Puell López - Lavalle
martes, 24 de marzo de 2026
La Misión
Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha sido explorado. Pero ahí yace, soberbio, imponente, solitario y hermoso a la vez, un paraje desconocido, un cerro privado de luz solar, una empresa que invita a una existencia arriesgada y que, sin embargo, busca entre los más experimentados, una ocasión, un rumbo inexplicable, una rosa en flor que brota entre raíces ancestrales y anhela ser acogida por aquel que se atreva a adentrarse...
La lluvia torrencial acompaña al hombre, y aquella densa neblina que envuelve su camino, lo ennoblece. Él venera la verdad en sus palabras, le importa el espíritu de los extraños, corre en sus venas el ímpetu de los sueños; y aunque solo escuche el eco de su aliento al ascender cuesta arriba, aspira a trascender lo impredecible hacia aquello que anhela con fervor para compartirlo porque es una dicha que trasciende los límites de su pecho...
La fiera delimita su dominio, pero él aspira a llegar pronto para ser el primero. Quizás porque no le importa ni el lapso del tiempo ni la extensión del camino, ni el recuerdo de su aldea ni la razón de sus amigos. ¡Qué temple! El anuncio es el mismo: liberador, firme, conmovedor, consolador; nunca pierde vigencia aunque la agonía lo visite. Es el Amor de quien hace mucho se le adelantó, pero que ahora llena todo su ser y define su propósito. Emplea su viveza, su esencia desnuda o incisiva, para no ser alcanzado por el rayo de la desesperanza ni el trueno de la indiferencia...
Le llamaron loco, pero ahora lo vive con intensidad; todos pueden acercarse a él, tocarlo y reírse junto a él. Porque a la ingenuidad de los demás se le adelanta la humildad y la sencillez que se reflejan en su semblante, en la calidez de sus expresiones, en su cuerpo desgastado – porque atrás dejó su altanería para buscar ahora un ideal auténtico, monstruoso para quienes no creen y singular para aquellos que lo acogen con determinación...
La vida es una sola para contarla, y algunos la conocen por las experiencias que alberga el Libro de verdades eternas. Del sufrimiento ajeno se nutre el carácter; de los latidos de un corazón extraviado se afirman las alegrías. Pero permanece el mismo llamado que transforma al hombre y alienta al pecho apocado. La montaña lo refugia, lo desvía, pero es generosa cuando comparte sus misterios...
¿Qué es aquello que lo apasiona, entonces? La existencia con sentido y el recorrido por sendas que sabe que lo pueden sorprender. Porque existe el Dueño de los laberintos y de los árboles inmensos en las cañadas, o el habitante de la humilde morada, a quien no imaginaba que le daría la bienvenida con un saludo sencillo. No preveía el corazón del que recibía su visita, el dolor de su partida, tal vez por su mensaje y la forma de comunicarlo...
Solo las almas que se doblegan ante la Majestad de lo que no se advierte, de la pequeñez que les provocan esos hombres o la propia montaña, muestran el porqué de ese encuentro. No es él quien conquista ni se apropia del honor. No: el conquistado es él mismo, quien desconoce que la labor que lleva consigo, junto a la candidez de su desconocimiento, lo hace vasallo, lo convierte en discípulo – y que lo único que aporta es la pureza de su intención...
Roque Puell López - Lavalle
martes, 17 de marzo de 2026
El rompe huesos
Por entonces, cerca de nuestras casas corría un pequeño río que serpenteaba entre chacras, maizales y campos de cultivo. La zona todavía conservaba algo de campo, a pesar de estar tan cerca de la ciudad y de la Escuela Militar. Había establos y pequeñas ganaderías, y mi madre solía regresar con leche fresca que compraba en uno de ellos. Recuerdo perfectamente la nata espesa que quedaba flotando en la olla. Yo la miraba con asombro mientras ella la servía en un tazón. Luego nos la bebíamos sin pensarlo dos veces.
¡Qué tiempos aquellos!
En el barrio había niños que apenas salían de sus casas y otros que parecían vivir en la calle. Yo logré hacer amistad con varios de ellos. Vivían en los callejones cercanos a mi casa, en viviendas modestas pero llenas de vida. Sus familias madrugaban para trabajar y asegurar el sustento diario. Aun así, siempre encontraban tiempo para saludarse, conversar o reír.
Entre nosotros no hacían falta muchos juguetes. Nuestra imaginación bastaba.
Uno de nuestros mayores orgullos era el carro-patín. Lo construíamos con nuestras propias manos: dos maderas cruzadas, una pequeña y otra larga; cuatro rodajes bien ajustados; y un pabilo que servía para dirigirlo. Cuando terminábamos de armarlo y lo aceitábamos bien, nos parecía que habíamos construido una máquina extraordinaria.
Para nosotros, aquellos carros eran auténticos bólidos de carreras.
Los llevábamos hasta la bajada de los autos de la playa de Agua Dulce. Allí, entre gritos y empujones, comenzaban las competencias. Un amigo empujaba desde atrás mientras el otro se dejaba llevar cuesta abajo, a toda velocidad.
Corríamos sin miedo.
No había premios ni trofeos. Bastaba con llegar primero y escuchar los vítores de los demás.
Así nacían nuestras carreras.
Después venía la canga. Usábamos dos palos de escoba viejos: uno largo y otro pequeño. El juego consistía en golpear el más corto para hacerlo saltar por el aire y volver a impulsarlo lo más lejos posible. El que lo enviaba más lejos ganaba la partida.
También estaban las bolitas de vidrio. Jugábamos a los ñocos, pequeños hoyos que cavábamos en la tierra. Allí apostábamos nuestras mejores canicas: las lecheras, los bolones transparentes y otras que brillaban al sol como pequeñas joyas. Algunas terminaban muy quiñadas después de tantas partidas, pero seguían siendo las más codiciadas.
Y no podía faltar el trompo.
Había verdaderos maestros capaces de hacerlo bailar durante largos segundos sobre la tierra. Pero también estaba el temido juego de la “cocina”. Allí, los trompos de los novatos sufrían el castigo de los más expertos y terminaban astillados o completamente destruidos.
Sin embargo, el verdadero rey de nuestros juegos era el fútbol.
En el parque cercano a nuestras casas improvisábamos la cancha. Jugábamos descalzos, sobre tierra dura y piedras. No había césped ni uniformes elegantes como en el colegio. Allí se jugaba a lo macho, aguantando el dolor sin quejarse.
Era nuestra manera de demostrar que estábamos creciendo.
Muchas veces nos enfrentábamos a muchachos mayores que nosotros. Algunos tenían dieciocho o veinte años, mientras varios de nosotros apenas llegábamos a los once o doce. Pero eso no nos importaba.
El partido era el partido.
Cada centro al área debía terminar en gol. Cada saque de esquina se celebraba como si fuera una jugada histórica.
A veces caminábamos largas distancias para ver jugar a los mayores. Bajábamos por los cerros hasta llegar a la famosa Cancha de los Muertos. Era un pequeño estadio improvisado cerca de un antiguo cementerio que quedaba junto al túnel por donde, años atrás, había pasado un tranvía rumbo a la playa La Herradura.
El lugar tenía un aire misterioso.
Allí se organizaban campeonatos donde jugaban equipos invitados de provincias. El fútbol se vivía con intensidad: patadas, barridas, jugadas audaces y discusiones interminables. Todo formaba parte del espectáculo.
Para nosotros era una escuela.
Pero el momento que nunca olvidaré ocurrió una tarde cualquiera en nuestro parque.
El partido estaba muy reñido. Corríamos de un lado a otro levantando polvo. Yo perseguía el balón cuando choqué con uno de mis amigos. Fue un encontrón fuerte, pero en medio del juego apenas lo noté.
—¡Foul mío! —dije, casi sin detenerme.
Seguimos jugando.
Más tarde comenzaron los murmullos.
Mi amigo se había fracturado ligeramente. Nadie me lo dijo de frente, pero el rumor corrió entre los muchachos. Desde entonces algunos empezaron a llamarme, medio en broma y medio en serio, “el rompe huesos”.
Yo no lo supe de inmediato.
Tiempo después, mi amigo me lo confesó. Me dio mucha pena saber que lo había lastimado. Estuvo con yeso durante una temporada y no pudo jugar.
Pero la amistad siguió intacta.
Cuando comenzó el siguiente campeonato, allí estábamos otra vez, corriendo detrás del balón como si nada hubiera pasado.
Los años pasaron rápido.
Mi familia se mudó a otro distrito y tuve que dejar atrás el barrio, el parque y a mis amigos. Sentí que una parte de mi vida quedaba suspendida en aquellas calles.
Tiempo después regresé para buscarlos.
Algunos aún estaban allí. Habíamos crecido, pero bastó vernos para abrazarnos y recordar nuestras aventuras. Hablamos durante horas, como si los años no hubieran pasado.
Fuimos a ver nuestra antigua cancha.
El lugar seguía allí, silencioso, guardando las huellas invisibles de nuestros partidos.
Pero el tiempo siguió su camino.
Cuando regresé otra vez, un año después, encontré algo que no esperaba. Los callejones habían desaparecido. En su lugar se levantaban nuevas residencias.
Mis amigos ya no estaban.
Los niños que jugaban allí eran otros. Los perros que ladraban al desconocido también eran distintos.
Comprendí entonces que el barrio que había conocido existía solo en mi memoria.
Los que viven ahora nunca supieron que allí jugaron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana.
Entre todos ellos estaban el Pito, el Sacalagua, el Cholo… y también aquel muchacho al que un día comenzaron a llamar el Rompe Huesos.
Ese muchacho era yo.
Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, nunca he dejado de recordar aquellos días en que el mundo cabía entero dentro de un parque, una pelota y la amistad de unos niños que soñaban con ser grandes.
Roque Puell López - Lavalle
domingo, 15 de marzo de 2026
Llegaste
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