La sonrisa de sus labios vertió ironía al pie del cadalso imaginario. Los ojos impávidos de los hombres contemplaron igualmente el cuerpo inerte, hecho jirones por los temibles sucesos acaecidos poco tiempo atrás en la difícil comarca. Nadie, extrañamente, le rendía honores; solo quedaban los recuerdos de quienes lo conocieron, tal vez de aquellos que abrazaron sus ideas, sus virtudes y sus no muchos fracasos.
Sin embargo, ellos guardaron el secreto a través del tiempo: no cabía exaltarlo. La muerte tuvo que hacerse presente porque tenía que cumplir con su deber. No importaban las medallas que habría recibido en batallas, ni mencionarlo en los caminos de la historia o en la pluma de algún escribiente. No, era menester que todos olvidaran su memoria, su rastro y su lejano origen, tal como había sido concebido por las circunstancias.
Más de uno lo experimentaba: si no eran los reyes, entonces lo sentían el pueblo, la comarca, el extranjero, el soldado y hasta el artesano. Todo el mundo vivía ese momento, y lágrimas de alegría rodaban por los rostros tras escuchar el reciente himno interpretado efusivamente por la gloriosa banda de guerra. Soldados que, como antaño eran las milicias de los bárbaros, ahora se mostraban desafiantes, pero con una gran diferencia: ya no se conformaban con una sola invasión, sino que se oponían a cualquier atisbo de sentimiento que quisiera ir en contra de las ideas del momento.
En casa, la abuela siempre decía que conocía al muerto. No era por los años que tenía, ni mucho menos, pero solía decir que la gente se sumía en el llanto por alguien que formaba parte de su vida sin darse cuenta; que intentaba borrar con fantasías a alguien que podía surgir de las sombras en cualquier instante y que no hacían falta ni tanta ironía ni tanta fanfarria, para tratar de olvidarlo.
Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando yo todavía era un niño, le pregunté por ese personaje al que ella había conocido en tantas circunstancias y al que, sin embargo, yo parecía no haber notado. Quizá más tarde, cuando crecí y serví en el ejército, tampoco lo vi; nunca me percaté de su presencia. Ella sonrió y me dijo:
—¿Todavía no lo conoces? ¿No te has dado cuenta de que de pequeño siempre te acompañó?
—No, abuela —le contesté.
Ella se puso seria y agregó:
—Por todas las maravillas que la naturaleza te ha podido mostrar y por todos los logros que el hombre ha podido alcanzar, siempre hubo algo antes que él, un origen. Pero el hombre no lo reconoce. Sin embargo, eso aparece en cada instante y en cada oportunidad; te revelará su naturaleza, aunque nunca te dirá su nombre. Pero cuando sientas una opresión en el pecho y tus ojos miren por encima del hombro de cualquiera, ahí sabrás de quién te hablo.
—¿Quién es? —pregunté, sin entender nada.
Ella miró a los lados y me susurró bajito al oído:
—El orgullo.
Roque Puell López - Lavalle
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