Nuestra existencia está llena de diferentes momentos que a veces no alcanzamos a entender. Sin embargo, podemos disfrutar de días felices y también de algunos días sombríos pero siempre hay un propósito y al final hay una esperanza en Aquél quien nos creó. Dependerá solamente de nosotros. ¿Qué piensas de todo ello? ¿Nuestra vida es un azar?
¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!
En un instante que no esperaba, el silencio profundo del bosque se desgarró por el canto de la lechuza del monte. Solamente el crujir de pequeños grillos esparcidos y el misterio de la oscuridad escuchaban atónitos aquel canto que anunciaba la búsqueda de presa. La media noche ya se instalaba con su negrura característica, y según los cuentos de la selva, esos eran momentos propicios para los duendes, los animales nocturnos —la carachupa, la tortuga de tierra—. En ese espacio compartido habitaba el shihuango negro, zancudos y citaracos, sin olvidar la temible cascabel que podría manifestarse tras los jergones ablandados por la lluvia.
Y allí estaba yo, con la farola en mano, silbato al cinto y sin un ápice de sueño; desvelado como el propio viento que movía las copas. La alergia al agua me quemaba la piel, y los mosquitos me habían enronchado hasta la paciencia, pero hacía mi guardia como vigilante de un secreto. Imperturbable ante lo que pudiera nacer de una noche que amenazaba con llover, llevada por nubes negras empujadas por un viento fuerte. Y justo en ese momento, mientras aguanto el malestar de la giardiasis que me arropa desde hace días, la memoria me llega sin que yo la llame: la anécdota real que viví hace tiempo, cuando la selva me puso a prueba hasta el límite.
Había vivido allí tres años, en ese arranque de aventura y misión. Obtuve una chacrita de un campesino agobiado de deudas, ansioso por regresar a su tierra natal. Treinta hectáreas de bosque entre purmas densas y selva virgen donde tomé posesión del lugar. Allí corría una quebrada helada que la gente llamaba Mananquiari —“nido de víboras” en asháninca—. Para llegar, debía caminar diez kilómetros por las faldas de una montaña que se elevaba despacio: plana al principio, pero marcada por las irregularidades de un terreno que se doblaba como una serpiente.
Pero un buen día —cansado quizá de ir acompañado, lo confieso, pues nunca me gustó depender de otros— decidí emprender el viaje solo. No almorcé; salí a las once de la mañana con el morral ligero: botella de agua, botas y machete. Pensé que me llevaría unas horas, que regresaría cargado de papayas y limones. Mi instinto aventurero me susurraba: “Tú eres el champa pecho, y para ti nada es imposible”. Seguí los senderos, subí las cuestas, y la llegada parecía sin fin. Pasaron los minutos, la emoción me prendió en el pecho —había llegado solo, no debí molestar a nadie—. Y fue verdad: a pesar de la hierba crecida por las lluvias recientes, llegué sin tropiezos.
Cuando estuve allí, me metí calato en la quebrada para descansar mi cuerpo cansado, comí papayas y tomates pequeños que saqué de la chacrita, hice ajustes y arreglé la choza que se había deteriorado como un libro olvidado. Al fin, hora de regresar. Pero no sé explicar por qué las cosas suceden: no pude salir de inmediato. Empecé a marcar árboles con mi machete para no perderme, pero pasaron más de cuatro horas y la verdad se hizo evidente con tristeza: estaba extraviado, muy lejos de mi querida choza. Todo era igual, no había rasgo que reconociera; iba por todos lados, pero no llegaba a ninguna parte…
El bosque se confabuló para cerrar mis ojos. De pronto, una fuerza enorme de desesperación invadió mi ser y me hizo arrodillar en el suelo —sólo así logré no perder la ecuanimidad ni mi valor como hombre—. Pensé, oré y dije entre dientes: “Tendré que salir o moriré. ¡Tú me ayudas!”. Después de intentos fallidos, divisé a lo lejos mi cobachita esperada, a unos treinta metros de la quebrada. Corrí como si me faltaran piernas, me senté en la puerta… y en ese instante, como ahora, sentí un nudo en la garganta y mis manos temblaron al dar gracias a Dios por estar vivo. Luego levanté la cabeza y vi una pantera de color gris claro que había pasado a pocos metros, sin que yo me diera cuenta. Me levanté como un rayo para atacarla: me habían enseñado que era la fiera o tú.
Si te huele a temor por el olor que despides, eres hombre muerto. Así que gritando y blandiendo mi machete, me dispuse a luchar pensando que era mi último día. Ella no me hizo caso: gruñó y se fue como un gato perseguido, cola en alto y paso apurado. No pude más y lloré —sorprendido, rabioso, asustado—, porque la adrenalina se había acumulado en mí como una ola que ahora se rompía. Intenté salir de nuevo, pero el bosque seguía cerrado; decidí pasar la noche allí, pensando que dormiría. Pero me equivoqué: murciélagos de todos los tamaños —los mashos— se colaron por la abertura cerca del techo y me sentí atacado. Toda la noche defendí mi espacio con el machete; es de esperar que transmitan rabia si te muerden. Pero al fin se fueron con la madrugada.
Salí de mi propia cárcel a eso de las seis de la mañana, al primer intento. Recordando cada paso vivido, recorrí el mismo camino enmarañado, y después de algunas horas llegué al pueblo sin más novedades que la alegría de estar vivo…
¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!
Roque Puell López - Lavalle
“Nuevas son cada mañana”, había escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor, al comienzo de la semana. Ante mí se perfilaban grandes desafíos, grandes logros, o tal vez iba a conquistar algo que aún no podía definir. Pero la rutina de siempre era necesaria, y debía cumplirla.
Vivía en Miraflores, un barrio que acogía a intelectuales e inmigrantes de todo el mundo. Hoy en día es un referente turístico, con playas que se extienden junto a avenidas amplias, callecitas empedradas, parques y casonas del siglo XIX. Antaño se le llamó “Ciudad Heroica”, al igual que el contiguo Barranco, porque aquí sus habitantes desplegaron todo su heroísmo en una guerra sangrienta contra un invasor mejor preparado.
Pero volvamos a mi diario existir: otra vez tomaría el desayuno de siempre, y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que bajara —ya estaba servido sobre la mesa de madera de la cocina. ¿No entendían que hoy era un día clave? Por fin comenzarían mis vacaciones de fin de año, y mi celular no dejaba de vibrar con mensajes de mis amigos. Cuando terminé de responder la última, bajé rápido: antes de que mamá subiera con su famoso “correctivo” (papá no estaba en casa en esos momentos).
Tenía una hermanita menor, experta en los berrinches que le conseguían casi todo de nuestros padres. Yo era parecido a ella, solo que empleaba mis tácticas para fines que consideraba más importantes. Para mí, todo era cuestión de tiempo. Había planeado irnos a las playas del sur: el verano era abrasador, pero el mar era nuestro refugio y nuestra pasión. Mis amigos y yo no parábamos de hacer planes —unos querían arena fina, otros piedras lisas, pero nadie ponía en duda que viviríamos el mejor verano de nuestras vidas. Tuve que convencer a mamá, que temía por mí por ser un niño travieso; pero no podía encerrar un espíritu libre, menos impedirme practicar el surf, un deporte que había adoptado hasta para competir.
Por fin, estábamos en camino. El viaje fue una cascada de risas y ocurrencias —mis tres amigos, todas nuestras familias, el sentido del humor de mi padre e incluso Cucki, nuestro perro, se unieron a la aventura. Llegamos a Punta Rocas: playa de piedras amables, orilla impecable y mar cristalino, al sur de Lima. Contábamos con una casa amplia y cómoda, donde todos cabíamos sin problemas; todos estábamos felices, porque al fin nuestros sueños se hacían realidad. Mamá nos acomodó en las habitaciones, papá nos ayudó a revisar las tablas, y mi hermana menor guardó su mochila llena de muñecas en un rincón seguro —asegurándose de que nadie se acercara a sus cosas.
Marco, Guillermo y Walter eran mis compañeros inseparables de estudios y travesuras. Por rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” —palabra mágica que escuché alguna vez decirle a mi padre. Seguro él vivió la misma pasión en sus tiempos, y yo quería emularlo; no quería dejar de ir para mostrarle algunas de mis acrobacias más espectaculares. ¿Qué imaginativo, verdad?
Estábamos bien preparados: siempre hacíamos deporte, éramos espigados y delgados, de tal forma que deslizábamos sobre las olas con un gozo indescriptible. Era todo un reto; las competencias entre nosotros no se hacían esperar, ni el placer de enfrentar la fuerza del mar. Cada vez éramos más experimentados, así que la estación era crucial para los campeonatos que la Federación organizaba en estas fechas. Era imprescindible adiestrarnos mejor, esperando que el verano nunca terminara.
Después de tanto loquerío en la orilla, extendimos nuestras toallas y pusimos resina en las tablas. Fui el primero en lanzarme al agua, creyendo que los demás me seguirían —pero me desilusioné al ver que se quedaron en la arena. Enojado, esperé la segunda ola; los vi acompañando a un grupo de chicas que debía haber llegado de improviso, porque no me había percatado de ellas. No les tomé importancia y coroné mi hazaña con tres olas increíbles que me llevaron de regreso a tierra.
Al acercarme, descubrí que eran cuatro chicas de nuestra edad, que charlaban alegremente con mis amigos —quedados casi de piedra. Supe después que eran amigas de Walter, conocidas el año anterior. Se sorprendieron al verme, más que todo por mis cabellos enmarañados por el sal, y se quedaron boquiabiertas. Solo atiné a decir un “hola” seco y desconfiado. Walter se dio cuenta y, sonriendo para arreglar la situación, me las presentó apurado: Thelma, Lupe, Silvia y Charlotte. Tras los besos de saludo, me quedé prendado de ella —su sonrisa y sus ojos grandes me llamaron poderosamente la atención. Por suerte, no se dio cuenta de mi torpeza.
Su conversación me resultó cálida: hablaban pausadamente, pero de temas que nunca habíamos tocado entre nosotros. Yo solía hacer comentarios variados y poder intercambiar ideas peculiares, pero lo interesante fue descubrir que ellas también surfearan —no con la misma intensidad que nosotros, pero sí disfrutaban del oleaje y de las competencias que organizábamos en la playa. Mis compañeros nunca supieron de la atracción que sentí por Charlotte; no quería quedar mal contándoles que me sentía tímido para decirle cosas bonitas, pero pensé que el tiempo restante sería suficiente para encontrar las palabras. Nunca las encontré: solo la miraba, y mis frases se trancaron en la garganta.
El último día —al día siguiente comenzaría la escuela, con sus libros y sus deberes— nos despedimos todos entre risas y abrazos. Pero para mí solo existía Charlotte; el resto no importaba. Al atardecer, bajo un sol rojizo que tiñó el mar de oro, me acerqué a su lado con la tristeza del adiós, cerré los ojos y le di el beso más cálido y largo de aquel verano. Ella se tocó delicadamente la mejilla, tomó mis manos y, mirándome tiernamente, me dijo suavemente: “Adiós…”
Creo que nunca me olvidaré de ese verano, porque jamás ignoré su mirada ni el beso que selló nuestro encuentro. Cuando llegué a casa, me preguntaron si quería merendar, pero les dije que no enfáticamente. Subí rápidamente a mi alcoba, cansado del viaje, y me tendí bruscamente en la cama, mirando perdido al techo mientras pensaba en ella…
Las lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me quedé dormido...
Roque Puell López - Lavalle
Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha sido explorado. Pero ahí yace, soberbio, imponente, solitario y hermoso a la vez, un paraje desconocido, un cerro privado de luz solar, una empresa que invita a una existencia arriesgada y que, sin embargo, busca entre los más experimentados, una ocasión, un rumbo inexplicable, una rosa en flor que brota entre raíces ancestrales y anhela ser acogida por aquel que se atreva a adentrarse...
La lluvia torrencial acompaña al hombre, y aquella densa neblina que envuelve su camino, lo ennoblece. Él venera la verdad en sus palabras, le importa el espíritu de los extraños, corre en sus venas el ímpetu de los sueños; y aunque solo escuche el eco de su aliento al ascender cuesta arriba, aspira a trascender lo impredecible hacia aquello que anhela con fervor para compartirlo porque es una dicha que trasciende los límites de su pecho...
La fiera delimita su dominio, pero él aspira a llegar pronto para ser el primero. Quizás porque no le importa ni el lapso del tiempo ni la extensión del camino, ni el recuerdo de su aldea ni la razón de sus amigos. ¡Qué temple! El anuncio es el mismo: liberador, firme, conmovedor, consolador; nunca pierde vigencia aunque la agonía lo visite. Es el Amor de quien hace mucho se le adelantó, pero que ahora llena todo su ser y define su propósito. Emplea su viveza, su esencia desnuda o incisiva, para no ser alcanzado por el rayo de la desesperanza ni el trueno de la indiferencia...
Le llamaron loco, pero ahora lo vive con intensidad; todos pueden acercarse a él, tocarlo y reírse junto a él. Porque a la ingenuidad de los demás se le adelanta la humildad y la sencillez que se reflejan en su semblante, en la calidez de sus expresiones, en su cuerpo desgastado – porque atrás dejó su altanería para buscar ahora un ideal auténtico, monstruoso para quienes no creen y singular para aquellos que lo acogen con determinación...
La vida es una sola para contarla, y algunos la conocen por las experiencias que alberga el Libro de verdades eternas. Del sufrimiento ajeno se nutre el carácter; de los latidos de un corazón extraviado se afirman las alegrías. Pero permanece el mismo llamado que transforma al hombre y alienta al pecho apocado. La montaña lo refugia, lo desvía, pero es generosa cuando comparte sus misterios...
¿Qué es aquello que lo apasiona, entonces? La existencia con sentido y el recorrido por sendas que sabe que lo pueden sorprender. Porque existe el Dueño de los laberintos y de los árboles inmensos en las cañadas, o el habitante de la humilde morada, a quien no imaginaba que le daría la bienvenida con un saludo sencillo. No preveía el corazón del que recibía su visita, el dolor de su partida, tal vez por su mensaje y la forma de comunicarlo...
Solo las almas que se doblegan ante la Majestad de lo que no se advierte, de la pequeñez que les provocan esos hombres o la propia montaña, muestran el porqué de ese encuentro. No es él quien conquista ni se apropia del honor. No: el conquistado es él mismo, quien desconoce que la labor que lleva consigo, junto a la candidez de su desconocimiento, lo hace vasallo, lo convierte en discípulo – y que lo único que aporta es la pureza de su intención...
Roque Puell López - Lavalle
Por entonces, cerca de nuestras casas corría un pequeño río que serpenteaba entre chacras, maizales y campos de cultivo. La zona todavía conservaba algo de campo, a pesar de estar tan cerca de la ciudad y de la Escuela Militar. Había establos y pequeñas ganaderías, y mi madre solía regresar con leche fresca que compraba en uno de ellos. Recuerdo perfectamente la nata espesa que quedaba flotando en la olla. Yo la miraba con asombro mientras ella la servía en un tazón. Luego nos la bebíamos sin pensarlo dos veces.
¡Qué tiempos aquellos!
En el barrio había niños que apenas salían de sus casas y otros que parecían vivir en la calle. Yo logré hacer amistad con varios de ellos. Vivían en los callejones cercanos a mi casa, en viviendas modestas pero llenas de vida. Sus familias madrugaban para trabajar y asegurar el sustento diario. Aun así, siempre encontraban tiempo para saludarse, conversar o reír.
Entre nosotros no hacían falta muchos juguetes. Nuestra imaginación bastaba.
Uno de nuestros mayores orgullos era el carro-patín. Lo construíamos con nuestras propias manos: dos maderas cruzadas, una pequeña y otra larga; cuatro rodajes bien ajustados; y un pabilo que servía para dirigirlo. Cuando terminábamos de armarlo y lo aceitábamos bien, nos parecía que habíamos construido una máquina extraordinaria.
Para nosotros, aquellos carros eran auténticos bólidos de carreras.
Los llevábamos hasta la bajada de los autos de la playa de Agua Dulce. Allí, entre gritos y empujones, comenzaban las competencias. Un amigo empujaba desde atrás mientras el otro se dejaba llevar cuesta abajo, a toda velocidad.
Corríamos sin miedo.
No había premios ni trofeos. Bastaba con llegar primero y escuchar los vítores de los demás.
Así nacían nuestras carreras.
Después venía la canga. Usábamos dos palos de escoba viejos: uno largo y otro pequeño. El juego consistía en golpear el más corto para hacerlo saltar por el aire y volver a impulsarlo lo más lejos posible. El que lo enviaba más lejos ganaba la partida.
También estaban las bolitas de vidrio. Jugábamos a los ñocos, pequeños hoyos que cavábamos en la tierra. Allí apostábamos nuestras mejores canicas: las lecheras, los bolones transparentes y otras que brillaban al sol como pequeñas joyas. Algunas terminaban muy quiñadas después de tantas partidas, pero seguían siendo las más codiciadas.
Y no podía faltar el trompo.
Había verdaderos maestros capaces de hacerlo bailar durante largos segundos sobre la tierra. Pero también estaba el temido juego de la “cocina”. Allí, los trompos de los novatos sufrían el castigo de los más expertos y terminaban astillados o completamente destruidos.
Sin embargo, el verdadero rey de nuestros juegos era el fútbol.
En el parque cercano a nuestras casas improvisábamos la cancha. Jugábamos descalzos, sobre tierra dura y piedras. No había césped ni uniformes elegantes como en el colegio. Allí se jugaba a lo macho, aguantando el dolor sin quejarse.
Era nuestra manera de demostrar que estábamos creciendo.
Muchas veces nos enfrentábamos a muchachos mayores que nosotros. Algunos tenían dieciocho o veinte años, mientras varios de nosotros apenas llegábamos a los once o doce. Pero eso no nos importaba.
El partido era el partido.
Cada centro al área debía terminar en gol. Cada saque de esquina se celebraba como si fuera una jugada histórica.
A veces caminábamos largas distancias para ver jugar a los mayores. Bajábamos por los cerros hasta llegar a la famosa Cancha de los Muertos. Era un pequeño estadio improvisado cerca de un antiguo cementerio que quedaba junto al túnel por donde, años atrás, había pasado un tranvía rumbo a la playa La Herradura.
El lugar tenía un aire misterioso.
Allí se organizaban campeonatos donde jugaban equipos invitados de provincias. El fútbol se vivía con intensidad: patadas, barridas, jugadas audaces y discusiones interminables. Todo formaba parte del espectáculo.
Para nosotros era una escuela.
Pero el momento que nunca olvidaré ocurrió una tarde cualquiera en nuestro parque.
El partido estaba muy reñido. Corríamos de un lado a otro levantando polvo. Yo perseguía el balón cuando choqué con uno de mis amigos. Fue un encontrón fuerte, pero en medio del juego apenas lo noté.
—¡Foul mío! —dije, casi sin detenerme.
Seguimos jugando.
Más tarde comenzaron los murmullos.
Mi amigo se había fracturado ligeramente. Nadie me lo dijo de frente, pero el rumor corrió entre los muchachos. Desde entonces algunos empezaron a llamarme, medio en broma y medio en serio, “el rompe huesos”.
Yo no lo supe de inmediato.
Tiempo después, mi amigo me lo confesó. Me dio mucha pena saber que lo había lastimado. Estuvo con yeso durante una temporada y no pudo jugar.
Pero la amistad siguió intacta.
Cuando comenzó el siguiente campeonato, allí estábamos otra vez, corriendo detrás del balón como si nada hubiera pasado.
Los años pasaron rápido.
Mi familia se mudó a otro distrito y tuve que dejar atrás el barrio, el parque y a mis amigos. Sentí que una parte de mi vida quedaba suspendida en aquellas calles.
Tiempo después regresé para buscarlos.
Algunos aún estaban allí. Habíamos crecido, pero bastó vernos para abrazarnos y recordar nuestras aventuras. Hablamos durante horas, como si los años no hubieran pasado.
Fuimos a ver nuestra antigua cancha.
El lugar seguía allí, silencioso, guardando las huellas invisibles de nuestros partidos.
Pero el tiempo siguió su camino.
Cuando regresé otra vez, un año después, encontré algo que no esperaba. Los callejones habían desaparecido. En su lugar se levantaban nuevas residencias.
Mis amigos ya no estaban.
Los niños que jugaban allí eran otros. Los perros que ladraban al desconocido también eran distintos.
Comprendí entonces que el barrio que había conocido existía solo en mi memoria.
Los que viven ahora nunca supieron que allí jugaron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana.
Entre todos ellos estaban el Pito, el Sacalagua, el Cholo… y también aquel muchacho al que un día comenzaron a llamar el Rompe Huesos.
Ese muchacho era yo.
Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, nunca he dejado de recordar aquellos días en que el mundo cabía entero dentro de un parque, una pelota y la amistad de unos niños que soñaban con ser grandes.
Roque Puell López - Lavalle
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Hoy preparo sereno, la munición de mi fusil y lo limpio muy orgulloso para dejarlo reluciente, listo para la contienda. Hoy arengo a los
que me escuchan, la voz de mi protesta así como también veo el libre ondear de mi
bandera. Es roja como todas las sangres de mi pueblo y es blanca como la paz
que nace de mi conciencia. No obstante, en el estandarte está mi rabia
contenida, pura y en los símbolos patrios, se encuentra mi libertad.
Se da como siempre, el discurso de la demagogia y el de
las vanas promesas. Ellas son las palabras inútiles que se lleva el viento y la
conocida doble moral que pretenden mejorar. Pero todo es con el discursillo y
la patraña. Hay que renovar el armamento, sí, pero hay que traducirlo en los
hospitales y en escuelas. Entonces, ¿Cuándo?
Ahora está corrompida su responsabilidad y se ha quedado
sin la memoria. Pero así son ellos compañero, los que disquen
"querer" cambiar ¿Y cuándo pues, surgirá el trabajo digno y el pan
con liasíbertad? ¿Y regirá acaso el derecho a la vida y la salud de la sociedad?
¿Es verdad que la vieja indiferencia será la que rige ahora o serán las mentiras
del mañana?
El pasado los confronta, ya sufrimos lo indecible, ya los
muertos no pregonan la victoria, ya los extraviados están todos mudos esperando ser reivindicados.
Pero hoy seremos verdaderamente libres cuando encontremos los valores perdidos. Será así si el que
gobierna y los que imparten justicia digan la verdad. Entonces, los grandes y
pequeños, los otros y fuereños se respetarán unos a otros y tendrán dignidad. Y así nacerá la Nación.
¡Grandes hombres y grandes hazañas! La conciencia acusa a
los ingratos y así demistrarán la sutileza de los maltratos. Energúmeno amenaza al
gigante que de un solo garrotazo colgaría a los ingenuos. El sueño de los
despiertos y la esperanza de todos, se cumplirá en el umbral de un país mejor
defendido. Por eso, hoy respiro la pólvora
porque veré las victorias de un país. Entonces, preparo sereno la munición y levanto orgulloso mi fusil.
Roque Puell López - Lavalle
En el secreto de mis pensamientos quisiera encontrarme
contigo. Nuestras palabras y la curiosidad de mi corazón, crecieron porque me
dijiste que tenías un temor por las noches. El motivo era el ruin desvelo y
luego fue tu despertar intranquilo al tener un mal sueño. Por eso entonces, ya
no te vi sonreír. Pero si estoy a tu lado en el dormitar, ¿Por qué te negaste a
decírmelo en estos momentos? Si cuántas noches era yo quien te escuchaba y no
veía acaso tus ojos llorosos hoy, ¿Para brindarte un consuelo?
No lo sé, tal vez yo pueda convencerme de que tú me has
olvidado y no me buscabas para recorrer un camino. Quizá será en el ocaso por
la ilusión que mi alma vive o será por la noche cuando ella nos muestre un
final de ilusiones sin esperanza. Sí, debe de ser así porque ahora no concibo
que la duda nos gobierne ni he comprendido las razones del por qué me eres
ahora tan urgente. Sin embargo, te alejas de mí a paso lento y pausado para
encontrarte con tus miedos. Te vas para no pensar que alguna vez hubiéramos
sido los únicos en un valle cerca de una cordillera. ¿Qué fue de esa flor que
nació fuerte entre las piedras? ¿No fuiste la que tenía los colores más
intensos en el jardín de mis ilusiones? Mejor tendría al mar inmenso para que
se lleve mis pesares, pero, ¿Yo he de aceptar esta duda para no mirarnos unidos
como nos muestra el tiempo?
Mis sentimientos se pierden entre el resplandor de la luz
y las negras sombras que los ocultan. Y así sería para que mi corazón muriera
sin remedio por la desilusión y el espanto que me demuestras. Pero pareciera que,
te atrajera el quebranto o tal vez desearías que yo no exista en los instantes
de tu soledad y de tu silencio. No mujer, yo te conozco, tú pensar no es así.
Tú no puedes comenzar en una batalla sin las armas requeridas porque no eres
capaz de ser esquiva y porque tienes madera de ser una guerrera intensa,
incapaz de morir sin una bandera y no rendirte jamás, ante un cualquiera…
Aun así, son tus sentimientos los que vuelan sin
encontrarse, sin pisar tierra firme. Son como las luces tenues que van cediendo
a la noche entre la incertidumbre y las penas de no juntarse. Pero sabes, yo no
soy así, ven conmigo y te mostraré que mis farallones de mi sentir están firmes
y llenos de un verdor inmenso. Son tan fuertes que podrías esconderte en ellos
y luego, al ver a la montaña más alta, podrías considerarla también tu casa. Así, cuando despiertes en las cumbres de mi
gélido nevado, me verías sonreír tomando tu mano abrigando tus esperanzas…
Sí, tengo un amor tan grande que también espera ser
correspondido. Más no te vayas ahora, busca en mí ese valor que ahora te falta,
pero no me hagas mella, podría haber un volar de mis anhelos. Pero te quisiera
solamente para mí, sea para que por lo menos me recuerdes por lo que soy o por
lo que te di si me das la oportunidad. Solamente búscalo dentro de mi corazón y
te lleves, si deseas, un pedazo de amor...
Roque Puell López - Lavalle
Corría el año 1990 y yo me encontraba en San Salvador, capital de la República Centroamericana de El Salvador. Había salido de Guatemala par...