No puedo combatir lo que
siento, porque no sé llamarte por teléfono sin que una nerviosa sonrisa me
acompañe cuando te saludo con un simple «hola, ¿Cómo estás?» o me despido con
un «hasta pronto», sin tanto aspaviento. ¡Qué locura!
No puedo luchar contra el deseo de verte, porque mi corazón se entristece cuando estás lejos; y, al ausentarse tus palabras, mis sentidos dejan de deleitarse y ya no puedo acompañar con mi vieja guitarra una alegre melodía.
No puedo vencer este sentimiento porque, al despuntar un nuevo día, pienso en ti. Quisiera huir de todo lo que me rodea para contemplar tus ojos grandes y expresivos, negros como la noche, y deslizarme hacia la profundidad de tu alma sin que presientas lo que siento.
No puedo resistir el deseo de estar a solas contigo, mirando el horizonte, para que mi tristeza y la tuya se fundan en un beso; en una unión de amor y consuelo, en una interminable poesía de momentos maravillosos que esperan el instante de ser vividos.
No puedo controlar este amor, aunque lo conciba inalcanzable. Pero cuando surge en mí la esperanza de un destino distinto para los dos, me siento desconcertado, prisionero de una celda de sentimientos que no puedo expresar, por más que lo desee.
No puedo contradecir lo que siento porque, aunque acepte que lo nuestro sea un imposible, una quimera o un cuento de hadas, me alienta el deseo de acercar mi corazón al tuyo, aunque sea rozando tu etérea presencia, pues encuentro en ella dicha y alegría.
No puedo negar que en mí habita el anhelo de que lo nuestro sea algo mejor para los dos, como el sonido lejano de un mar apacible o como un querer queriendo que vive en la intimidad de mi conciencia, enamorada de ti, pero condenada al silencio.
No puedo ir en contra de lo que siento; sin embargo, me alegra atesorarlo. Tal vez, de esta manera, pueda robarle un instante a tu inocencia; quizá pueda soñar con tenerte para siempre conmigo o, acaso, vivir algún día el milagro imposible de mirarte a los ojos y decirte: «Te amo».
Roque Puell López - Lavalle



.jpg)


