miércoles, 29 de abril de 2026

Todavía no ha llegado mi muerte



Gracias, Dios, por la soledad que me acompaña. Al experimentarla, hago memoria de todo lo mío. Ahora vislumbro mi futuro; puedo concebir mi destierro porque siento que ella me embarga y me hace ver, sin reparos, lo que me espera. Y eso para mí, no tiene precio. Encuentro al silencio, que es mi cómplice, y que ahora no necesita una invitación. Todo a mi alrededor se encuentra igual y sigue existiendo.

Él solo es la visita infaltable que acompaña la inspiración de mis palabras o el lienzo de color que pinta mi conciencia. Él se queda en mis días de luz cuando amanece y permanece fiel en mis momentos del frío invierno. ¿Acaso me extendió una mano el averno para no darme cuenta?

En los bosques oscuros, en las noches de luna llena, se escucha la calma. Y en el espíritu del hombre surge la inconformidad de la vida misma, porque se rebela para dar paso al porqué a veces la soledad es un sinónimo de libertad. Descubrimos que ella no nos dice que estamos solos, sino vacíos, para luego encontrarnos con nosotros mismos cuando no hallamos respuestas.

Entonces, en las huellas profundas que deja el viento, en las emociones inconclusas de un sueño que no se cristalizó, la soledad nos encuentra para recordarnos que no podemos vivir sin su existencia, porque tarde o temprano la desazón nos llega. ¿Aparecerá la oportunidad esperada entre las brumas? ¿O, si regresa una vez más, qué nos diría ahora? No lo sé, porque es todo tan sombrío que un día Dios me dijo: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad".

Por tanto, en la ausencia más indiferente, los sentimientos podrían manifestarme un desvarío convertido, quizás, en una plácida melancolía... ¿Qué querías? Soy un ser humano... y quizás recordaré a quien un día amé, pero que se marchó sin prisa y a escondidas. Yo sí fui el que preferí seguir con la costumbre de sonreír al despertar finalmente de mi letargo. Después exclamaré alegre, a voz en cuello, para que todo el mundo me escuche: "Buen día, soledad, todavía no ha llegado mi muerte...".

Roque Puell López - Lavalle

La ingratitud


 

En la ciudad de Lima, hacía mucho era bien conocido el tránsito complicado en las primeras horas de la mañana. Era famosa la "hora punta" que nos obligaba a todos a cumplir con la puntualidad en el trabajo. En esas épocas, el parque automotor seguía creciendo y los taxistas hacían su "agosto", (mejor día) por la coyuntura de se momento que incluso, hoy, no ha cambiado. La vida se manifestaba en una suerte de expectación del que sucederá mañana porque el país crecía, pero los cambios políticos lo hacían inestable. Se sentía los avatares de mi Empresa, con la misma rutina de siempre, entre las oficinas bulliciosas o en el trabajo de las secretarias. No llegaba aún el reinado de las computadoras y las tomas del odioso dictado pasaron al olvido.

Para la familia Castell, este era su mundo y su existencia, Pero no todo eran los papeles y los chismes de la empresa, faltaba la sonrisa de los hijos en el hogar que hacía mucho tiempo no llenaban los sueños de este matrimonio. Tuvieron los recursos, las pruebas y aún los viajes que ellos hacían como una forma de atisbar la esperanza porque fueron muchos los exámenes fallidos, los intentos, los corazones apocados hasta que, al fin, como si fuera el último recurso, la matriz dio buenas noticias a la pareja.: Eran dos hermosos óvulos fecundados in vitro y con este resultado, ya tenían una razón de vivir. Los padres felices después de tanto esperar, tuvieron el fruto prometido. Años de búsqueda, plegarias para Aquél que hiciera el milagro y los anunciados con anticipación, por fin, nacieron.

Así las cosas, dos varones se presentaron y un nuevo comienzo en la vida se escuchó. Las malas noches comenzaron, los pañales abundaron y todo fue una responsabilidad compartida. El Sr. Castell no salía de su asombro y la Sra. vivía muy complacida. ¿Y qué de las gracias al Hacedor? ¿Qué de un eterno agradecimiento?  Pero los niños y sus necesidades ocuparon el primer lugar y ya no les dieron tiempo para reafirmar su fe. El padre primerizo, no sabe, no entiende, no opina, pero a mí no me convencieron los motivos de cambiar el orden de todo para ignorar a Quién les cambió la vida. Pasó el tiempo y ahora los bebitos que fueron, hoy adolescentes, ya juegan al fútbol en el club der los aficionados. ¿Y el profesional bendecido? Nunca más regresó a la Congregación.

Pero si me dejó la boca amarga el hecho de la ingratitud de los Castell aún de encontrar lo que nunca se perdió.  Pero sabemos también que en lo profundo de nosotros también existe esta raíz. Me preguntaba entre otras cosas ¿Acaso hay grados de ingratitud? Hoy, por ejemplo, no hablé con Él y no quiero ser un hijo obediente, hoy quiero ser otro y no exagero, recuerdo siempre, lo admito, que yo también soy un ingrato. Pero cerrar mis ojos a la evidencia cuando tengo conmigo a mi sangre anhelada, la que nunca tuve, pero ser así ¿Solo por haber recibido un regalo de amor? No lo concibo, no lo entiendo, no lo acepto, pero no tampoco lo condeno…

No obstante, el ser humano es de esa manera. Para aquél que el milagro se hizo, para la mujer insensible y para el niño que ignora Quién al fin, le permitió vivir. ¿O será para el anciano que llegó al ocaso de su azarosa vida? En fin, este mensaje es para toda la humanidad religiosa que cree en Dios, sí, pero que vive como si Él no existiera…

Roque Puell López – Lavalle


martes, 21 de abril de 2026

El bohemio



Amigo de la noche, compañero de tertulias, hoy deseas cantarle al mundo lo que piensas, lo que aborreces y, quizás, lo que sueñas. Sientes que ya no te atan las formas del lenguaje ni la retórica del mensaje; hoy has roto con vehemencia todas las reglas, queriendo exponer solamente lo que sabes.

La gente perdida busca el bullicio de los bares, porque estos no cierran y ellos, los que no duermen, se quedan sin reposo y sin dignidad. 

Quieren ahogar sus penas, buscando respuestas a su efímera existencia junto a amigos desesperanzados. En contraste, tú vives una vida tan libre y sin rencores que sientes el arte que te arropa, pero sin las mágicas enmiendas que no admiten acompañamientos.

Tus pinturas en la galería son tal como las quieres y como las expresas, sin discusión. Pinceles, óleos, acuarelas, pasteles, grabados y, quizás, esos desengaños que para ti son lo mismo. No te importa el cántico triste del músico o el lamento de un corazón apocado, porque tú fuiste y sentiste como ellos.

Tocabas en tu viejo acordeón varias melodías bonitas para tu amada, pero ella nunca las escuchaba. ¿Para qué, entonces, lo hacías? Solo supiste que ella existía en un recuerdo lejano, mas no en la realidad. ¿No era eso lo que esperabas? Pero hoy te crees un docto de la vida, te ríes del que se ufana en pensar que todo se resume en un pañuelo y que el más allá no existe. Dijiste también que la vida solitaria era mejor. ¿Crees semejante patraña?

Pero "la vida es un carnaval", como dijo mi amiga María, aunque no quería enderezar su alma. Pocos sabían que había perdido todo su peculio en el juego de las tragamonedas, y pronto se escuchó que su corazón se le fue como un suspiro. Nosotros recién nos enteramos el mismo día de su funeral. Hoy pocos se acuerdan de ella, pero, lista como era, dejó sus pensamientos en una cuartilla. No muchos de nosotros supimos la suerte de ellos; quizás los publicaron en un pasquín o se perdieron en algún vago razonamiento...

Y ahora que vienen los comicios, ¿por quién vas a votar? Ah, pero tu voto será nulo, y es un secreto a voces que no tienes una cédula de identidad. Sé que conociste a muchos candidatos, pero en este tiempo no se sabe el final. Recuerdo que tú lo fuiste alguna vez, ¿quién te desanimó para renunciar a las armas del poder si fuiste un temerario reformador? No lo sé. Dicen las malas lenguas que perdiste tu oportunidad por un traidor a tu honorable causa. ¿Por qué entonces te retraes ahora? ¿Por qué, amigo, miras de soslayo al contendor?

Sí, ya sé, tú prefieres la vida sin capitán o que te dirijan al camino recto de la corrección. Otros alegan que a los amigos hay que quererlos como son; lo sé porque yo también fui un bohemio y un jugador, filósofo de la vida, crítico de arte sin los pinceles ni palestra, sí, con mucha fuerza y casi sin amor. No obstante, siempre estuve con la mirada altiva y orgullosa, valorando a los amigos leales, pero no como los ingratos, que no me vieron en apuros. ¿Sería por el valor de la amistad?

Roque Puell López - Lavalle

lunes, 13 de abril de 2026

Estoy contigo





Tal vez en los pensamientos del silencio, en la madrugada de tu recuerdo, en las mañanas que anuncian las verdades, sé que ahora te extraño porque te nombran mis palabras y te quedas en mis sueños, para mirarte lejos y para recordarte cerca.

Y así, en la imaginación de mi gran deseo, me veo tomar un café contigo al compás de la alegre melodía de un piano, con la música de tu sonrisa, y en aquella búsqueda de la verdad de tus ojos almendrados, te musito, cierto, al oído y te exclamo: ¡Te amo!

Pero tú te quedaste a mi lado, sorprendida por tal osado atrevimiento, y te preguntaba yo apurado el porqué de tu encandilada sorpresa, si ya sabías de mis intenciones, de mis sabias propuestas, y hoy, como si no supieras, me respondes a tientas.

—“Si tú sabes que te amo, ¿por qué me declaras tu curiosidad tan sencilla e invades mi paz si estoy segura a quién he conocido?” —me dijiste.

Entonces yo, avergonzado de mi gran ignorancia descubierta, besé tus labios para que así vendaras mi corazón ardido y no te preguntara otra vez, el porqué estoy contigo.

Roque Puell López - Lavalle

 


 

sábado, 11 de abril de 2026

Los ojos

 


Los ojos dicen mucho de lo que las palabras no dicen, o simplemente, mujer, porque esas palabras no las quiero pronunciar. Mi pensamiento anhela lo que siente y mi silencio prefiere que no sepas nada; que es mejor así, que no quieras preguntar…

Aunque intuyes el lenguaje extraño de un corazón que no conoces, no imaginas el porqué de esta despedida ni la razón de este adiós necesario. Y marcha sobre marcha es el destino, porque pronto se alejarán nuestras miradas y nuestro decir quedará sin sustento…

Tus ojos me lo dijeron, no necesitaste confirmar la verdad. Adiviné que no podrías saber de mí si no te lo recordaba ahora, en mi más encarnado pensamiento. Era como una poesía que se hizo canción, un llamado de mi lejano corazón al tuyo, y significaba que quizá nunca me podrías escuchar…

Buscarás una señal para poder hablarme y, sin embargo, estaba entre mis manos tu recuerdo, que yo no habré de olvidar. Tu voz generosa, tu risa a veces nerviosa, pero que, unida a la mía, nos hizo conocer para siempre nuestra verdad…

Me querrás encontrar inútilmente en el pasado porque no me conociste nunca como hasta ahora, pues viví en la soledad de mi tiempo, en el anhelo de un cariño sincero que mis ojos, hasta este momento, no se atrevieron a demostrar.

Anhelarás también entregar con tus generosas manos lo que algún día me brindaste con humildad. Mas yo estaré fuera, muy lejos de ti, esperando en mis vanas ilusiones una palabra tuya o una llamada telefónica que quizás nunca te animaste a dar…

No me atreveré a decir nunca lo que siento, por temor o cobardía, que es lo mismo. No desearé romper la magia de tu mirada por nada que te enoje por atrevido. Prefiero decir con mis ojos a los tuyos, cuando te vea o me vaya lejos, lo que mis palabras no hicieron abiertamente…

O tal vez, mujer, porque mis palabras… ¡no las quiero pronunciar!

Roque Puell López - Lavalle

viernes, 10 de abril de 2026

Todo cambia

 

Todo cambia para el bien que deseas alcanzar, sin demoras ni premuras, si tienes el coraje de ordenar las circunstancias que te rodean. Esto no significa que los ideales sean menos deseados; de lo contrario, se convertirían en causas inútiles, incapaces de cristalizarse.

Todo cambia cuando tenemos la voluntad dispuesta, siempre que existan motivos para amar. Algunos pretenden despreciar esto, aunque a muchos no les guste la idea de empezar de nuevo, incluso si fuera por su propia felicidad. ¿Será, acaso, que el temor a lo desconocido siempre los invadirá?

Todo cambia cuando la razón está convencida de que no hay por qué discutir para llevar una causa a los tribunales. Sufriríamos entonces las consecuencias de nuestra propia decisión, y ya no serían válidos los reclamos iniciales. Pero considero que tampoco serían el fruto de jugadas al azar...

Todo cambia cuando juzgamos mal y no ponemos sobre la mesa pruebas fehacientes de la verdad. Por mucho que se alegue a la ley, esta no se pondrá de nuestra parte si no hablamos con clara sinceridad. Motivo suficiente, entonces, para perder el derecho ganado y sufrir la culpabilidad...

Todo cambia si renovamos la razón de nuestro entendimiento, no dejando que las polillas consuman nuestros valores. Es crucial que el ser humano alimente su espíritu y su alma para que, de esta forma, su conducta cambie. Así comprendería mejor el mundo que lo rodea desde su propio renacer...

Todo cambia si nos llenamos de una profunda humildad. Si bien la desdicha no siempre puede evitarse, el comportamiento correcto nos brindará paz de conciencia. Así estaríamos satisfechos de haber cumplido con nosotros mismos y con los demás, buscando siempre la justicia.

Todo cambia, la vida misma y las causas justas se distorsionan cuando los hechos se falsean constantemente. El acusador aprovechará esto para encarcelarnos y privarnos de libertad. Pero luchar por el cambio será grandioso, porque triunfará quien use bien la razón y la honestidad, no siempre cediendo a nuestro engañoso corazón.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


martes, 7 de abril de 2026

Nosotros teníamos razón


Tan largo como eras en tamaño, la vida nos había encontrado aquella vez en medio de una trifulca, en los verdes campos de aquel parque encantado donde celebrábamos, alegres, el empate de un partido de fieras. 

Pero pasó que unos malandrines le habían metido la mano a la Gabriela. Así que nos fuimos corriendo a defender a la damisela. Tú, que todavía no decidías vengar a nuestra compañera, y yo, que quería liberar rápido mis hormonas palaciegas. Pero ojo: fui yo el que comenzó con la trompada y tú aún no cedías a la provocación anunciada.

Y así, cuando vinieron hacia nosotros las huestes enojadas, no te quedó otra que intervenir a las malas para defenderme. Todo se convirtió entonces en una gran fiesta de las buenas, peleando a diestra y siniestra. Pasaron las horas y, al final, triunfó la gesta.

Pero la refriega siguió y hubo un remedo de campeonato. Una piedra lanzada por alguien —de gran tamaño— venía directamente hacia tu testa. Yo entonces volé de palo a palo, como un gran portero ante una dizque pelota, para contenerla justo a tiempo y evitar que diera con tu caja de cerebro. ¡Pucha! Aún me duele la mano de solo recordarlo.

No obstante que éramos cuatro contra nueve, vencimos a quienes esa vez le habían faltado a la chiquilla. Recién entonces pudo respirar en paz la niña de la escuela. Luego vino la policía para llevarnos a todos presos por tanto jaleo y por ser tan descarados. Pero nos encontraron, extrañamente, abrazados, dando hurras y vivas a la Selección de fútbol. Hasta nos creyeron grandes hermanos partidarios.

Así entonces huimos raudos por el parque encantado: Yo con la camisa rota y tú con la mirada tonta. Los demás estaban desesperados y cada uno se iba por su lado. Pero ya nos alcanzaban… ya faltaba poco.

Con las justas, jadeando, tomé un taxi.

El chofer, asustado, me preguntó:

—¿A dónde va, jovencito?

—A seguir celebrando el empate —le dije.

Pero reaccioné enseguida y le espeté:

—¡Lléveme a mi casa carajo!

Y, de alguna forma, fue con esas firmes palabras que no sé cómo logré pasar en medio de los que me buscaban.

Hoy todo eso vuelve como remembranza: un gran partido de fútbol jugado, un gran amigo al lado y un hermano de pelea que no se olvida. Eran las batallas de mis veinte años. Las que se viven una sola vez. Y aunque el tiempo haya pasado, todavía vibran en mi corazón.

A veces regreso por el parque encantado. Camino despacio, miro el lugar donde todo ocurrió y no puedo evitar sonreír. Entonces lo repito para mis adentros, como si el tiempo no hubiera pasado nunca: Nosotros teníamos razón.

Roque Puell López - Lavalle


lunes, 6 de abril de 2026

El último abrazo


Veintitrés años han pasado desde tu partida, madre mía, y tu recuerdo vive aún en mí. Contemplo las fotos del álbum que me dejaste, y al hojear tus viejos cuadernos, encuentro aquellas palabras que escribiste en el pasado. ¡Vaya que ahora son una inspiración para mi alma!

Doy gracias a nuestro Dios por ser quien soy. Me enseñaste a luchar por la vida, a amar la verdad, a tener coraje y perseverancia en cada circunstancia. ¡Por el amor, la verdad, el coraje! Nunca olvidaré tus consejos para ser siempre el mejor; fuiste un ejemplo inmenso para mí.

¿Cómo olvidar el amor que prodigaste a mis hijas, a tus adorables nietas, cuando estuviste con nosotros? Las amaste y cuidaste con dedicación, preocupándote incluso por sus estudios en el colegio. Todavía conservan los libros que les regalaste, una herencia preciosa de su recordada abuelita. ¡Gracias, mamá!

Cuando mis días se tornan sombríos, me siento como un niño asustado que anhela guarecerse en tu regazo. Me regocijo en el recuerdo de cuando era pequeño y me cuidabas de los peligros, o cuando la fiebre me postraba y velabas junto a mi lecho. ¡Gracias por aquellos remedios feos que siempre funcionaban!

Te amo, madre mía, como si todo hubiera sido ayer. En aquellos últimos meses, cuando ya la voz te fue esquiva, me diste el último abrazo. Un abrazo que, en el silencio del día y la noche, consoló mi profunda tristeza, envuelto en la inmensidad de tu gran corazón.

Sí, fue mi último abrazo. La enfermedad no logró quebrarte; fuiste más fuerte que ella, venciéndola con tu amor de madre. ¡Cómo podría olvidarlo! Ahora estás con Dios, en su mansión celestial, plenamente feliz en Su presencia.

Y aunque ahora te extraño, tengo la certeza de que, más tarde o más temprano, nos volveremos a encontrar. Hasta entonces, mi linda madrecita, siempre estás conmigo: ahora en mi vida y también en mi ser.

Tu hijo...

Roque Puell López -Lavalle

viernes, 3 de abril de 2026

Amigo


Las primeras luces de la mañana vieron nuestros ojos en un día cualquiera de junio de 1981. Desayunábamos de forma franciscana en una olla común. La avena con leche humeaba, y un delicioso pan francés, crujiente de días pasados, estaba listo para ser servido. Su compañera infaltable, la noble mantequilla, heroína de jornadas, era aquella que te vendían a granel, envuelta en plástico transparente y amontonada sin asco al momento de adquirirla. Era poca y para tantos, pero se hacía alcanzar con la “chanchita” de todos los días.

Después vendrían los discursos en el local tomado, las arengas, la oratoria extendida entre compañeros y testigos, cánticos de algarabía, aplausos partidarios; la izquierda democrática hizo su aparición en la magna reunión… Todo hacía presagiar una esperanza, nuestro futuro estaba en juego. Saber que no perdíamos el tiempo se convirtió en algo mágico; se sentía el ambiente del compañerismo, la justicia y el derecho estudiantil estaban inflamados, y las voces se hacían sentir. Era un reto a las decisiones y profundas convicciones; éramos los soldados de una batalla propia, original, en una guerra aislada y, sin saberlo, estábamos en el umbral de algo más grande: el ingreso a la Universidad a como dé lugar.

Luego le tocó el turno a la noche, una oscuridad incierta, de espera muda e interminable, de peligro inminente. Sabíamos que la temible Guardia Obrera nos podía sacar en cualquier momento. Sentíamos también la madrugada, convertida en una tensa calma que reinaba sobre nosotros, aunque estábamos con la piel de gallina por el frío que experimentábamos. La taza con cocoa caliente la bebíamos a pesar de que a veces no sabía a nada y poco abrigaba, pero era nuestra aliada incondicional. Se tocaba la guitarra y cantábamos en las noches “Amigo” del grupo chileno Illapu, porque no conocíamos el aburrimiento, pero todos nos animábamos jubilosos en medio de toda esta tensión vivida.

Un día por la tarde, la magia se fue y la convivencia cesó para nosotros. Supimos que la suerte estaba echada. Se corrió rápidamente la voz de que las otras universidades estaban por sacarnos del local y los "rabanitos" estaban bien armados para tal fin. Nos querían vencidos y querían atribuirse la demanda estudiantil. Aunque éramos pocos, tuvimos la necesidad de arrancar de los brazos de las enamoradas a los jóvenes, como nosotros, que se habían aferrado a ellas. ¡Tremendos cobardes! No había otra manera, pero pudimos ver que algunos eran echados del regazo de ellas para que pelearan y, sin embargo, otras, desconsoladas, se quedaron solas llorando, viendo a sus grandes amores salir a pelear… ¡Qué tal espectáculo!

Presentamos batalla aún con miedo, pero dimos la cara a tremendo desafío. Todavía lo recuerdo: durante la trifulca, decenas de jóvenes en la calle, armados de correas, cadenas y palos de todo tamaño, venían contra nosotros. Explotaban los petardos, las bombas molotov, corrían las balas calibre 38; en fin, una humareda terrible. El corazón nos latía fuerte, pero igual respondíamos.

Cerca de la concurrida Av. Tacna, la turba enardecida avanzaba hasta la media cuadra donde estábamos, pero no podían seguir. Íbamos ganando terreno, sufriendo los palos y cadenas por igual. Nuestras compañeras, mujeres de valor, nos alentaban a seguir, todas arengando, cantando los himnos revolucionarios y echando también agua sucia desde el balcón. Las tablas rotas que encontraban eran lanzadas por ellas, y fue un verdadero milagro que no les pasara ningún mal. ¡Qué coraje! Todos nos quedamos anonadados…

Al final, como siempre, llegó la policía, el Escuadrón de Emergencia de aquel entonces. Pero vino luego el “rochabús” o carro rompe-manifestaciones, a querer dispersarnos usando sus mejores armas: el agua y las bombas lacrimógenas. Sin embargo, nosotros, con la cara cubierta y nuestros rostros mojados, se las devolvíamos en medio del humo, a pesar de que nos hacía arder y llorar los ojos. También quisieron darnos una paliza, pero la confusión y la cantidad de gente nos salvó el pellejo. Nos quedó solamente el irnos raudos al local después de haber infligido la derrota total a nuestros enemigos y a la policía.

Teníamos 24 años y ya habíamos experimentado el odio en nuestros corazones, pero felices de haber triunfado. ¡Tremenda contradicción! Se imaginan: al día siguiente, las noticias por la T.V. hablaban de nosotros y en la portada de los periódicos había una foto. ¡Ahí estábamos! Nadie nos hubiera creído, pero era verdad: se enteraron todos que un grupo de muchachos ganaron sus derechos, y al Rector no le quedó otra que darnos lo que tanto anhelamos.

Pasaron cuarenta y tres años de aquel incidente. Todavía existe el local, el Teatro Nacional; todo está intacto. Anteriormente el lugar se llamaba la calle del Teatro, pero nadie imaginó lo que allí aconteció. Todavía se escucha la canción “Amigo” en el ambiente y en el corazón de los que estuvimos aquel día. Fue esta canción porque nos unió una causa común, porque nos convertimos como hermanos, dejando nuestra sangre, y porque fuimos universitarios en ese momento porque nos costó ingresar. Solo así se explica por esas noches de compañía solidaria donde todos los allí reunidos fuimos los protagonistas.

Me acuerdo siempre de ese mes, de esas fechas, pues al pasar ahora por el centro de Lima, en ese célebre Jirón Huancavelica, muchos de nosotros dejamos nuestra juventud y nuestro coraje. Equivocados o no, estuvimos unidos en pro de una mejor educación universitaria que en este país todavía sigue siendo un problema que debe solucionarse. El Perú necesita también de todos para el engrandecimiento de la cultura y de la patria en que nacimos…

Roque Puell López - Lavalle

 

martes, 31 de marzo de 2026

Queriendo yo un día

 


Un día, queriendo saber quién era Jesús, fui a los acantilados de la costa y encontré a Juan, el anciano que tanto lo amaba. Solícito a mis preguntas e inquietudes, me respondió:

- Jesús no fue como Buda, el sabio Confucio, Sócrates el filósofo o el famoso Platón. Ellos fueron hombres que hasta hoy nos deslumbran con sus pensamientos. Pero si no lo sabías, jamás resucitaron de los muertos como el Maestro; te aseguro que seguirán allí, entre los espíritus perdidos, durmiendo eternamente en sus tumbas…

- Jesús no es una emoción intensa ni un arrobamiento que inunde el alma limitando el pensar para sentir solo una gran emoción. No… Él es el Señor de la vida, que vive en mi ser llenándome de Su paz inmutable, aún cuando lleguen las tormentas de este mundo. También me da la convicción de que no está muerto, que hoy aún vive…

- Jesús no es la reencarnación de seres que ya murieron, ni me permite vivir como ellos como si fueran espíritus en cuerpos de animales. Eso no es realidad; no existe tal cosa, porque yo sé que él me dará una morada en el cielo, donde le veré cara a cara y me esperará con los brazos abiertos…

- Jesús es quien ama y protege a mi familia, y no desea que nadie los desvíe por vano conocimiento o por atajos que nos alejen del único camino que conduce a Su Padre. Él es la verdad que muchos, por ignorancia, no conocen ni creen, pero también es la vida que experimentaremos junto a Él para siempre…

- Jesús no vende cuentos, fantasías ni pretendidas sanidades que engañan a muchos a cambio de donativos para tener salud. ¡Cuántos mercaderes y mentirosos de la fe hay, verdad?! Él sana tus heridas, hace milagros para salvarte, no cobra dinero por sanarte; pero también te llevará pronto a Su presencia si estás sufriendo…

- Jesús es aquél que me hace empresario y digno de un mejor salario cuando soy generoso y justo con mis obreros, sin malgastar el dinero ni usarla a mi antojo. Si trabajo con ahínco y no soy usurero, cumpliendo las leyes, Él me prosperará en todo lo que necesite, para que mi familia tenga seguridad y provisión, porque Él es fiel…

Luego de un buen rato de conversación, volví por mi camino y medité en lo conversado. Donde las dudas me alcanzaban y la ignorancia había instalado su tienda, esta sencilla forma de explicarme la verdad me hizo comprender mucho de mi ser y de mi pensamiento.

Así me di cuenta de que, aunque recorra el universo o busque saber mucho, al fin sabré quién es Jesús…

Roque Puell López - Lavalle

Todavía no ha llegado mi muerte

Gracias, Dios, por la soledad que me acompaña. Al experimentarla, hago memoria de todo lo mío. Ahora vislumbro mi futuro; puedo concebir mi...