viernes, 28 de agosto de 2026

Charlotte



Aquél fin de semana, en el campo alegre de la mañana y bajo la sombra del manzano silvestre, me dijiste, con voz reservada, tu nombre en medio de las angustias de mi ser enamorado. Así, extrañado, te conocí; fueron testigos de aquel momento las quebradas que susurraban y el silencio de tu volcán dormido —que, sin embargo, en ocasiones nos regalaba un poquito de temor cuando despertaba y se estremecía sin ningún reparo--.

Y mientras contábamos el tiempo, con el ruido del río que adornaba el paisaje, también me regalaste tu mirada serena y sencilla al igual que tu sonrisa sin par. Quedé entonces azorado por tu sinceridad y mis sentimientos inseguros afloraron;  porque escuché a mi corazón decirle al tuyo cuán grande sería mi respuesta si mi amor fuera correspondido. ¿Será que en ese instante no supe darme cuenta?

Pero yo estaba triste, mientras tú estabas tan contenta de conocerme, de saber algo más de tu amigo que en su soledad, dormía pensando en ti. Pero en aquellas eternas madrugadas, descubrí ensimismado que todavía vivo la ilusión de tenerte pronto, antes de que amanezca. Quizás, entre las oscuras noches del frío serrano y la luna tachonada de estrellas, ellas alumbrarían sin duda las intenciones de mis palabras, para después regalarte un gran beso apasionado e infantil…

¡Ah! Pero la distancia encuentra su cómplice en nuestras entrañables esperanzas, y aun así ellas no sabrían todavía qué habría de acontecer si, solo por ese día, mis emociones quisieran volver a vivir. No, no soñemos ahora con castillos medievales, porque hace mucho que esta atracción nació entre dos almas solitarias, que ansiaban un amor y estaban llenas de ganas de ser felices. Pero luego nuestro ser despertó, y no tardamos mucho en volvernos a encontrar.

Así son las cosas: en el día menos pensado, miraré al sol brillante en toda su plenitud, recordaré que mi amor sincero te entregó mi calor sin reparos ni preguntas. Por eso, mañana sería tarde si no te lo digo hoy: eres la mujer que tanto esperé, la que sueño cada noche, con la calidez y la sencillez de tu sonrisa…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


miércoles, 26 de agosto de 2026

El silencio del padre



Cuando diste el sí en una ceremonia tan magnífica y las felicitaciones llegaron junto con tu buena decisión, más tarde tuviste la responsabilidad de trazar muchos planes para construir un mejor mañana. Ese fue el silencio de la esperanza…

Cuando vimos cómo de ti nació un ser vivo, bello, majestuoso e indefenso; y cuando luego viste que eran dos los que llenaban de alegría y sentido el vacío de tu soledad, así es el silencio del tiempo…

Y si tus hijos fueron creciendo, parecidos a ti o a mí, con esa misma forma de ser, con las mismas ocurrencias y manías que antes tú mismo no podías ni imaginarte. Piensa entonces que en el desarrollo de su personalidad se encuentra el silencio del carácter…

Si observaste con sorpresa cómo los llamaban para grandes proyectos y oportunidades, pero a ellos solo les gustaba divertirse o disfrutar del gran amor que había llegado a sus vidas; y si en ese momento no se lo pudiste impedir, todo aquello se convirtió en el silencio de la paciencia…

Pero al final, tras estudiar en la Universidad, llegaron graduados trayendo sus medallas y su título, que era lo que tanto esperabas. Ya no cabía la alegría en tu corazón, porque veías el gran futuro que traía consigo tu ingenuo y bendecido bien. Eso es el silencio del orgullo…

Te convertiste en abuelo, pero tú deseas que aprendan ya mismo la forma en que tú jugabas en tu infancia; sin darte cuenta de que eran otras épocas, y que lo que ellos querían era vivir su propia vida. A ese paso, ese es el silencio del deseo de ser independientes…

Cuando murieron sus abuelos o sus mejores amigos, y tuviste que contenerte porque no pudieron luchar contra el destino ni defender sus sueños, que se rompieron en pedazos ante sus ojos; eso fue para ti el silencio de la impotencia…

Pero con el paso de los años, recuerda que tampoco fuiste perfecto, que te equivocaste. Y si en algún momento te han hecho reclamos diciendo que no fueron felices como ellos hubieran querido, no te culpes ahora: su forma de ver las cosas no cambiará, ni cambiará su cariño o su respeto por ti. Ellos cosecharán, como tú, el dolor de su propio camino y el malestar de un corazón indiferente. Porque, al final, te marcharás de esta vida en silencio, sin despedirte de nadie. Ese es el silencio del padre…

Roque Puell López - Lavalle


martes, 18 de agosto de 2026

Amanecer

 
I

Vuelan los cánticos de las aves
en una romántica canción;
y en los cánticos de los cielos,
yo encuentro tu melodiosa voz…
 
II

Amanece el día y el sol busca tus ojos,
mas no saben que tu ser fue creado
para quien te ame y te entregue
todo su amor…
 
III

Por eso, despierta hoy de tu sueño
o cántame otra vez, gitanilla,
que anhelo mirar tu sonrisa
y quererte más… en mi silencio.

Roque Puell López - Lavalle


Al canto de la orilla



Quisiera caminar contigo a la luz de la luna, al borde de la orilla, tal como la arena nos recibe: vasta y generosa. Disfrutando juntos el vuelo de las aves, del mar que se agita impredecible a nuestros pies, así como me inquieta alegre tu mirada. Tus bellos ojos negros son aquel resplandor que me ilumina, son la luz que pinta tu candor y que me invita, atrevido, a besarte.

Tus deseos me contemplan diciéndome:

Quédate conmigo esta noche, veamos juntos cómo se oculta la luna y busquemos el amor. Háblame tú como siempre lo haces, con tu voz tierna y rebelde. ¿La ves cómo nos sonríe?

Afortunado soy al encontrarte, y a la vez me siento como quien no quiere dejarte escapar. Quiero ser tu más dulce amante, aunque no sepa cómo terminará esta aventura. Que me quieres como yo, eso ya lo sé; cuéntame la verdad: no digas que somos pequeños, porque te pienso mucho aunque no siempre estés en mi regazo. Las palabras que nos decimos son poemas, delicados versos que se pierden en la inmensidad de la noche, confiesan nuestros anhelos y se refugian en el alma para luego quedar en silencio. Te amo y no quisiera perderte, aunque a veces quisiera llevarte muy lejos sin atender a tus ruegos. Y ahora dejo claras mis intenciones para dar fin a las dudas: que muera el vano sufrimiento.

¿Todavía quieres escucharme?

Sí, pero ahora quiero que me hables con las manos, que nuestros mimos se fundan en el horizonte y nos riamos juntos de los cuentos trasnochados.

¡Ah, mujer! No me tildes de anticuado…

Que tus amores calmen mis miedos y mis esperanzas; que tu corazón viva intensamente junto al mío, sin importar el tiempo ni la distancia. Que nunca mueran la tarde ni la noche, porque ya no importa nada, ni siquiera el mañana.

Quiero entonces dibujarte a besos y admirarte toda, para cambiar mis pensamientos por tus incesantes anhelos. Ahora solo quiero convencerme de que esto no es un sueño de muchachos: que no hablemos más y vivamos sin cuidados, que hoy nos amamos…

Entonces, sígueme contando tus bellas intenciones, tus locuras y ocurrencias que tanto hacen falta a mi corazón asustado. Y que nunca se te ocurra terminar este momento que por fin nos ha encontrado. ¿Me lo dirás?

Claro que sí, mujer. Pero después me gustaría que caminemos recibiendo la brisa, quizás viendo irse a las aves, dejando nuestras huellas en la arena para que nunca se borren y siempre las recordemos… al canto de la orilla.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


sábado, 1 de agosto de 2026

Todavía


 
Todavía puedo sentir el viento golpeando los surcos de mi rostro; y tal vez ahora dé por cierto lo que cuentan algunos: que este fenómeno acaricia con gélido placer nuestro semblante con el paso del tiempo, para hacernos recordar vivencias del pasado. ¿Será cierta esta afirmación? No sé si creerla.
 
Todavía viene a mi mente, al comenzar el estío, el final de una ilusión que se transformó en una época perdida, contada en los manuscritos de un texto quizás muy antiguo, y que hoy no es más que una contradicción que nunca halló respuesta. Quizá fue el sueño de un loco, o el futuro misterioso de un extraño Quijote que, por mucho madrugar, jamás vio amanecer una esperanza.
 
Todavía pensé que, pasado más de un año de tu alejamiento, despertarías de tu letargo; pero comprendí que solo fueron negativas de tu alma, desdeñables y extrañas a todas luces. Y así, mi corazón entendió por fin tu indiferencia y tu irrespeto hacia quien te amaba, refugiándote en la oscura madriguera de la lejanía.
 
Todavía las palabras se las lleva el viento; las malas acciones son heridas que te infliges a ti mismo; la ingratitud es tu costumbre, y todas ellas son las espinas de un rosal que hace sangrar las manos protectoras que quisieron cuidarte. Acaso quería verte feliz, para luego defenderte de los fantasmas de esos recuerdos de los que te negabas a hablar.
 
Todavía anhelo tu voz de reclamo, tus palabras efusivas defendiendo tu verdad, habida cuenta que no quisiste enfrentar el amor de un soldado que te pidió una oportunidad sincera. Pero así sucede: la oscuridad penetra en una casa sin cimientos, la niebla lo hace bajo el sol más radiante, y luego muere en la realidad más etérea, sin pena ni gloria.
 
Todavía creí que me guardabas lealtad, o que tuvieras encendías hogueras de comprensión con tu mano cálida y sincera, como algo más que una amistad. Pero pienso que me equivoqué: porque elevadas son las vallas de tu castillo, inaccesibles son sus cumbres para recibir mi bendición, y oscuros —imposibles— los caminos para llegar a tu egoísta corazón.
 
Todavía lo siento, lo escucho incesante en mi ser entristecido por tu silencio; y estoy seguro de que ni siquiera te importará. No te preocupes por ello: he renunciado a ti hace pocos días, en la madrugada fría y lluviosa de un guerrero que espera dar muerte al dragón de sus desvelos. Decir que no te amo sería mentira: aún siento el viento frío golpeando mi rostro, y sé además, por tu pérfida negativa, que nunca me amarás. Sin embargo, estoy cierto de que hoy no volverás… y yo tampoco volveré a amarte.

Roque Puell López - Lavalle

jueves, 23 de julio de 2026

Ildelfonso




Tus ojos ya no ven el cielo que hoy ya no habitas, y tu viaje inesperado, que se extendió algunos meses, ha vuelto a despertar la esperanza que quizás nunca hallarás. ¿Por qué regresas a los recuerdos que solo te trajeron sufrimiento? ¿Dónde quedaron los mundos nuevos, las eternas praderas que habrías de conocer para izar la bandera de tu libertad? ¿No es más valiente quien, mordiéndose los labios, acepta que ya no hay retorno?

Te aferras a una y otra vez, al mismo ritmo, a las mismas melodías sin camino y sin respuestas, sin hallar razón a por qué tuviste que partir. Ahora compruebas que la Valquiria no cambia ni modifica su postura; porque los mismos fantasmas del pasado vuelven a acosarla, como si fuera una barrera sin importancia, y su ser sigue reclamando su lugar, para no perderse jamás.

¡Ah, compañero! Tú habrías hallado otros manantiales que podrían regar tus sentimientos áridos, o quizás calmar tus pensamientos amargos. Porque todos tenemos malos recuerdos, pero depende de cuánto los acariciemos o de cuántas legiones se hayan asentado en lo más profundo de tu corazón, que se muestra tan reservado.

Vi cómo la habilidad de tus manos seguía firme, esculpiendo las piedras como el artista consumado que eras. Sabía que la nostalgia ya no tendría motivo, y que eran tus esculturas magníficas las que más te llenaban de satisfacción. Apenas si te importaban todos los honores que te otorgaban por tus creaciones; porque eran obra tuya, surgían seguras, sostenidas por tu voluntad férrea, sin más fundamento que tu propia capacidad de crear. ¿Acaso no habrías logrado liberarte del yugo infiel, quizás del egoísmo de quien dice amar sin sentir de verdad?

Y encima de todo, cargas con el peso de infamias que no te dejan siquiera encontrar alivio ante los dolores de una sociedad impenitente, condenada por actos viles que se ocultan a la luz. ¿¿No sabes que quien vive lejos de su patria, siente la necesidad de demostrar su carácter? Porque al estar separado de lo que amas como su hogar, te ves obligado a estar solo frente al mundo y frente a todos. Para eso necesitas serenidad, quizás sensibilidad, pero sobre todo valentía a toda prueba; y solo entonces podrás volver a amar sin fronteras, cuando hayas comprendido que debes alcanzar lo que deseas, aunque ella no haya sabido entenderte.

Ahora logro comprenderte, cuando me lo cuentas con franqueza, sin rodeos, sin buscar gloria ni compasión; y todo eso se ha convertido en tu verdad. ¿Sabes? Tu resentimiento habla más fuerte que cualquier explicación, más que el laberinto de tus propias palabras, incluso más que las campanas que llaman a defender lo que crees justo.

Busca en lo profundo de la tierra; eleva tu alabanza al Santo. Mira los caminos del atardecer, en aquellos lugares que no alcanzas a ver, porque desde lo alto se abrirá el sendero de tu nuevo despertar. Imagina que estás en la inmensa oscuridad de las cumbres cubiertas de estrellas, donde la conciencia se halla libre, sin dueño que la guarde ni ataduras que la limiten. En ese lugar misterioso, amigo, eleva tu espíritu y aleja de ti los obstáculos que te impiden triunfar.

Cuando entiendas que la libertad significa también dejar atrás lo viejo para entrar en un mundo de esperanza sin pretextos ni cadenas, comprenderás que vale la pena sembrar lo que no se ve, para recibir luego una cosecha de felicidad constante. Pero recuerda: no serás tú quien lo logre por sí mismo, sino que será Él quien te muestre el camino. No te detengas, sigue perseverando.

Con el tiempo, tu figura se convertirá en una leyenda; quizás un murmullo hable de tus ojos, que parecían no creer en lo que veían, pero serás una estrella radiante, que brilla con luz propia sin cegar a quienes buscan consuelo. Tal vez aparezcas entre los comentarios de la gente, o en medio de las tormentas terribles del desierto: esas que son oscuras, lejanas, incontrolables, que no forman parte de nuestra esencia. Y tal vez te encuentren en las aspiraciones de quien se alejó de todo, de un soñador olvidado o de alguien que nunca quiso regresar… aunque, en el fondo, nunca habría dejado de intentarlo.

Roque Puell López - Lavalle

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Nobles apariencias


Parecían ser, el uno para el otro, la oportunidad hallada y, sin importarles demasiado, se rindieron sin enfado a las circunstancias. Que se ocultaran siempre en la oscuridad para alimentar sus ansias parecía confirmarlo. Era un secreto a voces que su unión ya había comenzado, pero son las desventuras y los trompicones los que se juntan siempre, más aún si se trata de consumar lo que antes estuvo pensado. Se buscaba también lo que no se había disfrutado en mundos dispares que nunca se cruzaron.

Cuando los deseos del corazón descansan en los encuentros furtivos, se comprende lo que anhela la fuerza de la pasión en medio del torbellino. Las noches fueron testigo del apasionamiento, las palabras que se dijeron fueron las que nunca se expresaron y las lisonjas solo vivieron en el instante. Sin embargo, el devenir de las miradas no garantiza el hecho consumado. Unos confunden el amor con la mortaja; otros, el deseo con las fantasías de grandeza; pero ninguno la dicha que une al sublime sentimiento.

Ocurre que algunos se ilusionan mientras los otros ya están muertos: no conocen el amor y simplemente lo condenan. La fe —que todo lo cree y todo lo soporta— solo alimenta la esperanza de que alguna vez todo cambie, aunque nada hay más incierto. Cuando el cauce de un río crece y está destinado a ser inconstante, nada lo detiene, nada bueno le importa. Es como el yugo de los bueyes: unidos en una sola dirección, en un solo surco, en un camino directo al matadero.

El tiempo pasa y los desencuentros de uno se van forjando en el otro. Las ilusiones se transforman en pretextos; los deseos, en negaciones. Tal vez porque la esperanza se acaba cuando termina el hechizo que alguna vez fue suficiente. No hay otro camino, no hay otra algarabía: el cariño se topa con la indiferencia y esta se enfrenta a la obligación de decir que fue ultrajada. ¡Tremenda indecencia!

No valen las palabras ni hay respeto en las acciones; mientras más se espera, más se ignora, pues cuanto más se sufre, mayor es la discordia. Lo que un día fue la belleza del presente hoy se pierde en nostalgias y amarguras. Entonces, ¿Por qué tantas ilusiones?, ¿Por qué se soñó en la esperanza?, ¿No era mejor vivir el momento? Recién entonces supieron la verdad oculta: en el uno yacía la mentira escondida y al otro le correspondió descubrir el ídolo roto.

Pequeños fueron los secretos y grandes crecieron los desencantos. Aparecieron las palabras ociosas que se hicieron realidad; florecieron las falsedades disfrazadas de verdad. Nada quedó en el lecho: solo el inmenso vacío de una profunda soledad.

Por eso, así como la muerte no discrimina, el ser humano recorre el camino del barquero que lleva finalmente su cuerpo por el lago del más allá. Entonces, quienes fueron estrella rememoraron las palabras del pasado o quizá las ilusiones de los deseos truncados; pero, más allá de eso, solo quedó la desazón por los tiempos no concluidos. Tampoco imaginaron que todo esto alcanzaría a sus viejos amigos, pues a muchos de ellos jamás volverían a encontrarlos.

A fin de cuentas, solo fueron mentiras habladas que lucieron bien presentadas. Tal vez algunas fueron dichas con mucha elocuencia, pero otras si fueron, sencillamente, nobles apariencias.

Roque Puell López - Lavalle

sábado, 18 de julio de 2026

Mare Nostrum



En la quietud del remanso, en la marea creciente de la orilla y en la brisa fresca que me invade el rostro, encuentro mi paz, mi deseo, encuentro mi nombre. Al pasar las horas, los minutos, quizás los años que cuentan, enciendo mi hoguera para saber que no estoy solo, admirando las estrellas que adornan el firmamento...

Cuando se oculta el sol en el horizonte, cuando lánguida muere mi fe y nace mi descontento —tal vez medio muerto—, vivo de nuevo porque siempre crezco cuando vuela mi pensamiento. En la tempestad, la ira del mar me congela; las olas encrespadas amenazan mi vida y el rugir del gigante me estremece al oírlo. El vuelo de las aves me resulta indiferente, y hoy recuerdo la huida del amigo cobarde...

Veo el mar en silencio y me agrada su color tan profundo: ese azul intenso que me cautiva, y la fuerza de su inmensidad es lo que me sobrecoge. Las formas de su espuma me intrigan, pero se van pronto cuando las ignoro y desaparecen como las burbujas que brotan de la arena. Así quiero conquistarlo, porque no le tengo miedo y me gusta desafiarlo. Pero él siempre me responde con su bravura cada vez que lo intento...

Si soñara que es mío el Mare Nostrum, como dicen algunos, nunca alcanzaría a ser su Señor, aunque así lo quisiera. No podría ser el dueño de sus dominios, y menos aún podría contener su tremenda fortaleza. Pero desearía ser un poquito como él... aunque eso sea solamente una utopía. Es más: sería una locura vivir sin ataduras, pretendiendo tal vez ser libre como el viento...

Roque Puell Lóoez - Lavalle

domingo, 12 de julio de 2026

Noche de luna entre ruinas



 
Noche de luna entre ruinas, compañera de la noche: busco entre las luces de tu plenitud la belleza de lo que un día fue mi casa, y de plano solo encontré las pobres siluetas de mi ventana. Aquello que la tierra se me adelantó, hoy tembló con todas las piedras; hoy quedaron las ruinas de mis sueños bañados en la soledad del tiempo. No recuerdo la hora, solo me despertó el ruido del portento y un triste sollozo de niño entre los brazos de su madre. Nomás vos… solo me quedó rezar, fijáte.
 
Noche de luna entre ruinas: me robaste la alegría de jugar con uno mis chunches y admirar de lejos a mi novia escondida en el zaguán de la casa de mis abuelos. Pero eso ya no existe, y hoy evoco con nostalgia mi pueblo. Hoy quiero intentar respirar, y por ello meto pala en la tierra, porque quiero desgajar desesperado mi alma en pena. ¡Oh, gente de mis amores! ¡Hoy quiero volver a admirarte!
 
Noche de luna entre ruinas: ya no le atino a los petates del muerto, porque hoy edificaré mi esperanza en el cerro del Baúl. No, no me tildes de loco: allí estará mi casa, acaso con el sentir de la milpa que nunca tuve —así de sencilla, con esa elegancia pura al estilo de los grandes señores. Hasta allí me guiarás con tu luz, pero jamás me quitarás la vida: ella no se irá, ni con la sabiduría de mi fuerza, ni con la alegría de mi patoja.
 
Y aunque tiemble otra vez la tierra, está escrito con cinceles de hierro que ya no me entristeceré jamás. Porque entonces estaré al pie del cañón, y con la mirada en alto… como debe de ser.
 
Roque Puell López - Lavalle
 
 
 

jueves, 9 de julio de 2026

Las flores amarillas



 
En el jardín de la vida —cuyo nombre no recuerdo— nacieron distintas flores de muchos colores. Había violetas, azules, rojas, anaranjadas; incluso los pequeños e insignificantes botones tenían su lugar. Las criaturas de la pequeña parcela vivieron un momento de ensueño al explorar aquel magnífico territorio. Podían hurgar entre las raíces, construir refugios, buscar el sustento y hacer todo cuanto quisieran, porque aquel mundo parecía ser solo para ellas. Los pájaros no dejaban de trinar, pero las flores, con sus distintas túnicas, se ufanaban preguntándose cuál era la mejor. Ya fuera por su nombre o por su inusual colorido, muchas se dedicaron a alabar sus propias y dones; pero solo una de ellas se quedó pensando en la libertad.
 
Ella disfrutó de los aromas que llenaban el aire, presenció cómo el ruidoso abejorro conquistaba a las rosas, vio nacer a las diminutas florecillas y observó a las temibles arañas con sus trampas: fue testigo de un sinfín de nuevas vidas que desfilaban ante sus ojos. Todo parecía tan maravilloso que apenas podía creerlo: una mañana esplendorosa daba paso a la ternura del atardecer, y quizás luego llegaría el arcoíris más hermoso.
 
Hasta que llegó la incomprensible brisa del invierno, el momento gélido que puso a prueba la inocencia y sorprendió a todos los habitantes. Quizá fueron tiempos impredecibles, sin ninguna estrella que les avisara; pero trajeron enfermedades, desencantos y situaciones inesperadas, y pronto quedó claro que aquellos no serían buenos días.
 
La risa se tornó llanto, las palabras se volvieron amargas remembranzas y todo terminó en silencio. No había nada que descifrar ni nada que arreglar: el invierno había cumplido su cometido, y los sueños pagaron su inocencia. El amor se volvió injusto entre reproches inconscientes; y aunque todos deseaban que fuera distinto, el destino siguió su curso. El pequeño terruño ya no fue el mismo: se habían agotado las oportunidades.
 
Las flores, ahora avergonzadas, empezaron a cerrar sus hojas, pues sus pétalos perdieron el color y solo podían soportar el frío de la lluvia. Todos aguardaban una esperanza que no llegaba. Aún confiaban en que nuevos vientos se llevarían al invierno. ¿Traería la sorpresa un nuevo comienzo? Solo el silencio respondió: nada de lo que imaginaron ocurrió. Y así, en medio de la tristeza, solo alcanzaron a ver a lo lejos: la libertad frustrada y la tristeza profunda de las flores amarillas…
 
Roque Puell López - Lavalle
 
 
 

Charlotte

Aquél fin de semana, en el campo alegre de la mañana y bajo la sombra del manzano silvestre, me dijiste, con voz reservada, tu nombre en med...