Roque Puell López - Lavalle
Nuestra existencia está llena de diferentes momentos que a veces no alcanzamos a entender. Sin embargo, podemos disfrutar de días felices y también de algunos días sombríos pero siempre hay un propósito y al final hay una esperanza en Aquél quien nos creó. Dependerá solamente de nosotros. ¿Qué piensas de todo ello? ¿Nuestra vida es un azar?
Roque Puell López - Lavalle
Roque Puell López - Lavalle
La sonrisa de sus labios vertió ironía al pie del cadalso imaginario. Los ojos impávidos de los hombres contemplaron igualmente el cuerpo inerte que fue hecho jirones por los temibles sucesos acaecidos un tiempo atrás, en la agreste comarca. Nadie, extrañamente, le rendía altos honores; solo quedaban los recuerdos de quienes lo conocieron, tal vez de aquellos que abrazaron sus ideas, sus virtudes y sus no muchos fracasos.
Sin embargo, ellos guardaron el secreto a través del tiempo: no cabía exaltarlo. La muerte tuvo que hacerse presente porque tenía que cumplir con su deber. No importaban ahora esas medallas que habría recibido en batallas, ni mencionarlo en los caminos de la historia o en la pluma de algún escribiente. No, era menester que todos olvidaran su memoria, su rastro y su lejano origen, tal como había sido concebido por las circunstancias.
Más de uno lo experimentaba: si no eran los reyes, entonces lo sentían en el pueblo, en la comarca, lo tenía el extranjero, el soldado y hasta el artesano. Todo el mundo vivía ese momento y lágrimas de alegría rodaban por los rostros tras escuchar el reciente himno interpretado efusivamente por la gloriosa banda de guerra. Soldados que, como antaño eran las milicias de los bárbaros, ahora se mostraban desafiantes, imponentes, pero con una gran diferencia: ya no se conformaban con una determinada invasión, sino que se oponían a cualquier atisbo de sentimiento que quisiera ir en contra de las ideas del momento.
En casa, la abuela siempre decía que conocía al muerto. No era por los años que tenía, ni mucho menos, pero solía decir que la gente se sumía en el llanto por alguien que formaba parte de su vida sin darse cuenta; que intentaba borrar con fantasías a alguien que podía surgir de las negras sombras en cualquier instante y que no hacían falta ni tanta ironía ni tanta fanfarria, para tratar de olvidarlo.
Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando yo todavía era un niño, le pregunté por ese personaje al que ella había conocido en tantas circunstancias y al que, sin embargo, yo parecía no haber notado. Quizá más tarde, cuando crecí y serví en el ejército, tampoco lo vi; nunca me percaté de su presencia. Ella sonrió y me dijo:
—¿Todavía no lo conoces? ¿No te has dado cuenta de que de pequeño siempre te acompañó?
—No, abuela —le contesté.
Ella se puso seria y agregó:
—Por todas las maravillas que la naturaleza te ha podido mostrar y por todos los logros que el hombre ha podido alcanzar, siempre hubo algo antes que él, un origen. Pero el hombre no lo reconoce. Sin embargo, eso aparece en cada instante y en cada oportunidad; te revelará su naturaleza, aunque nunca te dirá su nombre. Pero cuando sientas una opresión en el pecho y tus ojos miren por encima del hombro de cualquiera, ahí sabrás de quién te hablo.
—¿Quién es? —pregunté, sin entender nada.
Ella miró a los lados y me susurró bajito al oído:
—El orgullo.
Roque Puell López - Lavalle
La emoción de llegar me consumía poco a poco, solo con pensar en lo que podría encontrar después de tanto navegar. Los otros marineros no cabían en su asombro tras tantas vicisitudes en el mar y que por fin, sus sueños comenzaban a vislumbrarse. No me infundía el aliento del cómo desembarcar, porque mi alma se contentaba tan solo con pisar el continente prohibido, o quizás sería el mundo nuevo que nos recibiría sin chistar. Mi tripulación reía, pero había otros que miraban indiferentes el cálido horizonte; ellos todavía no lo creían.
En mi bitácora escribí todas las contingencias con detalle, al igual que todas las novedades con tesón. Mi pluma no desfallecía al contar las cuantiosas aventuras de los marineros, ni por los cuentos de sirena que solían soñar. Era el capitán, pero era semejante a esos padres que llevaban a sus hijos a jugar en el campo, donde la diversión no terminaba de comenzar.
Y de repente, en mis emociones se encendió el furor y apareció la controvertida angustia del temor. El cielo radiante se convirtió en un negro turbión, y el mar embravecido no cesaba de crecer. Y aunque yo estaba familiarizado con todo ello, ahora era diferente. Se escucharon ruidos en el cielo: yo sabía que eran los temidos truenos, y los fuertes vientos tampoco se hicieron esperar. Las grandes ráfagas golpearon nuestra embarcación, y la tormenta se desató por completo entre los rayos y el aguacero intenso.
Luego, una tensa calma nos invadió a todos; un intenso deseo de sobrevivir se vio en los rostros desencajados de cada uno. Nuestro barco estuvo a la deriva si no fuera por el viejo Sánchez, un timonel encallecido que supo controlar lo acontecido. No faltaron los que rezaban, a pesar del enojo que experimentaron, pero lo soportaron. Parecía que no llegábamos al prometido continente, o quizás a la tumba que según algunos les esperaba por causa de la tempestad.
Y por fin, se había roto el cielo: una luz brillante cortó el firmamento y poco a poco el aguacero comenzó a amainar.
—¡Empiecen a subir las velas! ¡Aseguren los cabos! ¡Vamos a estribor! —grité.
Eran las órdenes, eran las esperanzas que todos querían escuchar.
En eso llamaron a la puerta de mi camarote. Era un oficial joven, de pocos años, que me preguntó preocupado, entre otras cosas:
—¿Por qué tenía miedo, capitán?
—¿Estás loco? ¿De qué miedo me hablas?
—Capitán, es que…
—Mira —le dije—: hace mucho tiempo tuve que dejar toda mi vida atrás, empacando todo lo que tenía en dos bolsas negras, y me embarqué en el puerto para empezar de cero. No sé de qué me hablas. Creo que solo tienes sueños en la cabeza. ¡Vete a descansar, hombre!
Y era verdad. Con la emoción de lo que había ocurrido se me olvidó del miedo. Creo que podría haberme sentido inseguro, como es natural, pero en ese momento no se me pasó por la cabeza, porque sabía dominarlo. Más tarde vi al oficial mucho más tranquilo y le pude explicar lo que había sucedido. Poco después, para beneplácito de todos, salió el sol más brillante que de costumbre, y por fin había cumplido mi sueño.
—¿Están conmigo? —les escribí a todos mis amigos. Pero ellos no lo entendieron…
Roque Puell López - Lavalle
Deseo admirarte, como las flores, y quizá que me ames, como la primavera a sus colores. Será por tu mirada de joven impetuosa, o quizá por ser hoy una mujer sabia y hermosa. Me contentaría, siquiera, con el candor de tus razonamientos y tus miedos sin sentido.
Entonces te entregaría mi corazón henchido, desbordado de flores entre las olas bravas de un mar inmenso, pleno de ilusiones y quebrantos. Pero tus ojos me lo revelaron todo. Tristes o alegres, me daría igual el modo en que pudieras regañarme.
Mas con el correr del tiempo, solo sé que te amaré, como son mis pensamientos, y como la luz intensa de tu volcán dormido, ese que llevas dentro.
Roque Puell López - Lavalle
¿Por qué me reclama el pincel que se niega a plasmar mis colores? ¿Por qué me regaña la palestra? Solo realizo esbozos en el lienzo de mi complicada vida: de mis deseos, mis ilusiones y mis quebrantos. ¿Qué les importa a ellos si yo uso mis pretextos para hacer lo que realmente siento? ¿Y qué carajo quieren estos, si solo son mis únicos instrumentos?
Resplandores de la dicha pasada, de las recientes acuarelas del amor, quizá de las poesías y los enojos… Más solo son los avatares de mis anónimos cuadros en el devenir de mi existencia actual.
Son las respuestas que recibí de la necedad, los argumentos de la infelicidad del mortal que disfrazó una realidad por la razón, despreciando lo sencillo. O tal vez por la ingratitud de aquella que, cuando le extendí mi corazón, prefirió lo más fácil a lo más humano.
Sin embargo, más luces trae el nuevo amanecer, en una esperanza de realidades, que una dicha que finge ser tan cierta y tan veraz. Siempre hay un atardecer y una esperanza; aún existe el viento que lo acompaña. ¡Vive la aurora que inspira una nueva ilusión!
Escribir para lidiar con fantasmas y querubines; soñar despierto, amando, esperando a la ingrata que salga de su accidentado sueño; o tal vez pintar otros corazones que anhelan ser conquistados y amados en un momento mágico. Es la vida misma, el ahora de mi sentir, de mis recientes promesas y decisiones. Quizá recordando la risa del niño travieso que fui alguna vez o pensando solitario en la ingratitud de quien ayer solo era una fantasía... y no me había dado cuenta.
Roque Puell López - Lavalle
En la niñez, todos nos hemos enfermado más de una vez. ¿Quién no lo ha vivido? ¿Quién no tuvo sarampión o un resfriado? Creo que nadie se salva. Recuerdo, sin embargo, con cierta gracia, que a mí no me dieron las famosas paperas sino hasta hace algunos años, cuando mis mejillas se inflaron, animosas, semejantes a las de un gran marino gordo y bonachón. Gracias a Dios, no tuve consecuencias y, después… no fue difícil superarlo.
Pero volvamos a mi infancia. Un buen día, caí con una gripe fortísima. La cama era de rigor, fungía como un refugio perfecto, y las frazadas eran "para que no empeores", como decía mi madre, formando parte del ritual para la cura del mal. Atrapado así, no había otra solución: los estornudos ruidosos, los pañuelos húmedos, la tos, la garganta inflamada y los mocos verdes eran el quehacer de todos los días. En ese entonces, mi madre me daba la odiosa Antalgina en gotas. Lo que yo no notaba era que me la mezclaba en la leche; el sabor, para mí, era sencillamente horrible, pero venía siempre acompañada de algún panecillo que ofrecía un leve consuelo. Aun así, mi cara se arrugaba como si hubiese comido limón.
Creía que era "por mi bien", o así lo entendí a mis cinco años, y no sé cómo pude aguantarlo. Pero la situación empeoró por las tardes, cuando ya no había leche y me daban el famoso "té". ¿Acaso éramos anglosajones? Como no era mi bebida favorita y su sabor carecía de sentido para mí, se volvía intomable en mi pequeño mundo. Pero los buenos ánimos de mi mamá, con aquello de portarse como un "soldadito" que aguantaba todo, no me dejaban otra que obedecer. Sospechaba que ese té tenía algo… lo sabía, intuía, presentía, y todas las "ías" se conjugaban en mi ser existencial.
Tuve que tomar acciones desesperadas, pues algo andaba mal. En mi entrenamiento de "soldadito" había aprendido a destaparme sin hacer ruido y salir de la cama casi inadvertido para espiar el mundo circundante. Ni corto ni perezoso, bajé directamente, en medias y calzoncillos, para engañar al enemigo y dirigirme hacia mi objetivo: ¡la cocina de mamá! ¡Oh nooo! ¡Desilusión! ¡Santas lucecitas! (Todavía no daban Batman en la tele) Descubrí la fórmula secreta, un poco tarde, eso sí, pero la encontré. Divisé al "enemigo" dejando las gotas de la innombrable, una por una, después de haber contado unas dieciocho en el transparente líquido de color madera…
—¿Tú qué haces acá? ¡¡¡Debes estar en tu cama!!! —inquirió mi madre, sorprendida y con voz amenazante, al encontrarme en la cocina.
Partí como un rayo hacia mi dormitorio, negándome rotundamente a aceptar otra vez la tortura de todos los días. Sin embargo, mi madre, inteligente, sobornó a mi ego conquistándome con algo más que un pan con mantequilla, tanto así que no pude negarme. El "buen soldadito" dijo que sí esa vez, aun en perjuicio suyo. Con delicado estoicismo, felizmente, sané a los pocos días, y así la alegría volvió a mí para consolarme. ¡La fiebre me había abandonado para siempre!
Pero el daño ya estaba hecho: el "tecito" nunca más fue mi amigo, ni siquiera en el más crudo invierno limeño. Quedé traumatizado para toda la vida. Los estragos habían comenzado, era solo cuestión de tiempo. Hoy en día, no lo puedo tomar porque, cuando lo hago, el sabor de la Antalgina vuelve a mi paladar para recordarme mi horroroso pasado. Sudo frío e imágenes sombrías vienen a mi mente con un "¿por qué a mí?", sin ninguna respuesta…
Si me invitan a tomar lonche a una casa y me lo ofrecen, lo aceptaré porque leí a Carreño en su libro sobre los buenos modales. Lo hago porque sé que me aprecian, y yo haría un esfuerzo sobrehumano por tomarlo, pero siempre con bocaditos, ya que lo hicieron con todo cariño para mí. Comprenderán que podría pedir amablemente, antes o después, un cafecito que es más rico aún sin azúcar, aunque sea diabético.
Roque Puell López - Lavalle
Éramos tres los gatos y un ratón acomodado.
Ahora, solo uno fugado; solo dos
estamos acuartelados...
II
Compañero te sentía,
aunque en mi salón no cursabas.
Compañero de milicia, hermanito de carrera,
compartimos travesuras incontables,
serios compromisos...
No ocultábamos simpatía por ella,
la bella Charlotte.
III
Largo eres como el Quijote, sabio igual a Platón,
queriendo cambiar el mundo... ¡Oh, iluso!
Solo con pluma fuente y carbón.
IV
Te vas, amigo, sí... te vas.
No puedo detenerte,
ni convencerte siquiera,
poeta y filósofo cantor
de prosas colosales y lógicas amarillas.
No podremos olvidarte, aún en la lejanía.
V
Suena ya la bocina...
¡Apuras el paso, mexicano!
Vuelve pronto y más cambiado...
¡Apuras el paso, querido hermano!
Que una lágrima se escapa
y nuestro abrazo se confunde.
VI
Vuelve triunfante, no digas nada...
¡Pero sube ya, cristiano!
"Sí, sí, se lo diré, te escribiremos..."
Pero nunca olvides, compañero,
que por siempre te esperaremos...
Roque Puell López - Lavalle
Verano de 1968. El parque Fátima, en Chorrillos, amanecía sin novedades, como cualquier otro día. Mis vacaciones escolares transcurrían en c...