viernes, 23 de enero de 2026

La francesita

 

Era un nuevo y radiante día. La capital despertaba tranquila, serena, seguramente visitada por la calidez del arte, y la voz de los poetas, habida cuenta que las expresiones del alma asomaban para el beneplácito de los propios y extraños. En aquél momento, entre apremiado y expectante, el compilador vio volar a la mañana porque sintió rápidamente que se iban las horas así que esos minutos escasos que lo acompañaban, ya no los podía esperar un momento más...

Él vivía a pocas cuadras de la Plaza Mayor, cerca al Boulevard de las flores, llamado así porque sus dueños expendían una variedad de hermosas flores del campo. En esos instantes, creyó percibir el aroma de una rosa que impregnaba la habitación convirtiéndose en el recuerdo de aquella mujer que vivía intensamente en su corazón. Los cabellos de su amada los visualizaba negros, ensortijados, largos como la noche y sus ojos melancólicos eran como los que duermen, así como alguien que esperaba un sueño inesperado. Su figura era elegante, esbelta y sus manos eran tan blancas como una tela de terciopelo. Ella vivía enamorada del compilador, pero no sabía a ciencia cierta si el destino los había unido o quizás eran reservados para algo más grande convirtiéndose solamente en un sueño.

Sin embargo, el orgullo del padre de ella aparece y despierta de su letargo pensando mil veces mal acerca del comportamiento de ellos. Para él, esa relación, no tenía ni pies ni cabeza, un futuro sombrío para su hija. Ofuscado luego de algunos meses, le preparó a su hija un viaje en avión del nunca jamás. Ella se opuso tenazmente a los deseos de su padre, pero ya no pudo hacer nada sino obedecer. Su madre pensaba lo mismo.  En el día menos pensado, el vuelo sin escalas se la llevó y el compilador no pudo hacer nada para impedirlo. Entristeció grandemente por tal acontecimiento y fueron muchas las veces que anheló el regreso de ella, pero tuvo que esperar algunos años para que volviera. Ella triste, se fue a hablar sola con sus pensamientos y tampoco intuyó si alguna vez su ausencia sellaría su dicha completa o sería condenada con él a vivir una existencia rota y sin ilusiones.

Pasaron cerca de los cinco años, él se había convertido en un escritor famosos y sus publicaciones lo hicieron triunfar aun fuera de su país. Fue reconocido como uno de los mejores escritores de la historia de su país. Ella estudió el arte de la fotografía y el diseño, reconocida también en la composición y en la difusión del arte expresivo. Justamente le tocaba exponer su arte en la ciudad donde vivía el escritor. Para ese entonces los padres de ella habían dejado este mundo y el regreso de ella, le constituía una nostalgia y a la vez una melancolía porque toda su niñez y parte de su adolescencia había vivido allí.

Sin embargo, él supo que ella vendría y sin más, fue corriendo al Aeropuerto para recibirla. El vuelo venía retrasado, pero él, escabullido entre la gente y con el corazón hecho pedazos más un ramo de rosas, esperó pacientemente hasta el último pasajero. Y conforme iban bajando, el encuentro era un imposible pare él. Sudaba frío y no podía ver a quien tanto anhelaba, ¿Se habrá dado cuenta que quizá era una falsa noticia? Persistió en encontrarla y los minutos seguían pasando, hasta que, resignado y triste, volvió lentamente sobre sus pasos.

En ese instante, le pareció escuchar entonces, su nombre en una débil y angustiada voz, pero no fue capaz de reconocerla. Solo el instinto salvaje y fiero de un depredador, puede reconocer el humor de su contrincante. Y también, solo el amor sincero y leal puede reconocer al fiel y verdadero. Levantó su rostro y se encontró con el de ella. Habían pasado años, pero su amor estaba intacto, como el ayer de aquellas mañanas. ¡Terribles soñadores los dos porque otra vez afloraron sus sentimientos!

Se abrazaron mutuamente, él le dio un beso. Y le preguntó mirándola a los ojos:  

-       ¿Pero cómo es posible que no te vi bajar? - insistió incrédulo él entregándole así sus rosas algo maltratadas por su angustia…

Ella sonrió delicadamente y le dijo besándolo en la boca:

-       “Allí estaba, viendo y contemplando tus apuros, mi amado, ¡¡Solamente que tú viniste a esperarme en la salida del avión equivocado!!

Roque Puell López Lavalle

 

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