domingo, 28 de septiembre de 2025

La inmadura


    Llena de sueños y aspiraciones te conocí en los momentos que eran importantes en mi vida. Una mujer joven, una chiquilla con ilusiones fueron las cercanías que el destino nos atrajo de ser mi cuña sin tanta fiesta que llevar las flores al escenario. Y nos hicimos amigos en la brega y en las ambiciones, unas menos y otras de gran importancia, pero seguías en tus sueños, en tu vida y en tus conciertos.

    Pero peregrinos somos y en el camino de recorrer la vida nos equivocamos, triunfamos y las alegrías a veces conseguidas a trompicones nos condujeron a no muy felices decisiones. En esos tiempos y en esos lugares de los que ahora ya no me quiero acordar, surgieron como siempre aquellos grandes amigotes, esos de los que te condenan o de los que no te entienden y sin embargo, no escapaste tú al escrutinio de estar entre los más cercanos.

    Sin pretender ganar banderas y partido a mis campañas, esperé un consuelo de tus correligionarios de sangre y de crianza, pero nada... Quizá esperaba tu actitud más sabia, una identificación plena con la raza humana pues somos hechos del mismo barro. Como somos todos, hombres y mujeres, semilla y tierra sembrada, con las mismas alegrías que vivíamos entre nosotros, como si fuéramos hermanos.

    Pero no fue así, eran mejor las condenas a los fracasos que se mostraban en ese momento como si fueran los triunfos y las derrotas de un soldado. El silencio fue mejor que la indiferencia, nunca supiste hablar aunque te dabas cuenta. Más fácil era el fallo del juez sin apelación y una condena sin oportunidad al sin perdón. Al fin y al cabo no era la gracia para ti pero como ahora dices ser una señora, no podrías decir que nunca fallarás siendo feliz porque a todos nos puede caer la espada de Damocles en la cerviz.

    Fueron las horas, y el tiempo, ni siquiera en el libro de los evangelios eran los que se dieron cita para llevar mi tranquilidad. Pero yo me di cuenta en ese entonces, que sí fue tu encendido celo de hembra ardiente que no supo nunca tender férreos puentes para el pérfido intransigente. 

    Era más importante vengar la sangre con actitudes incongruentes y por ello olvidarse que tú también participas en la conducta de tu gente. Pero el pasado nos condena como el presente lo confirma, que por creerte tan perfecta y que por más años te de la vida; así esta fuera tan burda, no te podrás despojar de ser siempre, la incorregible inmadura...

Roque Puell López - Lavalle

La rosa de la acuarela

 


  Las lluvias en la primavera son inusuales y extrañas porque el cambio de estación suponen las esperanzas para un nuevo comienzo y para una alegría reinante. Son diferentes los momentos que la vieron nacer, entre las nubes negras de la mentira y lo difícil que significó el sustento para una esperanza. Sin embargo, creció entre las espinas, una flor de extraordinario sentir, quizá una que era diferente a la grama silvestre y orgullosa. Dio indicios de ser predestinada para ser la mejor entre las mil y una oportunidades de la vida.

  Fue la única en su especie, pudo entristecerse o quizá dejar de reír, tal vez no hubo manos para prodigarla y aun el llorar sin consuelo no justificó alcanzar su más triste momento. La vida así lo confirmó, la sentencia no dudó en ser manifiesta y la injusticia se dio sin más miramiento para tratar de ahogar a la más valiente y guardiana de sus ideales más nobles. 
 
 Pero las tinieblas  no lo pudieron lograr, una Luz de esperanza se dio para conquistar y triunfar, no para que pueda zozobrar la voluntad y el sentido de la derrota. No importaron los caminos difíciles, tampoco la terquedad de lo imposible en la distancia y el tiempo, en el largo sendero de la equivocación. Nada de eso, triunfó de lejos la verdad.

  Pasado el tiempo conoció el romanticismo de los poetas, acaso el de los dioses falsos que únicamente tenían hijos para la guerra. Sin embargo, también pudo sortear montañas del peligro, los abismos insondables del cinismo pero vino después el fruto de ello: El nacimiento de las nobles criaturas de la expresión. Los hijos del fiel apasionamiento, los hijos del amor, que fueron su gran triunfo.

  Nuevamente, cobardes fueron los que regresaron después en pos de una pobre víctima para el lúgubre panteón. Malas artes y malas voluntades quisieron otra vez desparecer todo indicio de la verdad. Más se fueron dando las cosas en el laberinto, en el ímpetu de los vientos, en las mentiras del momento, pero la casa cimentada en la Roca, nada ni nadie la movió. La flor que pudo perecer, no por eso cambió, fue la más generosa, la más sonriente, quizá la más consecuente entre las mareas y los caprichos del mar. 

  Por eso en este momento, me siguen gustando los aromas que despide porque aún es la soñadora, aún es la conquistadora, aún sigue siendo la más bella, la rosa de la acuarela...

Roque Puell López - Lavalle


Hombre de maíz




  En América naciste fijáte, ¡Increíble fue Dios al crear la bella Guatemala! Meso-américa, la tierra de los mayas, hoy quiero dedicarte fino unas palabras. Si me lo permitís y si el tiempo me da la venia, contaré unos mis recuerdos… 

  Que hace ya unos años viví entre el occidente frío y entre los muchos encuentros. Aquellos que van de las camionetas coloridas a los caballos bravos de las milpas. ¿De plano va?

  Holguras y estrecheces son lo que me mostró la campiña de los pinos, las tortillas que parecían extrañas a mi hambre que se desataba y que muchas veces me hicieron feliz para nunca olvidarlas pues...

  Me tocó ser testigo de conocerte en mis correrías de aventurero y aldeano. Entre los azulinos volcanes donde los pastores cuidaban los rebaños, entre las aldeas que no se dejaban amedrantar por el frío y tu gente alegre que varias veces me sabía decir: Buenos días hermano: ¿Cómo amaneció hoy el señorón? Bien contestaba, pero ellos siempre desconfiados sonreían. Entonces, mi conciencia me decía lo contrario: ¡Buenos son los días que Dios te hace vivir todavía!

  Y qué momentos tú, muchos fueron los viajes en el valle de la Ermita pues mucho aprendí hombre de maíz, varón del campo y del trueno vos, que caminas con la leña a cuestas y que tu familia espera… 

  Sí que sabés enseñar al que no sabe y compartís lo que tienes. No cambies porfa, que tú sí sabes al fuereño contentar… No dejes que tu nombre se pierda en los cambios del mundo sombrío. Las raíces y tradiciones no deben morir, así el mundo lo sugiera pues educación, trabajo, salud y desarrollo, son los pilares. ¡La grandeza de una Nación! Y tú, ¿Alcanzarás la estrella? Y así me lo dijo Don Calayo: ¡Cabal! ¡Claro que la conseguirás!

  Pero que nunca se pierda entre las madejas ni en las letras muertas, las estrofas bellas de tu himno patrio que más de una vez canté y que das la vida y la fuerza a este país que te vio nacer. Solamente hacéme la campaña, no te rajes hoy ni mañana. ¡Qué no mueran tus ideales, ni el amor a la patria por nada! ¡¡Dios te bendiga siempre, hombre de maíz!!

Roque Puell López - Lavalle

Amanda

      














  Amanda, mujer fuerte, mujer amada, tu nombre no tiene comienzo, no tiene fin, no está en el mundo real, se siente quizá en el invisible viento, tal vez en el comienzo del cielo o en el beso consciente de un cariño sincero. ¡Tal vez en el paraje de los inocentes que nacen de un amor intenso!

  Pero de pronto, se vino la noche, el círculo infernal de los fantasmas vivientes quiso arrebatar atrevido tu verdor. Más lejos de amilanarte amazona valiente y decidida, lanzaste tus flechas al cielo esperando las respuestas por la afrenta. Estaba en juego tu conciencia ¡Y por Dios! ¡Querías una justa y lícita satisfacción! 

  Y las regiones arreciaron para buscar tu vida para que hoy mismo partieras. ¡Yo estoy contigo! ¡Yo te sustentaré con la diestra de mi justicia!   - Escuchaste -. Tuviste entonces valor porque los males te buscarían y pronto te hiciste a las. armas… 

  ¡No temas! ¡Yo te ayudo! - La Voz que una vez más oíste en la contienda - Entonces con más fuerza blandiste tu espada cortando raíces sin descanso. Así terminabas con ese pasado vergonzante que te hicieron creer los espíritus del maleficio. 

  Pero el enemigo herido de muerte quiso nuevamente dar fin a tus sentimientos no y tu esperanza pero tu valor abatió al sufrimiento. Luego llegó la nube que cubría el horizonte en todo el campo. El frío se sentía, se miraban los estragos, los finales crueles de una batalla dura y sin nombre siguieron. Las luchas continuas habían perdido el camino de las horas y de los días. 

   ¡Yo ya no contaba con tus penas y tus alegrías!

  Y me gritaste: ¡Aquí estoy caballero de la armadura oxidada! ¡He vencido al que me humillaba! ¡Ya no tengo el aturdir de mi pasado! ¡Ahora si tengo un nuevo nombre! ¡Ya tengo una nueva identidad! ¿Quieres escuchar ahora mi verdad? De oídas lo había oído pero ahora mis ojos lo ven. Luego levantará mi cabeza sobre todos mis enemigos que me rodean. Cuando pase por las aguas estará conmigo y si cruzo por los ríos, no me anegarán. El fuego tampoco me quemará ni la llama arderá en mi ¡Ahora soy más que un vencedora! ¡Él me amaaaa! 

  Habías cambiado, eras fiferente porque tu sonrisa era radiante y tus ojos me lo dijeron, no tenía dudas. Mujer, es tu nombre porque venciste y vencerás en el justo tiempo. No encontrarás más dicha que el amor de quién te protege Serás amada y amarás por siempre a quien encuentre tu viva lealtad y valentía. Mírate, tú serás la mujer fuerte que nunca podrán contener porque tienes el sentido de la vida, el final de la muerte que hoy en vano se declara.
                                     
  Amanda, tú tienes ya sin quebrantos, la eternidad fiel y consecuente, ahora te extraño y hoy mismo, pronto nos reuniremos...

Roque Puell López - Lavalle                                    

El caballero Centeno


Despuntaba el alba y Villa Mar era un pueblo costero que abría lentamente los ojos a su cotidiano vivir. La brisa marina recorría las casitas cercanas a la playa y se sentía suave en el ambiente. El sol comenzaba a elevarse mientras el mar, todavía en calma, parecía insinuar un oleaje más inquieto de lo acostumbrado. Las gaviotas, escandalosas, graznaban en la orilla como si celebraran la llegada del nuevo día.

Aquel lugar despertaba de una noche exhausta y luminosa. El aniversario provincial había llenado el cielo de colores con bombardas, castillos y música. Las bandas acompañaron los desfiles con marcial entusiasmo y los marchantes avanzaban ufanos, impecables, disciplinados.

—¡Qué algarabía! —exclamaban propios y extraños.

Irene era la mujer de los ojos bonitos, pícaros, y de sonrisa siempre amable. Una mujer sencilla, pero de singular belleza. Aquella noche participó en la celebración junto a sus tres hijas. En un pequeño quiosco vendían ropa de temporada, bisutería y algunos accesorios para el hogar.

La suerte les sonrió.

Pasada la medianoche habían vendido todo. Regresaron a casa con el corazón ligero y celebraron modestamente con una copa de vino. Luego se fueron a dormir rendidas por el cansancio y la alegría.

Pero Irene llevaba en el pecho una historia distinta.

Su esposo había desaparecido tiempo atrás, abandonándola deliberadamente. Desde entonces, una sombra de resentimiento y tristeza había anidado en su corazón. Durante meses vivió sumida en una depresión silenciosa que pocos comprendieron.

Sin embargo, algo cambió.

Una tarde empezó a cantar.
Canciones románticas, antiguas, llenas de nostalgia.

Su voz sorprendió al pueblo.

Era hermosa.

La gente comenzó a reunirse para escucharla. Irene, sin proponérselo, se convirtió en la cantante espontánea de Villa Mar.

Fue en ese tiempo cuando conoció a Centeno.

Llegó al pueblo por asuntos de negocios. Era un capitalino aventurero que había conocido Villa Mar en su infancia y que ahora, empujado por el destino, había decidido quedarse un tiempo.

Centeno era un hombre peculiar. Le gustaban las letras y escribía desde hacía más de una década. Decía que escribía para dejar constancia de lo que dictaba su corazón. Pensaba que las conciencias no se compran y que cada vida tiene un propósito real, porque todos —según él— trascendemos después de muertos.

Sus amigos se rascaban la cabeza cuando lo escuchaban hablar.

Pero Irene lo entendía.

Tal vez porque su alma, herida y sensible, reconoció en aquel hombre algo distinto. Un espíritu sincero.

Centeno, por su parte, encontró en Irene un oasis inesperado. Su vida, que muchas veces se había sentido árida, descubrió en aquella mujer una música que parecía devolverle sentido al mundo.

Se hicieron amigos.

Compartieron historias, bromas, confidencias y silencios.
Entre ellos empezó a surgir algo extraño, casi invisible, como un hilo delicado que ninguno se atrevía a nombrar.

Centeno, a veces, le hablaba con una ternura que parecía la de un muchacho.

Samy, amiga de ambos, lo notó enseguida.

—Aquí hay algo —decía riendo con picardía.

Pero el destino, que a veces juega con los sentimientos humanos, sembró la duda.

Un malentendido.

Palabras mal dichas.
Silencios mal interpretados.

Irene creyó ver en Centeno una sombra de su pasado. Él, en cambio, sintió que su sinceridad había sido puesta en duda.

Lo que antes parecía esperanza empezó a derrumbarse.

Ninguno dio un paso hacia la verdad.

Tal vez fueron los miedos de Irene.
Tal vez la impaciencia de Centeno por recibir una confianza limpia.

Una mañana, Centeno decidió marcharse.

No hizo escándalo.
No reclamó explicaciones.

Solo escribió unas últimas palabras y las dejó para Irene.

Después caminó hacia el embarcadero.

El mar estaba gris.

Mientras el barco se alejaba del muelle, comprendió algo con dolor y serenidad al mismo tiempo: él había sido leal, sincero, quizá demasiado transparente para un mundo lleno de sospechas.

Pero no era un ingenuo.

Y un hombre digno sabe cuándo retirarse.

Irene recibió la nota, pero no respondió.

Una semana después supo que Centeno se había marchado definitivamente.

Entonces corrió hacia el muelle.

Pero ya era tarde.

El mar guardaba silencio.

Comprendió, demasiado tarde, que había dejado escapar algo verdadero.

Aquella tarde caminó hasta el boulevard del pueblo.
Se sentó en una banca frente al mar.

El cielo se teñía de rojo mientras el sol descendía lentamente sobre el horizonte.

Irene miró el agua en silencio.

Y entonces cantó.

Una canción triste.

Tal vez para el mar.
Tal vez para el viento.

O tal vez para aquel caballero que un día llegó a Villa Mar con un corazón sincero…
y se marchó en silencio, llevado únicamente por su dignidad.

Roque Puell López - Lavalle

Estoy contigo

Tal vez en los pensamientos del silencio, en la madrugada de tu recuerdo, en las mañanas que anuncian las verdades, sé que ahora te extraño ...