martes, 31 de marzo de 2026

Queriendo yo un día

 


Un día, queriendo saber quién era Jesús, fui a los acantilados de la costa y encontré a Juan, el anciano que tanto lo amaba. Solícito a mis preguntas e inquietudes, me respondió:

- Jesús no fue como Buda, el sabio Confucio, Sócrates el filósofo o el famoso Platón. Ellos fueron hombres que hasta hoy nos deslumbran con sus pensamientos. Pero si no lo sabías, jamás resucitaron de los muertos como el Maestro; te aseguro que seguirán allí, entre los espíritus perdidos, durmiendo eternamente en sus tumbas…

- Jesús no es una emoción intensa ni un arrobamiento que inunde el alma limitando el pensar para sentir solo una gran emoción. No… Él es el Señor de la vida, que vive en mi ser llenándome de Su paz inmutable, aún cuando lleguen las tormentas de este mundo. También me da la convicción de que no está muerto, que hoy aún vive…

- Jesús no es la reencarnación de seres que ya murieron, ni me permite vivir como ellos como si fueran espíritus en cuerpos de animales. Eso no es realidad; no existe tal cosa, porque yo sé que él me dará una morada en el cielo, donde le veré cara a cara y me esperará con los brazos abiertos…

- Jesús es quien ama y protege a mi familia, y no desea que nadie los desvíe por vano conocimiento o por atajos que nos alejen del único camino que conduce a Su Padre. Él es la verdad que muchos, por ignorancia, no conocen ni creen, pero también es la vida que experimentaremos junto a Él para siempre…

- Jesús no vende cuentos, fantasías ni pretendidas sanidades que engañan a muchos a cambio de donativos para tener salud. ¡Cuántos mercaderes y mentirosos de la fe hay, verdad?! Él sana tus heridas, hace milagros para salvarte, no cobra dinero por sanarte; pero también te llevará pronto a Su presencia si estás sufriendo…

- Jesús es aquél que me hace empresario y digno de un mejor salario cuando soy generoso y justo con mis obreros, sin malgastar el dinero ni usarla a mi antojo. Si trabajo con ahínco y no soy usurero, cumpliendo las leyes, Él me prosperará en todo lo que necesite, para que mi familia tenga seguridad y provisión, porque Él es fiel…

Luego de un buen rato de conversación, volví por mi camino y medité en lo conversado. Donde las dudas me alcanzaban y la ignorancia había instalado su tienda, esta sencilla forma de explicarme la verdad me hizo comprender mucho de mi ser y de mi pensamiento.

Así me di cuenta de que, aunque recorra el universo o busque saber mucho, al fin sabré quién es Jesús…

Roque Puell López - Lavalle

domingo, 29 de marzo de 2026

Turismo fatal




Corría el año 1990 y yo me encontraba en San Salvador, capital de la República Centroamericana de El Salvador. Había salido de Guatemala para resolver asuntos migratorios, con la idea de permanecer algunos días y luego regresar porque era estudiante. Pero en aquel entonces sabía que toda la nación se sostenía como un suspiro entre la guerra y la esperanza.

Recuerdo que el autobús me dejó en la terminal, y el ambiente llevaba una presión tan grande que parecía poder cortarse con un cuchillo. No me equivoqué: las calles estaban semidesiertas en algunas zonas, y no pocos soldados permanecían protegidos tras sacos de arena. Estaban parapetados en las esquinas, sus ametralladoras dispuestas como serpientes dormidas que podrían despertar en cualquier instante.

La situación se sentía insegura, y la duda rondaba si uno viviría el día de mañana o no — al menos esa era la percepción que yo tenía en ese momento. Era natural ver tanquetas y militares resguardando una ciudad que atravesaba su etapa más oscura, después de que la guerrilla hubiera ingresado a sus calles. Pero la gente discurría como siempre, haciendo de la vida diaria un acto de resistencia; todos trataban de llevarla como un día común y corriente, aunque siempre bajo una calma tensa que parecía estar a punto de romperse.

Los diarios habían emitido la noticia de que un proyectil Instalaza había entrado en una casa, matando a una niña que se bañaba en su propio agua. Las radios también informaban noticias no gratas de lo que sucedía a plena luz del día, mientras en el cielo volaban helicópteros artillados que dibujaban sombras grises sobre las tejadas. Por las noches, el estruendo de las explosiones y los disparos de fusil llegaban de algún vecindario lejano, como gemidos que la ciudad no podía callar.

Al cruzar la Plaza Mayor, pude ver la iglesia católica donde Monseñor Romero había sido asesinado tiempo atrás. Estaba clausurada y completamente perforada por las balas del atentado, en el que también murieron personas que asistían a la misa acostumbrada. Era sobrecogedor ver esas marcas de la violencia, ser testigo de una ciudad que aparentaba tranquilidad pero llevaba el dolor grabado en su piedra. Sin buscarlo, estaba viviendo un turismo fatal cuyo final no podía adivinar.

Cuando daba un paseo, divisé una fuente de agua muy hermosa — la llamaban «La Fuente Luminosa» — y según me dijeron, había sido testigo de hechos funestos en medio de las confrontaciones. Pude inmortalizarla con mi cámara fotográfica que cargaba en ese instante, pero lo que me extrañó fue ver la bandera de Estados Unidos flameando sobre una pared muy alta, semejante a un cuartel bien resguardado que ocultara sus secretos.

Transcurrieron unos cuantos minutos cuando dos jeeps se detuvieron frente a mí, a unos 20 metros de distancia. Eran sin duda paramilitares vestidos de civil, lo pude identificar plenamente. Bajaron armados con fusiles M-16, aquellos que habían llorado en los campos de Vietnam. Sentí temor por la forma en que se acercaban a mí, presentí que mis días en ese momento ya estaban contados. Estaba de pie, con el diario del día en una mano y la cámara en la otra. Los miré sereno, de frente y desafiante — porque a la muerte se le debe enfrentar cara a cara y sin temor — y uno de ellos levantó el fusil, su mira posándose en mi cabeza como un insecto frío. Pero me mantuve estático y enojado, esperando el fatal desenlace. Entonces, el que estaba al costado le bajó el arma a su compañero de forma agresiva, gesticulando palabras que no llegaron a mis oídos como más que un murmullo de ira. El aludido me miró con odio, obedeciendo a regañadientes, y todos desaparecieron raudamente como sombras que huyen del sol.

(Mucho después me enteré de que ese extraño paredón colindaba con la parte de atrás de la Embajada de Estados Unidos, y no había letrero alguno que avisara que la zona estaba restringida). ¿Qué pensarían? Un muchacho con una cámara en medio de tanto fuego.

Bueno, después de todo, morir en patria ajena era un honor para mí, porque mi ideal era morir por la causa en la que creo. Pero no pensaba que sería de esa manera — en fin, no todo sale como uno quiere. Me quedé aún más tranquilo: aunque obviamente sentí temor, gracias a Dios pude dominarlo en ese instante.

Respiré profundamente, pensando que Aquél aún me quería en esta tierra que sangraba pero no se rendía. Tuve que seguir mi camino mientras el sol caía sobre San Salvador como un manto dorado, llegando a mi destino sin ninguna novedad. Luego al irme a descansar, me pregunté en mi lecho: «¿Para qué me sucedió todo esto?» Y me quedé dormido hasta la mañana siguiente.

Días después, cuando me fui del país arreglando todos mis papeles y recordando lo ocurrido, obtuve la esperada respuesta...

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


viernes, 27 de marzo de 2026

El champa pecho



¡¡Urcututuuuuu… urcurtutuuuuuuuuuuu… urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

Aquel momento, sin haberlo esperado, se rompió el profundo silencio del bosque con el canto de una lechuza del monte. Solo se oía el grillar de aquellos animalitos desperdigados y el misterio de la oscuridad, que parecía escuchar con asombro el cantar de esta ave que, de seguro, iría en busca de su presa.

No era temprano. La medianoche se hacía presente con la negrura que la caracterizaba y, según los cuentos de la selva, eran momentos propicios para los duendes y los animales nocturnos, incluida también la carachupa o tortuga de tierra. En aquel espacio compartido, se podía encontrar al shihuango negro (ave), los zancudos y los citaracos, sin contar a la temible cascabel y a algunos jergones que, por las lluvias, podrían hacer acto de presencia.

Y allí estaba yo, con mi farola en mano, mi silbato y sin sueño, desvelado como me sentía. Sufría de alergia al agua y, además, estaba enronchado por los molestos mosquitos, pero cumplía mi guardia como vigilante. Permanecía imperturbable ante lo que pudiera ocurrir durante aquella noche que amenazaba con lluvia, debido a las nubes negras empujadas por un viento fuerte.

Mis pensamientos volaron a las épocas en que viví aquellas experiencias en contacto con la naturaleza: los amaneceres y atardeceres de cada día, los cantos del huíshuincho, el olor de la floresta y de la madera húmeda y picante de los árboles, y el sonido de algún pájaro carpintero. La diferencia estaba en las montañas, porque allí no había llanuras. La misma vegetación, pero con árboles más grandes y frondosos, tan peligrosos como aquellos interminables senderos.

Había vivido allí tres años de mi vida y, en aquel arranque de aventura y misión, obtuve una chacrita de un campesino agobiado por las deudas y con ganas de regresar a su tierra. Fueron treinta hectáreas de bosque, entre vegetación crecida (purmas) y selva virgen, donde tomé posesión del lugar. Había una quebrada muy fría que la gente llamaba Mananquiari, o «nido de víboras», en idioma asháninca.

Para llegar, tenía que caminar unos diez kilómetros entre las faldas de una montaña. El sendero iba ascendiendo poco a poco; al comienzo parecía plano, pero pronto aparecían las irregularidades propias de un terreno sinuoso.

Pero un buen día, cansado quizá de ir acompañado —lo confieso, pues no me gustaba la idea de estar así—, decidí emprender el viaje solo. No almorcé. Salí a las once de la mañana. Mi morral solo llevaba una botella de agua; además, llevaba mis botas y mi machete. Según mis cálculos, me quedaría unas horas y luego regresaría cargado de papayas y limones.

Mi instinto aventurero me decía: ¡Tú eres el champa pecho y para ti nada hay imposible!

Seguí los senderos, subí las cuestas y mi llegada parecía interminable. Pasaron los minutos y yo estaba cada vez más emocionado. Había llegado solo, ya no tenía que molestar a nadie, y así fue. A pesar de la hierba, que había crecido mucho por las lluvias recientes, llegué sin problemas.

Cuando estuve allí, me metí calato en la quebrada para descansar mi querido cuerpo y comer papayas y tomates pequeños que pude sacar de la chacrita. Hice algunos cambios y, además, arreglé la choza, que estaba muy deteriorada.

Al fin, llegó la hora de regresar. Pero no supe, ni podría expresar, por qué ocurren ciertas cosas. No pude salir de inmediato, así que recurrí a la idea de marcar los árboles por los lugares por donde pasaba para no perderme. Pero, aun así, pasaron más de cuatro horas y era evidente: ¡estaba extraviado y muy lejos de mi querida choza!

Lo comprobé tristemente porque todo era igual. No había diferencias ni un lugar que pudiera reconocer. Iba en todas las direcciones posibles, buscando una salida, pero no llegaba a ninguna parte…

El bosque se confabuló para cerrarme los ojos. Apenas lo comprendí, una gran desesperación invadió mi ser y me hizo arrodillarme en el suelo. Solo así pude recuperar mi ecuanimidad y mi valor como persona.

Pensé, oré y me dije de nuevo: «¡Tendré que salir o me muero! ¡Tú me ayudas!».

Después de varios intentos fallidos, pude hallar, por fin, mi esperada cobachita. La divisé a unos treinta metros de la quebrada y corrí. Me faltaron piernas para llegar. Luego me senté a la puerta, agradeciendo por estar vivo, sin pensar que, al levantar la cabeza, me encontraría con una pantera de color gris claro que había pasado a mi lado, a unos pocos metros, sin que yo me diera cuenta.

Me levanté como un rayo, dispuesto a atacarla, pues me habían enseñado que era la fiera o tú.

Si te huele el temor por el olor que despides, eres hombre muerto. Así que, gritando y blandiendo mi machete, me dispuse a atacar, pensando que era mi último día. No me hizo caso. Gruñó y se fue como gato perseguido, es decir, con la cola levantada y el paso apurado.

No pude más y lloré, sorprendido, rabioso y también asustado, pues había acumulado mucha adrenalina sin darme cuenta.

Intenté salir de nuevo, pero no pude y decidí pasar la noche allí, pensando que iba a dormir. No obstante, me equivoqué. Se colaron unos murciélagos (mashos) de todo tamaño por una abertura que había cerca del techo, y me sentí atacado por ellos.

Pasé toda la noche con mi machete, espantándolos, porque era de esperar que pudieran transmitirme la rabia si me mordían. Pero se fueron al amanecer.

Al fin salí de mi propia cárcel, alrededor de las seis de la mañana, al primer intento. Recordando todo lo vivido, recorrí el mismo camino enmarañado y, después de algunas horas, llegué al pueblo sin ninguna novedad…

¡¡Urcututuuuuu… urcurtutuuuuuuuuuuu… urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

¡Uyyyyyyyy, qué ocurrióóóóó!

Se me había pasado el tiempo recordando esta anécdota. El canto de la lechuza me avisó, como si fuera un relojito. El sol empezaba a despuntar y me decía que nuestra vida comenzaba a escribirse de nuevo.

¡Qué bonito amanecer anaranjado! ¡Qué calor se empieza a sentir!

La gente empieza con sus afanes, pese a que ya desde las cuatro de la mañana comienza a caminar. Volviendo a lo mío, regresé al trabajo, esperando mi relevo.

Mis ojos se aclararon y la misma realidad me recordó que estaba allí, con mis ronchas y mis pensamientos. Los cómplices de esta historia habían sido la soledad del monte, los olores, los animales nocturnos y la negrura de la noche sin luna.

Mientras tanto, ¿Qué haremos hoy?

Seguir respirando y dando gracias a Dios porque todavía vivimos en esta tierra…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 












jueves, 26 de marzo de 2026

Aquél verano



“Nuevas son cada mañana”, había escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor, al comienzo de la semana. Ante mí se perfilaban grandes desafíos, grandes logros, o tal vez iba a conquistar algo que aún no podía definir. Pero la rutina de siempre era necesaria, y debía cumplirla.

Vivía en Miraflores, un barrio que acogía a intelectuales e inmigrantes de todo el mundo. Hoy en día es un referente turístico, con playas que se extienden junto a avenidas amplias, callecitas empedradas, parques y casonas del siglo XIX. Antaño se le llamó “Ciudad Heroica”, al igual que el contiguo distrito de Barranco, porque aquí sus habitantes desplegaron todo su heroísmo en una guerra sangrienta acaecida en nuestro psís contra un invasor mejor preparado.

Pero volvamos a mi diario existir: otra vez tomaría el desayuno de siempre, y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que bajara —ya estaba servido sobre la mesa de madera de la cocina. ¿No entendían que hoy era un día clave? Por fin comenzarían mis vacaciones de fin de año, y mi celular no dejaba de vibrar con mensajes de mis amigos. Cuando terminé de responder la última llamada, bajé rápido: antes de que mamá subiera con su famoso “correctivo” (papá no estaba en casa en esos momentos).

Tenía una hermanita menor, experta en los berrinches que le conseguían casi todo de nuestros padres. Yo era parecido a ella, solo que empleaba mis tácticas para fines que consideraba más importantes. Para mí, todo era cuestión de tiempo. Había pensado irnos a las playas del sur: el verano era abrasador, pero el mar era nuestro refugio y nuestra pasión. Mis amigos y yo no parábamos de hacer planes —unos querían arena fina, otros piedras lisas, pero nadie ponía en duda que viviríamos el mejor verano de nuestras vidas. Tuve que convencer a mamá, que temía por mí por ser un niño travieso; pero no podía encerrar un espíritu libre, menos impedirme practicar el surf, un deporte que había adoptado hasta para competir.

Por fin, ya estábamos en camino. El viaje fue una cascada de risas y ocurrencias —mis tres amigos, todas nuestras familias, el sentido del humor de mi padre e incluso Cucki, nuestro perro, se unieron a la aventura. Llegamos a Punta Rocas: playa de piedras amables, orilla impecable y mar cristalino, al sur de Lima. Contábamos con una casa amplia y cómoda donde todos cabíamos sin problemas; realmente estábamos felices, porque al fin nuestros sueños se hacían realidad. Mamá nos acomodó en las habitaciones, papá nos ayudó a revisar las tablas y mi hermana menor guardó su mochila llena de muñecas en un rincón seguro —asegurándose de que nadie se acercara a sus cosas.

Marco, Guillermo y Walter eran mis compañeros inseparables de estudios y travesuras. Por rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” —palabra mágica que escuché alguna vez decirle a mi padre. Seguro él vivió la misma pasión en sus tiempos y yo quería emularlo; no quería dejar de ir para mostrarle algunas de mis acrobacias más espectaculares. ¿Qué imaginativo, verdad?

Estábamos bien preparados: siempre hacíamos deporte, éramos espigados y delgados, de tal forma que deslizábamos sobre las olas con un gozo indescriptible. Era todo un reto; las competencias entre nosotros no se hacían esperar, ni el placer de enfrentar la fuerza del mar. Cada vez éramos más experimentados, así que la estación era crucial para los campeonatos que la Federación organizaba en estas fechas. Era imprescindible adiestrarnos mejor, esperando que el verano nunca terminara.

Después de tanto loquerío en la orilla, extendimos nuestras toallas y pusimos resina en las tablas. Fui el primero en lanzarme al agua, creyendo que los demás me seguirían —pero me desilusioné al ver que se quedaron en la arena. Enojado, esperé la segunda ola; los vi acompañando a un grupo de chicas que debía haber llegado de improviso, porque no me había percatado de ellas. No les tomé importancia y coroné mi hazaña con tres olas increíbles que me llevaron de regreso a tierra.

Al acercarme, descubrí que eran cuatro chicas de nuestra edad, que charlaban alegremente con mis amigos —quedados, casi de piedra. Supe después que eran amigas de Walter, conocidas el año anterior. Se sorprendieron al verme, más que todo por mis cabellos enmarañados por el mar y se quedaron boquiabiertas. Solo atiné a decir un “hola” seco y desconfiado. Walter se dio cuenta y, sonriendo para arreglar la situación, me las presentó apurado: Thelma, Lupe, Silvia y Charlotte. Tras los besos de saludo, me quedé prendado de la última —su sonrisa y sus ojos grandes me llamaron poderosamente la atención--- Pero por suerte, no se dio cuenta de mi sorpresa.

Su conversación me resultó cálida: hablaban pausadamente, pero de temas que nunca habíamos tocado entre nosotros. Yo solía hacer comentarios variados y poder intercambiar ideas peculiares, pero lo interesante fue descubrir que ellas también surfearan —no con la misma intensidad que nosotros, pero sí disfrutaban del oleaje y de las competencias que organizábamos en la playa. Mis compañeros nunca supieron de la atracción que sentí por Charlotte; yo si no quería quedar mal contándoles que me sentía tímido para decirle cosas bonitas, pero pensé que el tiempo restante sería suficiente para encontrar las palabras. Nunca la encontré sola: pero la miraba, y mis frases se trancaron en mi garganta.

El último encuentro —porque al día siguiente comenzaría la escuela— nos despedíamos todos entre risas y abrazos. Pero para mí solo existía Charlotte; el resto no importaba. Al atardecer, bajo un sol rojizo que tiñó el mar de oro, me acerqué a su lado con la tristeza del adiós, cerré los ojos y le di el beso más cálido y largo de aquel verano. Ella se tocó delicadamente la mejilla, tomó mis manos y, mirándome tiernamente, me dijo suavemente: “Adiós…”

Creo que nunca me olvidaré de ese verano, porque jamás ignoré su mirada ni el beso que selló nuestro encuentro. Cuando llegué a casa, me preguntaron si quería merendar y les dije que no enfáticamente. Subí rápidamente a mi alcoba, cansado del viaje, y me tendí bruscamente en la cama, mirando perdido al techo mientras pensaba en ella…

Entonces, las lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me quedé dormido...

Roque Puell López - Lavalle

 

 


martes, 24 de marzo de 2026

La Misión


Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha sido explorado. Pero ahí yace, soberbio, imponente, solitario y hermoso a la vez, un paraje desconocido, un cerro privado de luz solar, una empresa que invita a una existencia arriesgada y que, sin embargo, busca entre los más experimentados, una ocasión, un rumbo inexplicable, una rosa en flor que brota entre raíces ancestrales y anhela ser acogida por aquel que se atreva a adentrarse...

La lluvia torrencial acompaña al hombre, y aquella densa neblina que envuelve su camino, lo ennoblece. Él venera la verdad en sus palabras, le importa el espíritu de los extraños, corre en sus venas el ímpetu de los sueños; y aunque solo escuche el eco de su aliento al ascender cuesta arriba, aspira a trascender lo impredecible hacia aquello que anhela con fervor para compartirlo porque es una dicha que trasciende los límites de su pecho...

La fiera delimita su dominio, pero él aspira a llegar pronto para ser el primero. Quizás porque no le importa ni el lapso del tiempo ni la extensión del camino, ni el recuerdo de su aldea ni la razón de sus amigos. ¡Qué temple! El anuncio es el mismo: liberador, firme, conmovedor, consolador; nunca pierde vigencia aunque la agonía lo visite. Es el Amor de quien hace mucho se le adelantó, pero que ahora llena todo su ser y define su propósito. Emplea su viveza, su esencia desnuda o incisiva, para no ser alcanzado por el rayo de la desesperanza ni el trueno de la indiferencia...

Le llamaron loco, pero ahora lo vive con intensidad; todos pueden acercarse a él, tocarlo y reírse junto a él. Porque a la ingenuidad de los demás se le adelanta la humildad y la sencillez que se reflejan en su semblante, en la calidez de sus expresiones, en su cuerpo desgastado – porque atrás dejó su altanería para buscar ahora un ideal auténtico, monstruoso para quienes no creen y singular para aquellos que lo acogen con determinación...

La vida es una sola para contarla, y algunos la conocen por las experiencias que alberga el Libro de verdades eternas. Del sufrimiento ajeno se nutre el carácter; de los latidos de un corazón extraviado se afirman las alegrías. Pero permanece el mismo llamado que transforma al hombre y alienta al pecho apocado. La montaña lo refugia, lo desvía, pero es generosa cuando comparte sus misterios...

¿Qué es aquello que lo apasiona, entonces? La existencia con sentido y el recorrido por sendas que sabe que lo pueden sorprender. Porque existe el Dueño de los laberintos y de los árboles inmensos en las cañadas, o el habitante de la humilde morada, a quien no imaginaba que le daría la bienvenida con un saludo sencillo. No preveía el corazón del que recibía su visita, el dolor de su partida, tal vez por su Mensaje y la forma de comunicarlo...

Solo las almas que se doblegan ante la Majestad de lo que no se advierte, de la pequeñez que les provocan esos hombres o la propia montaña, muestran el porqué de ese encuentro. No es él quien conquista ni se apropia del honor. No: el conquistado es él mismo, quien desconoce que la labor que lleva consigo, junto a la candidez de su desconocimiento, lo hace vasallo, lo convierte en discípulo – y que lo único que aporta es la pureza de su intención...

Roque Puell López - Lavalle

martes, 17 de marzo de 2026

El rompe huesos

 

  En las vacaciones de 1968, el Parque Fátima de Chorrillos y las casas que lo rodeaban guardaban muchas historias. Yo era apenas un niño, pero aún puedo ver con claridad aquellos días en que el barrio parecía un mundo entero y la vida transcurría entre risas, polvo y aventuras.

  Por entonces, cerca de nuestras casas corría un pequeño río que serpenteaba entre chacras, maizales y campos de cultivo. La zona todavía conservaba algo de campo, a pesar de estar tan cerca de la ciudad y de la Escuela Militar. Había establos y pequeñas ganaderías, y mi madre solía regresar con leche fresca que compraba en uno de ellos. Recuerdo perfectamente la nata espesa que quedaba flotando en la olla. Yo la miraba con asombro mientras ella la servía en un tazón. Luego nos la bebíamos sin pensarlo dos veces.

  ¡Qué tiempos aquellos!

  En el barrio había niños que apenas salían de sus casas y otros que parecían vivir en la calle. Yo logré hacer amistad con varios de ellos. Vivían en los callejones cercanos a mi casa, en viviendas modestas pero llenas de vida. Sus familias madrugaban para trabajar y asegurar el sustento diario. Aun así, siempre encontraban tiempo para saludarse, conversar o reír.

  Entre nosotros no hacían falta muchos juguetes. Nuestra imaginación bastaba.

  Uno de nuestros mayores orgullos era el carro-patín. Lo construíamos con nuestras propias manos: dos maderas cruzadas, una pequeña y otra larga; cuatro rodajes bien ajustados; y un pabilo que servía para dirigirlo. Cuando terminábamos de armarlo y lo aceitábamos bien, nos parecía que habíamos construido una máquina extraordinaria.

  Para nosotros, aquellos carros eran auténticos bólidos de carreras.

  Los llevábamos hasta la bajada de los autos de la playa de Agua Dulce. Allí, entre gritos y empujones, comenzaban las competencias. Un amigo empujaba desde atrás mientras el otro se dejaba llevar cuesta abajo, a toda velocidad.

  Corríamos sin miedo.

 No había premios ni trofeos. Bastaba con llegar primero y escuchar los vítores de los demás.

  Así nacían nuestras carreras.

  Después venía la canga. Usábamos dos palos de escoba viejos: uno largo y otro pequeño. El juego consistía en golpear el más corto para hacerlo saltar por el aire y volver a impulsarlo lo más lejos posible. El que lo enviaba más lejos ganaba la partida.

  También estaban las bolitas de vidrio. Jugábamos a los ñocos, pequeños hoyos que cavábamos en la tierra. Allí apostábamos nuestras mejores canicas: las lecheras, los bolones transparentes y otras que brillaban al sol como pequeñas joyas. Algunas terminaban muy quiñadas después de tantas partidas, pero seguían siendo las más codiciadas.

  Y no podía faltar el trompo.

Había verdaderos maestros capaces de hacerlo bailar durante largos segundos sobre la tierra. Pero también estaba el temido juego de la “cocina”. Allí, los trompos de los novatos sufrían el castigo de los más expertos y terminaban astillados o completamente destruidos.

  Sin embargo, el verdadero rey de nuestros juegos era el fútbol.

 En el parque cercano a nuestras casas improvisábamos la cancha. Jugábamos descalzos, sobre tierra dura y piedras. No había césped ni uniformes elegantes como en el colegio. Allí se jugaba a lo macho, aguantando el dolor sin quejarse.

  Era nuestra manera de demostrar que estábamos creciendo.

  Muchas veces nos enfrentábamos a muchachos mayores que nosotros. Algunos tenían dieciocho o veinte años, mientras varios de nosotros apenas llegábamos a los once o doce. Pero eso no nos importaba.

  El partido era el partido.

 Cada centro al área debía terminar en gol. Cada saque de esquina se celebraba como si fuera una jugada histórica.

  A veces caminábamos largas distancias para ver jugar a los mayores. Bajábamos por los cerros hasta llegar a la famosa Cancha de los Muertos. Era un pequeño estadio improvisado cerca de un antiguo cementerio que quedaba junto al túnel por donde, años atrás, había pasado un tranvía rumbo a la playa La Herradura.

  El lugar tenía un aire misterioso.

 Allí se organizaban campeonatos donde jugaban equipos invitados de provincias. El fútbol se vivía con intensidad: patadas, barridas, jugadas audaces y discusiones interminables. Todo formaba parte del espectáculo.

    Para nosotros era una escuela.

   Pero el momento que nunca olvidaré ocurrió una tarde cualquiera en nuestro parque.

  El partido estaba muy reñido. Corríamos de un lado a otro levantando polvo. Yo perseguía el balón cuando choqué con uno de mis amigos. Fue un encontrón fuerte, pero en medio del juego apenas lo noté.

  —¡Foul mío! —dije, casi sin detenerme.

  Seguimos jugando.

  Más tarde comenzaron los murmullos.

  Mi amigo se había fracturado ligeramente. Nadie me lo dijo de frente, pero el rumor corrió entre los muchachos. Desde entonces algunos empezaron a llamarme, medio en broma y medio en serio, “el rompe huesos”.

   Yo no lo supe de inmediato.

   Tiempo después, mi amigo me lo confesó. Me dio mucha pena saber que lo había lastimado. Estuvo con yeso durante una temporada y no pudo jugar.

   Pero la amistad siguió intacta.

 Cuando comenzó el siguiente campeonato, allí estábamos otra vez, corriendo detrás del balón como si nada hubiera pasado.

  Los años pasaron rápido.

  Mi familia se mudó a otro distrito y tuve que dejar atrás el barrio, el parque y a mis amigos. Sentí que una parte de mi vida quedaba suspendida en aquellas calles.

  Tiempo después regresé para buscarlos.

  Algunos aún estaban allí. Habíamos crecido, pero bastó vernos para abrazarnos y recordar nuestras aventuras. Hablamos durante horas, como si los años no hubieran pasado.

Fuimos a ver nuestra antigua cancha.

  El lugar seguía allí, silencioso, guardando las huellas invisibles de nuestros partidos.

   Pero el tiempo siguió su camino.

  Cuando regresé otra vez, un año después, encontré algo que no esperaba. Los callejones habían desaparecido. En su lugar se levantaban nuevas residencias.

   Mis amigos ya no estaban.

  Los niños que jugaban allí eran otros. Los perros que ladraban al desconocido también eran distintos.

 Comprendí entonces que el barrio que había conocido existía solo en mi memoria.

 Los que viven ahora nunca supieron que allí jugaron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana.

  Entre todos ellos estaban el Pito, el Sacalagua, el Cholo… y también aquel muchacho al que un día comenzaron a llamar el Rompe Huesos.

  Ese muchacho era yo.

 Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, nunca he dejado de recordar aquellos días en que el mundo cabía entero dentro de un parque, una pelota y la amistad de unos niños que soñaban con ser grandes.

Roque Puell López - Lavalle



domingo, 15 de marzo de 2026

Llegaste




Llegaste a mi pensamiento y a mi corazón sin previo aviso, en un momento quizás de escondida quietud o en el anuncio de un profundo silencio. Escucho tu voz distante, pero a la vez me atrae con su cadencia pausada, su resonancia profunda y su fuerza que emana poder y señorío. La dulzura de tu música me conmueve las fibras más íntimas del alma, despertando mi deseo de saber cómo hoy podría amarte.
 
Me pregunto cuál es tu canto y solo puedo contemplarte en el tono profundo de una zampoña y en la melodía de una quena. Siento en esos sonidos maravillosos tu belleza, tus luchas, tu aliento, tu cuerpo encarnado en la indomable cordillera. En ese aire andino enrarecido, encuentro la explicación de tu vida, de tu corazón y de tu gente.
 
El cielo me revela tus ojos celestes, adornados con el blanco impoluto de las nubes que te hacen regia y majestuosa. ¿Qué atesoras en tu regazo? Quizás la sencillez, la paz de tus paisajes, el imponente silencio del viento o el frío del abismo más hondo. Todo esto para mostrarme que en las alturas también late un corazón, un alma de niño y una amistad que hoy es tan difícil de encontrar.
 
No olvidaré tu pasado glorioso que me invita a soñar y a maravillarme de tu valentía contra el opresor en todas sus formas. Admiraré la maravillosa ofrenda de dar la vida por la madre, por el hijo, por el nombre que una vez te hizo poderosa ante todos e indomable para la conquista de otros pueblos que, quizás, muchos hoy han olvidado.
 
Pronto llegará el día en que te vea; me recibirás con los brazos abiertos y yo te ofreceré un cálido beso. ¿Acaso mi corazón se enamorará de la nieve que me brindas o de tu alma que ya me emociona con solo imaginarla? Serán tiempos de alegría y de reconocer lo que siempre significaste para mí: digna tierra de provisión, de coraje, y la que entrega a sus mejores hijos para luchar hasta la muerte y jamás rendir la bandera.

Roque Puell López - Lavalle

(Haz clic para escuchar el enlace)


Un mundo al revés

  I Quiero volar por la brisa y hablar con el viento. Quiero recorrer los mares y encontrarme con sus grandes olas, que se encrespan cuando...