domingo, 29 de marzo de 2026

Turismo fatal




Corría el año 1990 y yo me encontraba en San Salvador, capital de la República Centroamericana de El Salvador. Había salido de Guatemala para resolver asuntos migratorios, con la idea de permanecer algunos días y luego regresar porque era estudiante. Pero en aquel entonces sabía que toda la nación se sostenía como un suspiro entre la guerra y la esperanza.

Recuerdo que el autobús me dejó en la terminal, y el ambiente llevaba una presión tan grande que parecía poder cortarse con un cuchillo. No me equivoqué: las calles estaban semidesiertas en algunas zonas, y no pocos soldados permanecían protegidos tras sacos de arena. Estaban parapetados en las esquinas, sus ametralladoras dispuestas como serpientes dormidas que podrían despertar en cualquier instante.

La situación se sentía insegura, y la duda rondaba si uno viviría el día de mañana o no — al menos esa era la percepción que yo tenía en ese momento. Era natural ver tanquetas y militares resguardando una ciudad que atravesaba su etapa más oscura, después de que la guerrilla hubiera ingresado a sus calles. Pero la gente discurría como siempre, haciendo de la vida diaria un acto de resistencia; todos trataban de llevarla como un día común y corriente, aunque siempre bajo una calma tensa que parecía estar a punto de romperse.

Los diarios habían emitido la noticia de que un proyectil Instalaza había entrado en una casa, matando a una niña que se bañaba en su propio agua. Las radios también informaban noticias no gratas de lo que sucedía a plena luz del día, mientras en el cielo volaban helicópteros artillados que dibujaban sombras grises sobre las tejadas. Por las noches, el estruendo de las explosiones y los disparos de fusil llegaban de algún vecindario lejano, como gemidos que la ciudad no podía callar.

Al cruzar la Plaza Mayor, pude ver la iglesia católica donde Monseñor Romero había sido asesinado tiempo atrás. Estaba clausurada y completamente perforada por las balas del atentado, en el que también murieron personas que asistían a la misa acostumbrada. Era sobrecogedor ver esas marcas de la violencia, ser testigo de una ciudad que aparentaba tranquilidad pero llevaba el dolor grabado en su piedra. Sin buscarlo, estaba viviendo un turismo fatal cuyo final no podía adivinar.

Cuando daba un paseo, divisé una fuente de agua muy hermosa — la llamaban «La Fuente Luminosa» — y según me dijeron, había sido testigo de hechos funestos en medio de las confrontaciones. Pude inmortalizarla con mi cámara fotográfica que cargaba en ese instante, pero lo que me extrañó fue ver la bandera de Estados Unidos flameando sobre una pared muy alta, semejante a un cuartel bien resguardado que ocultara sus secretos.

Transcurrieron unos cuantos minutos cuando dos jeeps se detuvieron frente a mí, a unos 20 metros de distancia. Eran sin duda paramilitares vestidos de civil, lo pude identificar plenamente. Bajaron armados con fusiles M-16, aquellos que habían llorado en los campos de Vietnam. Sentí temor por la forma en que se acercaban a mí, presentí que mis días en ese momento ya estaban contados. Estaba de pie, con el diario del día en una mano y la cámara en la otra. Los miré sereno, de frente y desafiante — porque a la muerte se le debe enfrentar cara a cara y sin temor — y uno de ellos levantó el fusil, su mira posándose en mi cabeza como un insecto frío. Pero me mantuve estático y enojado, esperando el fatal desenlace. Entonces, el que estaba al costado le bajó el arma a su compañero de forma agresiva, gesticulando palabras que no llegaron a mis oídos como más que un murmullo de ira. El aludido me miró con odio, obedeciendo a regañadientes, y todos desaparecieron raudamente como sombras que huyen del sol.

(Mucho después me enteré de que ese extraño paredón colindaba con la parte de atrás de la Embajada de Estados Unidos, y no había letrero alguno que avisara que la zona estaba restringida). ¿Qué pensarían? Un muchacho con una cámara en medio de tanto fuego.

Bueno, después de todo, morir en patria ajena era un honor para mí, porque mi ideal era morir por la causa en la que creo. Pero no pensaba que sería de esa manera — en fin, no todo sale como uno quiere. Me quedé aún más tranquilo: aunque obviamente sentí temor, gracias a Dios pude dominarlo en ese instante.

Respiré profundamente, pensando que Aquél aún me quería en esta tierra que sangraba pero no se rendía. Tuve que seguir mi camino mientras el sol caía sobre San Salvador como un manto dorado, llegando a mi destino sin ninguna novedad. Luego al irme a descansar, me pregunté en mi lecho: «¿Para qué me sucedió todo esto?» Y me quedé dormido hasta la mañana siguiente.

Días después, cuando me fui del país arreglando todos mis papeles y recordando lo ocurrido, obtuve la esperada respuesta...

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


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