viernes, 27 de marzo de 2026

El Champa Pecho

 


¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

En un instante que no esperaba, el silencio profundo del bosque se desgarró por el canto de la lechuza del monte. Solamente el crujir de pequeños grillos esparcidos y el misterio de la oscuridad escuchaban atónitos aquel canto que anunciaba la búsqueda de presa. La media noche ya se instalaba con su negrura característica, y según los cuentos de la selva, esos eran momentos propicios para los duendes, los animales nocturnos —la carachupa, la tortuga de tierra—. En ese espacio compartido habitaba el shihuango negro, zancudos y citaracos, sin olvidar la temible cascabel que podría manifestarse tras los jergones ablandados por la lluvia.

Y allí estaba yo, con la farola en mano, silbato al cinto y sin un ápice de sueño; desvelado como el propio viento que movía las copas. La alergia al agua me quemaba la piel, y los mosquitos me habían enronchado hasta la paciencia, pero hacía mi guardia como vigilante de un secreto. Imperturbable ante lo que pudiera nacer de una noche que amenazaba con llover, llevada por nubes negras empujadas por un viento fuerte. Y justo en ese momento, mientras aguanto el malestar de la giardiasis que me arropa desde hace días, la memoria me llega sin que yo la llame: la anécdota real que viví hace tiempo, cuando la selva me puso a prueba hasta el límite.

Había vivido allí tres años, en ese arranque de aventura y misión. Obtuve una chacrita de un campesino agobiado de deudas, ansioso por regresar a su tierra natal. Treinta hectáreas de bosque entre purmas densas y selva virgen donde tomé posesión del lugar. Allí corría una quebrada helada que la gente llamaba Mananquiari —“nido de víboras” en asháninca—. Para llegar, debía caminar diez kilómetros por las faldas de una montaña que se elevaba despacio: plana al principio, pero marcada por las irregularidades de un terreno que se doblaba como una serpiente.

Pero un buen día —cansado quizá de ir acompañado, lo confieso, pues nunca me gustó depender de otros— decidí emprender el viaje solo. No almorcé; salí a las once de la mañana con el morral ligero: botella de agua, botas y machete. Pensé que me llevaría unas horas, que regresaría cargado de papayas y limones. Mi instinto aventurero me susurraba: “Tú eres el champa pecho, y para ti nada es imposible”. Seguí los senderos, subí las cuestas, y la llegada parecía sin fin. Pasaron los minutos, la emoción me prendió en el pecho —había llegado solo, no debí molestar a nadie—. Y fue verdad: a pesar de la hierba crecida por las lluvias recientes, llegué sin tropiezos.

Cuando estuve allí, me metí calato en la quebrada para descansar mi cuerpo cansado, comí papayas y tomates pequeños que saqué de la chacrita, hice ajustes y arreglé la choza que se había deteriorado como un libro olvidado. Al fin, hora de regresar. Pero no sé explicar por qué las cosas suceden: no pude salir de inmediato. Empecé a marcar árboles con mi machete para no perderme, pero pasaron más de cuatro horas y la verdad se hizo evidente con tristeza: estaba extraviado, muy lejos de mi querida choza. Todo era igual, no había rasgo que reconociera; iba por todos lados, pero no llegaba a ninguna parte…

El bosque se confabuló para cerrar mis ojos. De pronto, una fuerza enorme de desesperación invadió mi ser y me hizo arrodillar en el suelo —sólo así logré no perder la ecuanimidad ni mi valor como hombre—. Pensé, oré y dije entre dientes: “Tendré que salir o moriré. ¡Tú me ayudas!”. Después de intentos fallidos, divisé a lo lejos mi cobachita esperada, a unos treinta metros de la quebrada. Corrí como si me faltaran piernas, me senté en la puerta… y en ese instante, como ahora, sentí un nudo en la garganta y mis manos temblaron al dar gracias a Dios por estar vivo. Luego levanté la cabeza y vi una pantera de color gris claro que había pasado a pocos metros, sin que yo me diera cuenta. Me levanté como un rayo para atacarla: me habían enseñado que era la fiera o tú.

Si te huele a temor por el olor que despides, eres hombre muerto. Así que gritando y blandiendo mi machete, me dispuse a luchar pensando que era mi último día. Ella no me hizo caso: gruñó y se fue como un gato perseguido, cola en alto y paso apurado. No pude más y lloré —sorprendido, rabioso, asustado—, porque la adrenalina se había acumulado en mí como una ola que ahora se rompía. Intenté salir de nuevo, pero el bosque seguía cerrado; decidí pasar la noche allí, pensando que dormiría. Pero me equivoqué: murciélagos de todos los tamaños —los mashos— se colaron por la abertura cerca del techo y me sentí atacado. Toda la noche defendí mi espacio con el machete; es de esperar que transmitan rabia si te muerden. Pero al fin se fueron con la madrugada.

Salí de mi propia cárcel a eso de las seis de la mañana, al primer intento. Recordando cada paso vivido, recorrí el mismo camino enmarañado, y después de algunas horas llegué al pueblo sin más novedades que la alegría de estar vivo…

¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

¡Uyyyyyyyy, qué ocurrióóóóó! Ahora, con el cuerpo debilitado por la giardiasis, la memoria me ha traído de vuelta ese instante. El canto de la lechuza me avisó como un reloj ancestral, igual que entonces. El sol empieza a despuntar el día: me dice que nuestra vida se escribe de nuevo. ¡Qué bonito amanecer anaranjado! ¡Qué calor se empieza a sentir! La gente arranca con sus afanes —algunos ya caminan desde las cuatro de la mañana—. Volviendo a mi guardia, espero mi relevo. Mis ojos se aclaran, y la realidad me dice que estoy aquí, con mis ronchas, el malestar en el vientre y mis pensamientos. Mano sobre el corazón, vuelvo a sentir esa gratitud profunda: gracias a Dios de todavía respirar esta tierra que me ha puesto a prueba y me ha dado la fuerza de seguir.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


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