Para algunos, volar es un placer y para otros es pensarlo dos veces si uno lo hace en una avioneta pequeña para cuatro pasajeros que sirvió en el Viet - Nam. Hace unos años salimos como misioneros del campo de vuelo de Atalaya en el Departamento de Ucayali, en la selva peruana. Fui con mi amigo Eugenio Bragg para una obra muy importante en aquel lugar.
Nuestro destino era el caserío de Obenteni en el Gran Pajonal. Esta región, extendida por 3 Departamentos, respira mucha historia. En el s. XVII por ejemplo, el nativo “ashéninka” criado por franciscanos, Juan Santos Atahualpa mantuvo en jaque a los españoles que jamás lograron sojuzgarlo en más de sus muchas correrías pero un tal "Mariano Lechuga", envidioso, lo asesinó misteriosamente. Hoy en día sigue siendo la tierra de los “campas pajonalinos” como así se les denomina a esta etnia pero, es llamada Nación.
Son famosos por ser un pueblo de armas tomar o mejor dicho, son un pueblo guerrero que aun se pintan la cara con achiote y raíces de plantas que les dan un aspecto fiero si se declaran en pie de guerra. Pero hoy lo hacen por cuestiones de apariencia y cultura. Visten en la actualidad con la "cushma" que se asemeja un gran camisón largo de color marrón y la usan tanto los hombres como las mujeres. También viven de la ganadería y de una agricultura incipiente en una extraña convivencia con los colonos de nuestra sierra.
Llegar aquí es "una aventura en el aire" por la altura de sus montañas y los farallones totalmente cubiertos por la densa vegetación. Desde que salimos, la avioneta se colocó en posición ascendente, pasando los 10,000 pies hasta coronar la cumbre donde recién se puede divisar en profundidad el caserío. El descenso es también espectacular pues se realiza en círculos tal como si fuera un tirabuzón hasta decolar en una cinta verde en medio de casas colocadas en fila.
No obstante, en un vuelo de regreso a Atalaya luego de unas bellas horas de sol radiante, una impresagiable tormenta se nos presentó alegremente sin avisar. Parecíamos oír que las montañas se rompían en mil pedazos, luego se alumbraba el cielo con relámpagos interminables para terminar finalmente en una lluvia feroz. Pensábamos ilusamente que pronto terminaría aquello que presenciábamos en esos momentos pero no fue así.
La avionta temblaba en el aire pero el piloto siendo más experimentado, tomó su carta de navegación para determinar la ruta mientras que nosotros en realidad no veíamos nada al estar todo muy oscuro. Sin embargo, abajo de nosotros había un rio el cual nos sirvió para seguir su curso ya que ir por las montañas era una muerte segura. Ya teníamos buen trecho volando y la avioneta se convertía en un "papelito" en el aire por los fuertes vientos siguiendo al hilo plomizo del rio serpenteante. El silencio era obvio, no sé si estábamos asustados pero la humedad con el frío hicieron lo suyo. ¿Experimentábamos el limbo? Nos miramos solos en medio del aire con el horizonte totalmente oscuro.
Era simplemente el silbido del viento y el sonar de la única hélice de nuestro viejo mono motor. El resto era un cuadro sin pies ni cabeza, solo un puntito en el firmamento sombrío. Pasaban los minutos, largos, interminables y la tormenta seguía y seguía con más furia pero sin saberlo nosotros, los caprichos de la naturaleza no se hicieron esperar. Vimos una abertura en el cielo, una luz esperanzadora que nos invitaba a entrar rápidamente.
Ni corto ni perezoso el piloto lo hizo en una escalera imaginaria y nuestra sorpresa fue muy grande al cruzar por ella.. ¡Estábamos en otro mundo! Teníamos un bello cielo azul y abajo quedaba la tormenta como un manto negro aún amenazante pero algo lejano. Eran dos vistas diferentes, otra vez el calor, el cielo celeste y la alegría de vivir reinó entre nosotros. Nos quedaba poco combustible y luego de un largo trecho siguiendo la línea del río, aterrizamos por fin en el pueblo pero con el cielo nublado. Lo que se hacía normalmente en veinte minutos se alargó a una hora y más.
En mi candidez, felicité al piloto por su pericia y aplomo. Pero él, firme y a la vez esbozando una sonrisa me dijo:
- ¡Dirás que bueno es el Señor que nos dio la salida en medio de todo!
- ¿De veras?
Contesté incrédulo, pero pensé que allá arriba viví ése mágico momento de las densas tinieblas que me invitaron a ver la belleza de su propia oscuridad. Mi amigo Eugenio también quedó sorprendido y esbozó igualmente una sonrisa.
Yo me pregunto ahora si en el mundo en que vivimos la cortina de la ignorancia pretende nublar para siempre el pensamiento de seres como nosotros, humanos finitos y contradictorios. Supe que hay puertas en nuestra vida de esplendorosa luz a las preguntas sin respuesta. Todo está en buscarlas y la encontraremos sin duda en la verdad de lo que deseamos. Sé que despierto cada mañana en un lugar que existe, que es real y que tiene en sus más misteriosos escondites, un resplandor que me ilumina y que convence aun al ser más impenitente.
Pero ignoro realmente si todos nosotros podremos gozarnos en encontrar un tiempo de volar y soñar despierto, o tal vez caminar entre las sombras no teniendo esperanzas así nos den una buena noticia. Dependerá de nuestra decisión de cómo vivir realmente el presente confiando en Jesucristo, que es la Luz del mundo...
Roque Puell López - Lavalle

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