El largo camino de la indiferencia se parece a las interminables procesiones de antaño. Más era la demora del paso perdido que el inicio del triunfo en una batalla sangrienta. El cántico que acompaña a la masa de los inocentes pareciera ser la larga oración que espera una respuesta pronta a sus clamores – clamores de pan, de techo, de un gesto que no sea de piedad. Pero sus pasos lentos se asemejan al constante pensamiento que aguarda una semblanza de recuerdos en un inútil sacrificio: cada zancada es un día más de hambre, cada pausa un deseo que se esfuma.
Y los movimientos del anda obedecen a los serenos cargadores, cuyos hombros están tan marcados por el esfuerzo como los de quien lleva la vida entera en sus manos. Las supuestas voces de la esperanza son las que aguardan la fe "milagrera" de los falsos cristos negros de mi antigua ciudad – cristos con rostro oscuro como el de quien no ve luz en su futuro. Rompen el protocolo para caer nuevamente en el tedio del silencio. "Avancen, hermanos", se pregona andando, pero mejor sería ignorarlo, porque inútiles fueran los rezos en el camino donde solo hay polvo y hambre.
Solamente el camastro es testigo de la frialdad del sentimiento, de las esperanzas que al final son un cuento – un cuento que nadie lee a los niños que duermen con el estómago vacío. Mudos e indiferentes son los cirios que alumbran el cuadro; por gusto están si no brindan contentamiento, como las luces de las calles que iluminan pero no calientan. ¿Y los sahumerios? Ellos ofrecen el ambiente sagrado del dios del tiempo, dedicado al gentío ignorante con los aromas que se dieron en el pasado y con las supuestas alabanzas que solo son címbalos sin sonido – como los murmullos de ayuda que nadie escucha.
¿Acaso las flores tuvieron un mejor destino? No. No pueden alegrar a un solo pajarillo, menos a un bosque de almas perdidas – almas que caminan con los ojos en el suelo buscando migajas. Una flor no emociona a un ser herido, porque cae orgullosa cuando no hay ni un panecillo. Así es el bocado en secreto: solo son migajas, pero su vida espera la redención de sus deseos. Las oraciones dichas al final y los rezos que recuerda el peregrino son las despedidas en el rostro del santo, pero esa es su queja: las respuestas no le han amanecido, como no le han amanecido las oportunidades que siempre prometen.
Al final, la masa variopinta y cansada de las caminatas por las polvorientas calles lleva las esperanzas rotas, quizás guardando las efímeras alegrías para volver a su casa sin consuelo – a una casa que no tiene techo seguro ni mesa llena. Tanta fue la modorra, tanto llegó el llanto, tanta la invocación... ¿Para qué? Para que al final la tibieza de la tarde y las tinieblas de la noche se acerquen con el frío para recorrer el cuerpo cansado, un cuerpo que lucha cada día por mantenerse en pie.
Luego le dirán al fervoroso que mejor sería que se olvide de ello, que lo eche sin reparos por la ventana. Así tal vez estará mejor, más tranquilo, o quizá descansará entre la duda y la mediocridad de lo que recuerde. Después de todo, la procesión va por dentro... nadie ve el anda que carga, ni el peso que dobla sus espaldas, solo ve a un hombre que camina con la cabeza baja.
Roque Puell López - Lavalle

Hola Roque es cierto la procesión va por dentro.
ResponderEliminarAsí es, pero es mejor no guardarla o seguirla como si el sufrimiento fuera el motor de nuestra existencia. La vida pese a todo, es bella y por una rosa negra, no se acabarán las estrellas. Así, no querramos terminar como el fervoroso, lleno de dudas y desencantos. ¿Verdad?
EliminarInteresante artículo mi estimado. Sigue escribiendo.
ResponderEliminarGracias. A veces son nuestras propias miserias y experiencias.
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