sábado, 31 de enero de 2026

Te encontré sola frente al mar

 



Te encontré sola frente al mar, sumida en la inmensidad, quizás hilvanando pensamientos o, tal vez, anhelando tus más caros deseos. Con la mirada recorrías el misterio de los horizontes, esos que no conocías en la vastedad del gigante. ¿Qué sentirías? El grito del viento envolvía tus cabellos y, sin embargo, intuí que tus palabras, convertidas en plegarias, brotaban de un alma en pena, prometiendo, después, la ansiada paz…

Al contemplar esta inmensidad, te vi como si fuera yo mismo, pues antaño la visitaba en silencio. Aquel mar era un viejo amigo que siempre tenía algo más que contarme. Hoy, con el tiempo transcurrido, contemplo este mismo mar, igual de sobrio, cálido, colmado de esperanzas, para decirle, sin aspavientos, que todavía te extraño, que aún te quiero; que anhelo acariciar tu bello rostro y verte sonreír de nuevo, sabiendo que algún día yo te lo habría de confesar, o quizá, debiera callar para siempre…

Te imagino hablando al Eterno. Me pregunto si estarás entre los ángeles de luz que anuncian el mensaje, o si serás la chispa de la broma más divertida. ¿Dónde podría encontrarte ahora? Solo el silencio me responde, pero tu respuesta inconclusa fue por mi ser, un ser complicado. Solo ansío saber si es verdad que habito este mundo, porque todas las intenciones que abrigaba ya han entristecido mi corazón.

Yo soy mágico, apasionado y profundo, un todo o nada si estuvieras entre mis brazos, porque mi amor por ti sería fuego o trueno. No creo en palabras sensibleras ni en conductas principescas. ¡Qué me importa! Pero así lo concibo: vivir en la guerra más sublime, aquella donde puedo destruir o edificar mi propia existencia si así lo deseara, para morir después en mi gloria plena…

No obstante, pasaron muchos meses que se me antojan años, pues grande fue la soledad que sentí en la tormenta. Esa tormenta que nos enseña a comprender que no estamos solos y que el amor siempre regresa, pero de otra manera. Pronto seré libre de lo que antes me aquejaba y volaré hacia mejores oportunidades. Aprendí que está bien perder con el enemigo, mas nunca debemos hacerlo con el miedo. Por eso pienso que, por una rosa negra, no se acabarán las estrellas; y después, la vida será diferente…

Pero no te sorprendas; en mis horas más sombrías, clamé al cielo por tu compañía, tú lo sabes. Quizás ahora solo quiero parlotear contigo como si fuéramos niños y quisiera que vengas a jugar conmigo. Tal vez para seguir escribiendo o para contarte historias; para decir que te amo y que iremos a soñar juntos, como aquella vez que te encontré sola frente al mar…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 

 



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