viernes, 8 de mayo de 2026

La palestra

 

¿Por qué me reclama el pincel que se niega a plasmar mis colores? ¿Por qué me regaña la paleta? Solo realizo esbozos en el lienzo de mi complicada vida: de mis deseos, mis ilusiones y mis quebrantos. ¿Qué les importa a ellos si yo uso mis pretextos para hacer lo que realmente siento? ¿Y qué carajo quieren, si solo son mis instrumentos?

Resplandores de la dicha pasada, de las recientes acuarelas del amor, quizá de las poesías y los enojos… Más solo son los avatares de mis anónimos cuadros en el devenir de mi existencia actual.

Son las respuestas que recibí de la necedad, los argumentos de la infelicidad del mortal que disfrazó una realidad por la razón, despreciando lo sencillo. O tal vez por la ingratitud de aquella que, cuando le extendí mi corazón, prefirió lo más fácil a lo más humano.

Sin embargo, más luces trae el nuevo amanecer, en una esperanza de realidades, que una dicha que finge ser tan cierta y veraz. Siempre hay un atardecer y su esperanza; aún existe el viento que lo acompaña. ¡Vive la aurora que nos inspira una nueva ilusión!

Escribir para lidiar con fantasmas y querubines; soñar despierto, amando, esperando a la ingrata que salga de su accidentado sueño; o tal vez pintar otros corazones que anhelan ser conquistados y amados en un momento mágico. Es la vida misma, el ahora de mi sentir, de mis recientes promesas y decisiones. Quizá recordando la risa del niño travieso que fui alguna vez, o pensando en la ingratitud de quien ayer solo era una fantasía...y no me había dado cuenta.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


El tecito


En la niñez, todos nos hemos enfermado más de una vez. ¿Quién no lo ha vivido? ¿Quién no tuvo sarampión o un resfriado? Creo que nadie se salva. Recuerdo, sin embargo, con cierta gracia, que a mí no me dieron las famosas paperas sino hasta hace algunos años, cuando mis mejillas se inflaron, animosas, semejantes a las de un gran marino gordo y bonachón. Gracias a Dios, no tuve consecuencias y, después… no fue difícil superarlo.

Pero volvamos a mi infancia. Un buen día, caí con una gripe fortísima. La cama era de rigor, fungía como un refugio perfecto, y las frazadas eran "para que no empeores", como decía mi madre, formando parte del ritual para la cura del mal. Atrapado así, no había otra solución: los estornudos ruidosos, los pañuelos húmedos, la tos, la garganta inflamada y los mocos verdes eran el quehacer de todos los días. En ese entonces, mi madre me daba la odiosa Antalgina en gotas. Lo que yo no notaba era que me la mezclaba en la leche; el sabor, para mí, era sencillamente horrible, pero venía siempre acompañada de algún panecillo que ofrecía un leve consuelo. Aun así, mi cara se arrugaba como si hubiese comido limón.

Creía que era "por mi bien", o así lo entendí a mis cinco años, y no sé cómo pude aguantarlo. Pero la situación empeoró por las tardes, cuando ya no había leche y me daban el famoso "té". ¿Acaso éramos anglosajones? Como no era mi bebida favorita y su sabor carecía de sentido para mí, se volvía intomable en mi pequeño mundo. Pero los buenos ánimos de mi mamá, con aquello de portarse como un "soldadito" que aguantaba todo, no me dejaban otra que obedecer. Sospechaba que ese té tenía algo… lo sabía, intuía, presentía, y todas las "ías" se conjugaban en mi ser existencial.

Tuve que tomar acciones desesperadas, pues algo andaba mal. En mi entrenamiento de "soldadito" había aprendido a destaparme sin hacer ruido y salir de la cama casi inadvertido para espiar el mundo circundante. Ni corto ni perezoso, bajé directamente, en medias y calzoncillos, para engañar al enemigo y dirigirme hacia mi objetivo: ¡la cocina de mamá! ¡Oh nooo! ¡Desilusión! ¡Santas lucecitas! (Todavía no daban Batman en la tele) Descubrí la fórmula secreta, un poco tarde, eso sí, pero la encontré. Divisé al "enemigo" dejando las gotas de la innombrable, una por una, después de haber contado unas dieciocho en el transparente líquido de color madera…

—¿Tú qué haces acá? ¡¡¡Debes estar en tu cama!!! —inquirió mi madre, sorprendida y con voz amenazante, al encontrarme en la cocina.

Partí como un rayo hacia mi dormitorio, negándome rotundamente a aceptar otra vez la tortura de todos los días. Sin embargo, mi madre, inteligente, sobornó a mi ego conquistándome con algo más que un pan con mantequilla, tanto así que no pude negarme. El "buen soldadito" dijo que sí esa vez, aun en perjuicio suyo. Con delicado estoicismo, felizmente, sané a los pocos días, y así la alegría volvió a mí para consolarme. ¡La fiebre me había abandonado para siempre!

Pero el daño ya estaba hecho: el "tecito" nunca más fue mi amigo, ni siquiera en el más crudo invierno limeño. Quedé traumatizado para toda la vida. Los estragos habían comenzado, era solo cuestión de tiempo. Hoy en día, no lo puedo tomar porque, cuando lo hago, el sabor de la Antalgina vuelve a mi paladar para recordarme mi horroroso pasado. Sudo frío e imágenes sombrías vienen a mi mente con un "¿por qué a mí?", sin ninguna respuesta…

Si me invitan a tomar lonche a una casa y me lo ofrecen, lo aceptaré porque leí a Carreño en su libro sobre los buenos modales. Lo hago porque sé que me aprecian, y yo haría un esfuerzo sobrehumano por tomarlo, pero siempre con bocaditos, ya que lo hicieron con todo cariño para mí. Comprenderán que podría pedir amablemente, antes o después, un cafecito que es más rico aún sin azúcar, aunque sea diabético.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


martes, 5 de mayo de 2026

Encuentro en la cima





Marchaba por los estrechos caminos de una montaña con algunos pensamientos que ahora no tendrían comienzo. Mientras más avanzaba sorteando algunos abismos, el frío golpeaba sin reparo mis mejillas y saber que estaba entre los pedregales de una colina, me sentía privilegiado por las maravillas que experimentaba viendo el horizonte. El sol declinaba ante mis ojos, el viento parecía silbar una melodía para dar paso a las nubes negras dibujadas en el firmamento. Sabía que pronto anochecería y era consciente de las pocas horas que me quedaban; acaso quería yo volver ahora, pero sabía que un cambio tan repentino no me haría bien. ¿Por qué habría de hacerlo? Era mejor el sentir de un pronto encuentro más definido y desconcertante donde estaba. Tenía algo de temor pero vivía los instantes cortos de un día y por eso sería hermoso experimentar algo distinto.

Instalé mi carpa para sentirme más seguro y sentado alrededor de mi imprevisible fogata, me di a la reflexión. El viento seguía soplando y me acomodé sobre un peñón para admirar más el sol que se ocultaba. Cogí una rama seca, hice dibujos sin sentido sobre la tierra pero pronto se quebraría por la fuerza de mis preguntas. Sentir la importancia de mi corta vida, haría comenzar después una nueva aventura por el espíritu libre de mi corazón y mis ganas.. Quizá mi mayor riqueza sea ser yo tan pequeño comparable con lo más grande de la naturaleza para hablar con el Eterno. A pesar que ahora me siento solo, sin familia y los amigos lejos que aparecen cuándo, no tengo más recursos que disfrutar la cordillera que se pierde lentamente en el horizonte. Los nubarrones adornan el cielo para luego mostrar la belleza y la armonía de un magnífico artista que pinta un lienzo.

Vano es pensar ahora en la duda que cuestiona todo sin un asidero de sabiduría por más conocimiento que uno tenga. Perderme en el bosque de palabras no soluciona nada, la evidencia se hace más clara en lo que veo sin necesidad de la explicación lógica de un por qué. La ignorancia entones, no supera a la realidad, pero ésta se conoce a través de la conciencia viviendo el yo interior en paz teniendo la eternidad con que fui creado. Poco se sabe del mover de un astro y el curso de la muerte pero a veces pretendemos conocer el misterio. Se fueron pues, los seres de mi vida y de mi ser, sé que no todos tienen tu corazón y no vale la pena correr con alguien que no quiere caminar contigo.

Después de mis cavilaciones, no necesito elogiar mi sapiencia, solo debo saber que tengo un propósito que cumplir en esta vida y el suficiente testimonio de la creación me hace pensar el qué hacer de mi existencia. Por este motivo entonces, persevero confiado en mi camino con la esperanza de que todo cambiará y mi poster estado será mejor que el primero; porque todo el tiempo, Dios es bueno…

Roque Puell López - Lavalle

domingo, 3 de mayo de 2026

La despedida


 I

Éramos tres los gatos y un ratón acomodado.

Ahora, solo uno fugado; solo dos

estamos acuartelados...

 II

Compañero te sentía,

aunque en mi salón no cursabas.

Compañero de milicia, hermanito de carrera,

compartimos travesuras incontables, 

serios compromisos...

No ocultábamos simpatía por ella,

la bella Charlotte.

III 

Largo eres como el Quijote, sabio igual a Platón,

queriendo cambiar el mundo... ¡Oh, iluso!

Solo con pluma fuente y carbón.

IV 

Te vas, amigo, sí... te vas.

No puedo detenerte,

ni convencerte siquiera,

poeta y filósofo cantor

de prosas colosales y lógicas amarillas.

No podremos olvidarte, aún en la lejanía.

Suena ya la bocina...

¡Apuras el paso, mexicano!

Vuelve pronto y más cambiado...

¡Apuras el paso, querido hermano!

Que una lágrima se escapa

y nuestro abrazo se confunde.

 VI

Vuelve triunfante, no digas nada...

¡Pero sube ya, cristiano!

"Sí, sí, se lo diré, te escribiremos..."

Pero nunca olvides, compañero,

que por siempre te esperaremos...

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


La palestra

  ¿Por qué me reclama el pincel que se niega a plasmar mis colores? ¿Por qué me regaña la paleta? Solo realizo esbozos en el lienzo de mi co...