martes, 16 de junio de 2026

Un querer queriendo


No puedo combatir lo que siento, porque no sé llamarte por teléfono sin que una nerviosa sonrisa me acompañe cuando te saludo con un simple «hola, ¿Cómo estás?» o me despido con un «hasta pronto», sin tanto aspaviento. ¡Qué locura!

No puedo luchar contra el deseo de verte, porque mi corazón se entristece cuando estás lejos; y, al ausentarse tus palabras, mis sentidos dejan de deleitarse y ya no puedo acompañar con mi vieja guitarra una alegre melodía.

No puedo vencer este sentimiento porque, al despuntar un nuevo día, pienso en ti. Quisiera huir de todo lo que me rodea para contemplar tus ojos grandes y expresivos, negros como la noche, y deslizarme hacia la profundidad de tu alma sin que presientas lo que siento.

No puedo resistir el deseo de estar a solas contigo, mirando el horizonte, para que mi tristeza y la tuya se fundan en un beso; en una unión de amor y consuelo, en una interminable poesía de momentos maravillosos que esperan el instante de ser vividos.

No puedo controlar este amor, aunque lo conciba inalcanzable. Pero cuando surge en mí la esperanza de un destino distinto para los dos, me siento desconcertado, prisionero de una celda de sentimientos que no puedo expresar, por más que lo desee.

No puedo contradecir lo que siento porque, aunque acepte que lo nuestro sea un imposible, una quimera o un cuento de hadas, me alienta el deseo de acercar mi corazón al tuyo, aunque sea rozando tu etérea presencia, pues encuentro en ella dicha y alegría.

No puedo negar que en mí habita el anhelo de que lo nuestro sea algo mejor para los dos, como el sonido lejano de un mar apacible o como un querer queriendo que vive en la intimidad de mi conciencia, enamorada de ti, pero condenada al silencio.

No puedo ir en contra de lo que siento; sin embargo, me alegra atesorarlo. Tal vez, de esta manera, pueda robarle un instante a tu inocencia; quizá pueda soñar con tenerte para siempre conmigo o, acaso, vivir algún día el milagro imposible de mirarte a los ojos y decirte: «Te amo».

Roque Puell López - Lavalle

jueves, 11 de junio de 2026

Sin darse cuenta



Vi que su memoria sería una luz que se extingue en mi universo. Sus palabras que resonaron como verdades en ese momento, yacerán rotas en el fondo del mar porque la marea que juega con los pensamientos, no tendrá ya sustento para seguir creciendo.

¡Ah, la naturaleza! Por eso, el oleaje antes incierto en las playas, fue el presagio claro de una tormenta. Quizás sea de esas que traen un torbellino de vientos y aguas heladas o tal vez vuelvan a aparecer los guijarros brillantes de sus palabras cariñosas y vacilantes.

Mas el recuerdo de aquella hazaña quedó guardado bajo el cielo oscurecido y en el vano resplandor de su corazón. Surgieron preguntas inquisitivas pero un fulgor de razonamientos sin sentido, inundó el desván de sus secretos. Más una lágrima pesada resbaló por los profundos surcos del tiempo y la vida prohibida de aquella relación incierta, terminó desapareciendo. Entonces, la melodía cantada por un niño caló hasta los huesos, calmó su inquietud y disipó las dudas sobre lo que creyó verdadero.

Así las cosas, no hubo reposo para el alma que permanecía inquieta y en continua agitación. En ese momento, se impuso un rotundo no a la tímida paz que intentó asentarse. Parecía ser un estorbo en el silencio del gigante embravecido que estuvo decidido a desterrar las mentiras de una mala actitud. Quizás no hubo causas justificables pero sí estuvo la traición de quien, equivocado, siguió los pasos de una ninfa injusta y desmedida que a todos engañó.

Por eso pienso que los ojos que antes solo veían fantasías —como un arcoíris en un atardecer gris— ahora disfrutan del gran espectáculo de la felicidad que aguarda un mañana mejor. O tal vez no. De pronto, escuchó a lo lejos el canto de un ruiseñor… o quizás fueran los graznidos de un intruso. 

Pero prefiero creer que fue la melodía de quienes murieron sin darse cuenta de que todos, estaban fuera de este mundo.

 Roque Puell López - Lavalle


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martes, 9 de junio de 2026

Hazaña



Verano de 1968. El parque Fátima, en Chorrillos, amanecía sin novedades, como cualquier otro día. Mis vacaciones escolares transcurrían en casa: me quedaba dormido hasta tarde, veía los programas infantiles de la televisión —los clásicos de entonces— y las peleas de boxeo del canal que nos gustaba más, junto a mi prima, que vivía conmigo. Llegaba la tarde y, como era costumbre, salíamos a jugar fútbol; yo iba descalzo, con una pelota que apenas tenía aire, y jugábamos sobre el césped muy reseco. Me había incorporado al grupo de los chicos mayores, que tenían unos dieciocho años, mientras yo contaba solo con once; así vivía yo lo que llamábamos, en mi niñez, el “fútbol de verdad”.

Al terminar la partida, recordé que unos días antes había visto a los cadetes de la Escuela Militar bajar por los cerros que rodeaban la urbanización, vestidos con su equipo de campaña. Sabía que en el cerro Sol existía también el monumento al Soldado Desconocido, y aquello despertó mi curiosidad. Al ver a los cadetes, me animé a hacer lo mismo: subir, sin importarme nada, porque al fin y al cabo era todo un reto. Ninguno de mis amigos quiso acompañarme, y no sé por qué. Así que partí solo: bajé por la zona de Agua Dulce y el Malecón, y llegué rápido a las faldas del cerro.

Decidí subir por el centro del terreno, sin buscar ningún camino —de hecho, ni siquiera quise buscarlo. En pocos minutos, me vi rodeado de piedras y en una situación muy incómoda; pero como ya no había vuelta atrás, tuve que seguir adelante, pronunciando palabrotas hasta llegar al punto donde yo y mi “valiente” irresponsabilidad me había llevado. Entre miedo y terquedad, cubierto de tierra, logré mi hazaña: trepé el pequeño muro que rodeaba el lugar y llegué a la explanada donde se alzaba el obelisco. No había nadie más, pero mi corazón latía con fuerza de emoción; me sentía feliz, contento por haber logrado lo que tanto había deseado en ese momento.

Reinaba un silencio profundo, el lugar resultaba muy misterioso. Parecía un cementerio —y en cierto modo lo era—, y el viento que pasaba haciendo un sonido particular me llenaba de intriga. Luego corrí hacia el Planetario, que estaba un poco más allá. Era un edificio muy antiguo, pero nada comparable a la realidad que vivía frente al monumento. Me quedé pensando y así me preguntaba qué sucedió allí, imaginando en la cumbre a estos soldados peleando y a los caballos desbocados, sin contar los fuertes estruendos de la artillería. Bajé sin saber cuánto tiempo empleé ni cómo logré no caerme por el precipicio.

Con los años, volví a ese lugar cuando ya era mucho mayor, acompañado de una pareja centroamericana, para hablarles de nuestra historia y de lo que significaba para los peruanos este espacio tan lleno de acontecimientos. Pero entonces volvió a mi ser otra vez la emoción indescriptible que viví a los once años. Aunque todo había cambiado en gran parte, el obelisco y la figura del Soldado seguían allí; fueron los mudos testigos de mi vivencia. Me asombré por los sentimientos encontrados y me di cuenta la tremenda altura que pude subir en esa oportunidad, sin morir en el intento. Sin embargo, mi conciencia me había dicho con fuerza: “Lo lograste”.

La historia no acaba ahí. Para ese tiempo ya estaba casado y tenía hijas. Lía, la mayor, que poco antes de cumplir un año, era inquieta y traviesa, igual que su hermana Elizabeth. Esa vez, después de buscarla un rato, la encontré subiendo las escaleras: ponía sus manitos adelante, como si estuviera gateando, y le dije en voz alta, preocupado: —¡¡Hija!! Ella se dio la vuelta, me sonrió de oreja a oreja, y terminó de subir el último escalón que daba al segundo piso, esperando seguramente que yo la cargue. Todavía recuerdo esa escena muy bien.

Inmediatamente me acordé de mi pasado y volví al morro experimentando de nuevo la soledad y mis emociones de entonces. ¡Fue desconcertante! Y fue entonces cuando mi hija me dijo, con su risita burlona: —¡¡Te gané, papá!! ¡¡Llegué más de diez años antes que túúúú!!

Me quedé pensando mucho en esa oportunidad… Recordé que mejor sería no seguir dándole vueltas, así que subí corriendo, muy contento y la abracé llenándola de besos…

Roque Puell López - Lavalle

 

No te lo confesè


No te lo confesé porque tú habías cambiado, porque te habías convertido en un bello cuento. La diosa de mi imaginación se transformó en una tímida e inalcanzable dama, que no daba cabida a mis sentimientos ni tampoco a mis esperanzas. ¿Será verdad que lo nuestro estaba destinado a ser algo irrealizable?

No te lo confesé, pues vanos fueron mis deseos y duras fueron tus palabras; duras como si fueran clavos que tu razón se negaba a escuchar. Pero lo que ahora siento, quizá más adelante logres comprenderlo. Y sabes, si hoy tuviera que elegir con quién habría de quedarme, sería contigo: el qué dirán se desvanecería pronto, pero mis besos jamás se perderían…

Entonces, decidí ser como el mar azul de nuestra costa: imprevisible, firme, sin debilidades, con un ímpetu tan grande que se asemeja a las más temibles tempestades. Y aun así, sé que solo recibiría la brisa de tu indiferencia… ¡No te nació amarme!

Pero si pudiera entrar en el remolino de tus pensamientos más profundos, y si lograra escalar las montañas de tu corazón, ya no tendría por qué recordar más tus desvelos ni tus quebrantos. Porque, si tú no quisiste enfrentar lo que mi corazón anhela, ¿Cómo podría yo llegar a amar al tuyo?

Por eso no te lo confesé aquella vez: para que no sueñes con castillos en el aire, para que no imagines caballeros que quieran vengar desaires, ni mucho menos ladrones que intenten robar mi tesoro más preciado. Aun así, te amo; te amo porque quiero tenerte siempre entre mis besos y nunca dejarte. ¿Será acaso que la soledad de mi vida me conviene más que tus ojos, aqiellos, que tanto deseo?

Roque Puell López - Lavalle

 

martes, 2 de junio de 2026

La abuela


La sonrisa de sus labios vertió ironía al pie del cadalso imaginario. Los ojos impávidos de los hombres contemplaron igualmente el cuerpo inerte que fue hecho jirones por los temibles sucesos acaecidos un tiempo atrás, en la agreste comarca. Nadie, extrañamente, le rendía altos honores; solo quedaban los recuerdos de quienes lo conocieron, tal vez de aquellos que abrazaron sus ideas, sus virtudes y sus no muchos fracasos.

Sin embargo, ellos guardaron el secreto a través del tiempo: no cabía exaltarlo. La muerte tuvo que hacerse presente porque tenía que cumplir con su deber. No importaban ahora esas medallas que habría recibido en batallas, ni mencionarlo en los caminos de la historia o en la pluma de algún escribiente. No, era menester que todos olvidaran su memoria, su rastro y su lejano origen, tal como había sido concebido por las circunstancias.

Más de uno lo experimentaba: si no eran los reyes, entonces lo sentían en el pueblo, en la comarca, lo tenía el extranjero, el soldado y hasta el artesano. Todo el mundo vivía ese momento y lágrimas de alegría rodaban por los rostros tras escuchar el reciente himno interpretado efusivamente por la gloriosa banda de guerra. Soldados que, como antaño eran las milicias de los bárbaros, ahora se mostraban desafiantes, imponentes, pero con una gran diferencia: ya no se conformaban con una determinada invasión, sino que se oponían a cualquier atisbo de sentimiento que quisiera ir en contra de las ideas del momento.

En casa, la abuela siempre decía que conocía al muerto. No era por los años que tenía, ni mucho menos, pero solía decir que la gente se sumía en el llanto por alguien que formaba parte de su vida sin darse cuenta; que intentaba borrar con fantasías a alguien que podía surgir de las negras sombras en cualquier instante y que no hacían falta ni tanta ironía ni tanta fanfarria, para tratar de olvidarlo.

Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando yo todavía era un niño, le pregunté por ese personaje al que ella había conocido en tantas circunstancias y al que, sin embargo, yo parecía no haber notado. Quizá más tarde, cuando crecí y serví en el ejército, tampoco lo vi; nunca me percaté de su presencia. Ella sonrió y me dijo:

—¿Todavía no lo conoces? ¿No te has dado cuenta de que de pequeño siempre te acompañó?

—No, abuela —le contesté.

Ella se puso seria y agregó:

—Por todas las maravillas que la naturaleza te ha podido mostrar y por todos los logros que el hombre ha podido alcanzar, siempre hubo algo antes que él, un origen. Pero el hombre no lo reconoce. Sin embargo, eso aparece en cada instante y en cada oportunidad; te revelará su naturaleza, aunque nunca te dirá su nombre. Pero cuando sientas una opresión en el pecho y tus ojos miren por encima del hombro de cualquiera, ahí sabrás de quién te hablo.

—¿Quién es? —pregunté, sin entender nada.

Ella miró a los lados y me susurró bajito al oído:

—El orgullo.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


Noche de luna entre ruinas

  Noche de luna entre ruinas, compañera de la noche: busco entre las luces de tu plenitud la belleza de lo que un día fue mi casa, y de plan...