jueves, 23 de julio de 2026

Ildelfonso




Tus ojos ya no ven el cielo que hoy ya no habitas, y tu viaje inesperado, que se extendió algunos meses, ha vuelto a despertar la esperanza que quizás nunca hallarás. ¿Por qué regresas a los recuerdos que solo te trajeron sufrimiento? ¿Dónde quedaron los mundos nuevos, las eternas praderas que habrías de conocer para izar la bandera de tu libertad? ¿No es más valiente quien, mordiéndose los labios, acepta que ya no hay retorno?

Te aferras a una y otra vez, al mismo ritmo, a las mismas melodías sin camino y sin respuestas, sin hallar razón a por qué tuviste que partir. Ahora compruebas que la Valquiria no cambia ni modifica su postura; porque los mismos fantasmas del pasado vuelven a acosarla, como si fuera una barrera sin importancia, y su ser sigue reclamando su lugar, para no perderse jamás.

¡Ah, compañero! Tú habrías hallado otros manantiales que podrían regar tus sentimientos áridos, o quizás calmar tus pensamientos amargos. Porque todos tenemos malos recuerdos, pero depende de cuánto los acariciemos o de cuántas legiones se hayan asentado en lo más profundo de tu corazón, que se muestra tan reservado.

Vi cómo la habilidad de tus manos seguía firme, esculpiendo las piedras como el artista consumado que eras. Sabía que la nostalgia ya no tendría motivo, y que eran tus esculturas magníficas las que más te llenaban de satisfacción. Apenas si te importaban todos los honores que te otorgaban por tus creaciones; porque eran obra tuya, surgían seguras, sostenidas por tu voluntad férrea, sin más fundamento que tu propia capacidad de crear. ¿Acaso no habrías logrado liberarte del yugo infiel, quizás del egoísmo de quien dice amar sin sentir de verdad?

Y encima de todo, cargas con el peso de infamias que no te dejan siquiera encontrar alivio ante los dolores de una sociedad impenitente, condenada por actos viles que se ocultan a la luz. ¿¿No sabes que quien vive lejos de su patria, siente la necesidad de demostrar su carácter? Porque al estar separado de lo que amas como su hogar, te ves obligado a estar solo frente al mundo y frente a todos. Para eso necesitas serenidad, quizás sensibilidad, pero sobre todo valentía a toda prueba; y solo entonces podrás volver a amar sin fronteras, cuando hayas comprendido que debes alcanzar lo que deseas, aunque ella no haya sabido entenderte.

Ahora logro comprenderte, cuando me lo cuentas con franqueza, sin rodeos, sin buscar gloria ni compasión; y todo eso se ha convertido en tu verdad. ¿Sabes? Tu resentimiento habla más fuerte que cualquier explicación, más que el laberinto de tus propias palabras, incluso más que las campanas que llaman a defender lo que crees justo.

Busca en lo profundo de la tierra; eleva tu alabanza al Santo. Mira los caminos del atardecer, en aquellos lugares que no alcanzas a ver, porque desde lo alto se abrirá el sendero de tu nuevo despertar. Imagina que estás en la inmensa oscuridad de las cumbres cubiertas de estrellas, donde la conciencia se halla libre, sin dueño que la guarde ni ataduras que la limiten. En ese lugar misterioso, amigo, eleva tu espíritu y aleja de ti los obstáculos que te impiden triunfar.

Cuando entiendas que la libertad significa también dejar atrás lo viejo para entrar en un mundo de esperanza sin pretextos ni cadenas, comprenderás que vale la pena sembrar lo que no se ve, para recibir luego una cosecha de felicidad constante. Pero recuerda: no serás tú quien lo logre por sí mismo, sino que será Él quien te muestre el camino. No te detengas, sigue perseverando.

Con el tiempo, tu figura se convertirá en una leyenda; quizás un murmullo hable de tus ojos, que parecían no creer en lo que veían, pero serás una estrella radiante, que brilla con luz propia sin cegar a quienes buscan consuelo. Tal vez aparezcas entre los comentarios de la gente, o en medio de las tormentas terribles del desierto: esas que son oscuras, lejanas, incontrolables, que no forman parte de nuestra esencia. Y tal vez te encuentren en las aspiraciones de quien se alejó de todo, de un soñador olvidado o de alguien que nunca quiso regresar… aunque, en el fondo, nunca habría dejado de intentarlo.

Roque Puell López - Lavalle

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Nobles apariencias


Parecían ser, el uno para el otro, la oportunidad hallada y, sin importarles demasiado, se rindieron sin enfado a las circunstancias. Que se ocultaran siempre en la oscuridad para alimentar sus ansias parecía confirmarlo. Era un secreto a voces que su unión ya había comenzado, pero son las desventuras y los trompicones los que se juntan siempre, más aún si se trata de consumar lo que antes estuvo pensado. Se buscaba también lo que no se había disfrutado en mundos dispares que nunca se cruzaron.

Cuando los deseos del corazón descansan en los encuentros furtivos, se comprende lo que anhela la fuerza de la pasión en medio del torbellino. Las noches fueron testigo del apasionamiento, las palabras que se dijeron fueron las que nunca se expresaron y las lisonjas solo vivieron en el instante. Sin embargo, el devenir de las miradas no garantiza el hecho consumado. Unos confunden el amor con la mortaja; otros, el deseo con las fantasías de grandeza; pero ninguno la dicha que une al sublime sentimiento.

Ocurre que algunos se ilusionan mientras los otros ya están muertos: no conocen el amor y simplemente lo condenan. La fe —que todo lo cree y todo lo soporta— solo alimenta la esperanza de que alguna vez todo cambie, aunque nada hay más incierto. Cuando el cauce de un río crece y está destinado a ser inconstante, nada lo detiene, nada bueno le importa. Es como el yugo de los bueyes: unidos en una sola dirección, en un solo surco, en un camino directo al matadero.

El tiempo pasa y los desencuentros de uno se van forjando en el otro. Las ilusiones se transforman en pretextos; los deseos, en negaciones. Tal vez porque la esperanza se acaba cuando termina el hechizo que alguna vez fue suficiente. No hay otro camino, no hay otra algarabía: el cariño se topa con la indiferencia y esta se enfrenta a la obligación de decir que fue ultrajada. ¡Tremenda indecencia!

No valen las palabras ni hay respeto en las acciones; mientras más se espera, más se ignora, pues cuanto más se sufre, mayor es la discordia. Lo que un día fue la belleza del presente hoy se pierde en nostalgias y amarguras. Entonces, ¿Por qué tantas ilusiones?, ¿Por qué se soñó en la esperanza?, ¿No era mejor vivir el momento? Recién entonces supieron la verdad oculta: en el uno yacía la mentira escondida y al otro le correspondió descubrir el ídolo roto.

Pequeños fueron los secretos y grandes crecieron los desencantos. Aparecieron las palabras ociosas que se hicieron realidad; florecieron las falsedades disfrazadas de verdad. Nada quedó en el lecho: solo el inmenso vacío de una profunda soledad.

Por eso, así como la muerte no discrimina, el ser humano recorre el camino del barquero que lleva finalmente su cuerpo por el lago del más allá. Entonces, quienes fueron estrella rememoraron las palabras del pasado o quizá las ilusiones de los deseos truncados; pero, más allá de eso, solo quedó la desazón por los tiempos no concluidos. Tampoco imaginaron que todo esto alcanzaría a sus viejos amigos, pues a muchos de ellos jamás volverían a encontrarlos.

A fin de cuentas, solo fueron mentiras habladas que lucieron bien presentadas. Tal vez algunas fueron dichas con mucha elocuencia, pero otras si fueron, sencillamente, nobles apariencias.

Roque Puell López - Lavalle

sábado, 18 de julio de 2026

Mare Nostrum



En la quietud del remanso, en la marea creciente de la orilla y en la brisa fresca que me invade el rostro, encuentro mi paz, mi deseo, encuentro mi nombre. Al pasar las horas, los minutos, quizás los años que cuentan, enciendo mi hoguera para saber que no estoy solo, admirando las estrellas que adornan el firmamento...

Cuando se oculta el sol en el horizonte, cuando lánguida muere mi fe y nace mi descontento —tal vez medio muerto—, vivo de nuevo porque siempre crezco cuando vuela mi pensamiento. En la tempestad, la ira del mar me congela; las olas encrespadas amenazan mi vida y el rugir del gigante me estremece al oírlo. El vuelo de las aves me resulta indiferente, y hoy recuerdo la huida del amigo cobarde...

Veo el mar en silencio y me agrada su color tan profundo: ese azul intenso que me cautiva, y la fuerza de su inmensidad es lo que me sobrecoge. Las formas de su espuma me intrigan, pero se van pronto cuando las ignoro y desaparecen como las burbujas que brotan de la arena. Así quiero conquistarlo, porque no le tengo miedo y me gusta desafiarlo. Pero él siempre me responde con su bravura cada vez que lo intento...

Si soñara que es mío el Mare Nostrum, como dicen algunos, nunca alcanzaría a ser su Señor, aunque así lo quisiera. No podría ser el dueño de sus dominios, y menos aún podría contener su tremenda fortaleza. Pero desearía ser un poquito como él... aunque eso sea solamente una utopía. Es más: sería una locura vivir sin ataduras, pretendiendo tal vez ser libre como el viento...

Roque Puell Lóoez - Lavalle

domingo, 12 de julio de 2026

Noche de luna entre ruinas



 
Noche de luna entre ruinas, compañera de la noche: busco entre las luces de tu plenitud la belleza de lo que un día fue mi casa, y de plano solo encontré las pobres siluetas de mi ventana. Aquello que la tierra se me adelantó, hoy tembló con todas las piedras; hoy quedaron las ruinas de mis sueños bañados en la soledad del tiempo. No recuerdo la hora, solo me despertó el ruido del portento y un triste sollozo de niño entre los brazos de su madre. Nomás vos… solo me quedó rezar, fijáte.
 
Noche de luna entre ruinas: me robaste la alegría de jugar con uno mis chunches y admirar de lejos a mi novia escondida en el zaguán de la casa de mis abuelos. Pero eso ya no existe, y hoy evoco con nostalgia mi pueblo. Hoy quiero intentar respirar, y por ello meto pala en la tierra, porque quiero desgajar desesperado mi alma en pena. ¡Oh, gente de mis amores! ¡Hoy quiero volver a admirarte!
 
Noche de luna entre ruinas: ya no le atino a los petates del muerto, porque hoy edificaré mi esperanza en el cerro del Baúl. No, no me tildes de loco: allí estará mi casa, acaso con el sentir de la milpa que nunca tuve —así de sencilla, con esa elegancia pura al estilo de los grandes señores. Hasta allí me guiarás con tu luz, pero jamás me quitarás la vida: ella no se irá, ni con la sabiduría de mi fuerza, ni con la alegría de mi patoja.
 
Y aunque tiemble otra vez la tierra, está escrito con cinceles de hierro que ya no me entristeceré jamás. Porque entonces estaré al pie del cañón, y con la mirada en alto… como debe de ser.
 
Roque Puell López - Lavalle
 
 
 

jueves, 9 de julio de 2026

Las flores amarillas



 
En el jardín de la vida —cuyo nombre no recuerdo— nacieron distintas flores de muchos colores. Había violetas, azules, rojas, anaranjadas; incluso los pequeños e insignificantes botones tenían su lugar. Las criaturas de la pequeña parcela vivieron un momento de ensueño al explorar aquel magnífico territorio. Podían hurgar entre las raíces, construir refugios, buscar el sustento y hacer todo cuanto quisieran, porque aquel mundo parecía ser solo para ellas. Los pájaros no dejaban de trinar, pero las flores, con sus distintas túnicas, se ufanaban preguntándose cuál era la mejor. Ya fuera por su nombre o por su inusual colorido, muchas se dedicaron a alabar sus propias y dones; pero solo una de ellas se quedó pensando en la libertad.
 
Ella disfrutó de los aromas que llenaban el aire, presenció cómo el ruidoso abejorro conquistaba a las rosas, vio nacer a las diminutas florecillas y observó a las temibles arañas con sus trampas: fue testigo de un sinfín de nuevas vidas que desfilaban ante sus ojos. Todo parecía tan maravilloso que apenas podía creerlo: una mañana esplendorosa daba paso a la ternura del atardecer, y quizás luego llegaría el arcoíris más hermoso.
 
Hasta que llegó la incomprensible brisa del invierno, el momento gélido que puso a prueba la inocencia y sorprendió a todos los habitantes. Quizá fueron tiempos impredecibles, sin ninguna estrella que les avisara; pero trajeron enfermedades, desencantos y situaciones inesperadas, y pronto quedó claro que aquellos no serían buenos días.
 
La risa se tornó llanto, las palabras se volvieron amargas remembranzas y todo terminó en silencio. No había nada que descifrar ni nada que arreglar: el invierno había cumplido su cometido, y los sueños pagaron su inocencia. El amor se volvió injusto entre reproches inconscientes; y aunque todos deseaban que fuera distinto, el destino siguió su curso. El pequeño terruño ya no fue el mismo: se habían agotado las oportunidades.
 
Las flores, ahora avergonzadas, empezaron a cerrar sus hojas, pues sus pétalos perdieron el color y solo podían soportar el frío de la lluvia. Todos aguardaban una esperanza que no llegaba. Aún confiaban en que nuevos vientos se llevarían al invierno. ¿Traería la sorpresa un nuevo comienzo? Solo el silencio respondió: nada de lo que imaginaron ocurrió. Y así, en medio de la tristeza, solo alcanzaron a ver a lo lejos: la libertad frustrada y la tristeza profunda de las flores amarillas…
 
Roque Puell López - Lavalle
 
 
 

Amanecer

  I Vuelan los cánticos de las aves en una romántica canción; y en los cánticos de los cielos, yo encuentro tu melodiosa voz…   II Amanece e...