miércoles, 22 de julio de 2026

Nobles apariencias


Parecían ser, el uno para el otro, la oportunidad hallada y, sin importarles demasiado, se rindieron sin enfado a las circunstancias. Que se ocultaran siempre en la oscuridad para alimentar sus ansias parecía confirmarlo. Era un secreto a voces que su unión ya había comenzado, pero son las desventuras y los trompicones los que se juntan siempre, más aún si se trata de consumar lo que antes estuvo pensado. Se buscaba también lo que no se había disfrutado en mundos dispares que nunca se cruzaron.

Cuando los deseos del corazón descansan en los encuentros furtivos, se comprende lo que anhela la fuerza de la pasión en medio del torbellino. Las noches fueron testigo del apasionamiento, las palabras que se dijeron fueron las que nunca se expresaron y las lisonjas solo vivieron en el instante. Sin embargo, el devenir de las miradas no garantiza el hecho consumado. Unos confunden el amor con la mortaja; otros, el deseo con las fantasías de grandeza; pero ninguno la dicha que une al sublime sentimiento.

Ocurre que algunos se ilusionan mientras los otros ya están muertos: no conocen el amor y simplemente lo condenan. La fe —que todo lo cree y todo lo soporta— solo alimenta la esperanza de que alguna vez todo cambie, aunque nada hay más incierto. Cuando el cauce de un río crece y está destinado a ser inconstante, nada lo detiene, nada bueno le importa. Es como el yugo de los bueyes: unidos en una sola dirección, en un solo surco, en un camino directo al matadero.

El tiempo pasa y los desencuentros de uno se van forjando en el otro. Las ilusiones se transforman en pretextos; los deseos, en negaciones. Tal vez porque la esperanza se acaba cuando termina el hechizo que alguna vez fue suficiente. No hay otro camino, no hay otra algarabía: el cariño se topa con la indiferencia y esta se enfrenta a la obligación de decir que fue ultrajada. ¡Tremenda indecencia!

No valen las palabras ni hay respeto en las acciones; mientras más se espera, más se ignora, pues cuanto más se sufre, mayor es la discordia. Lo que un día fue la belleza del presente hoy se pierde en nostalgias y amarguras. Entonces, ¿Por qué tantas ilusiones?, ¿Por qué se soñó en la esperanza?, ¿No era mejor vivir el momento? Recién entonces supieron la verdad oculta: en el uno yacía la mentira escondida y al otro le correspondió descubrir el ídolo roto.

Pequeños fueron los secretos y grandes crecieron los desencantos. Aparecieron las palabras ociosas que se hicieron realidad; florecieron las falsedades disfrazadas de verdad. Nada quedó en el lecho: solo el inmenso vacío de una profunda soledad.

Por eso, así como la muerte no discrimina, el ser humano recorre el camino del barquero que lleva finalmente su cuerpo por el lago del más allá. Entonces, quienes fueron estrella rememoraron las palabras del pasado o quizá las ilusiones de los deseos truncados; pero, más allá de eso, solo quedó la desazón por los tiempos no concluidos. Tampoco imaginaron que todo esto alcanzaría a sus viejos amigos, pues a muchos de ellos jamás volverían a encontrarlos.

A fin de cuentas, solo fueron mentiras habladas que lucieron bien presentadas. Tal vez algunas fueron dichas con mucha elocuencia, pero otras si fueron, sencillamente, nobles apariencias.

Roque Puell López - Lavalle

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