jueves, 3 de septiembre de 2026

Audacia


Max Planck decía que el miedo es tan saludable para el espíritu como el baño para el cuerpo. Yo creo que tiene razón, si a los 22 años quieres experimentarlo y, quién sabe, retarlo para ver quién es el triunfador de esta sensación.

Diciembre de 1978 fue un mes soleado, y aquel sábado teníamos un bonito verano ya declarado. Recuerdo que nuestro Perú vivía aún la Dictadura Militar, pero a nosotros, los muchachones del barrio, no nos importaba en lo más mínimo. Creo que la música de moda sonaba más fuerte en nuestros oídos, fuera Barry White o el recordado Cat Stevens.

Me habían prestado una bicicleta en buenas condiciones; eso me agradaba, pues anteriormente hacía mis andanzas por Barranco y Chorrillos, pero esta vez nos juntamos dos amigos más y enrumbamos hacia Magdalena del Mar desde el mismísimo Miraflores. Charly, el mayor, era de cabello enrulado y, llevando a Pancho en el cuadro, parecían padre e hijo: ambos eran melenudos, solo que uno tenía el pelo lacio y el otro revoloteado. Yo no me quedaba atrás con mi jean blanco —antes azul— y un cabello igualmente crecido; formábamos, pues, el trío más estrafalario.

Enfilamos por la Avenida del Ejército con las dos bicicletas, en una suerte de carrera para visitar a nuestro amigo Robertino Benvenutto, llamado «el duro» por la forma caprichosa que tenía de caminar. Nuestra meta era recogerlo y llevarlo en mi bicicleta a Miraflores nuevamente, como algo inusual y no tanto por algún acontecimiento importante. En el viaje, nuestra temeridad, sumada a la del transporte público y los autos, era digna de verse; poco nos importaba el peligro y, aunque los demás tenían lo suyo porque la vía era difícil, nadie podía presagiar lo que iba a pasar después…

De regreso, llevando a Robertino a Miraflores, se me ocurrió proponer una nueva carrera, pues en la primera ganaron ellos y en esta tenía que ser yo. La distancia era de 5 kilómetros por toda la Avenida del Ejército, desde el final de la Avenida Brasil hasta la Avenida Larco en Miraflores. No había nada que pensar y comenzó. Pedaleé tan duro que llegué a ser el líder de la competencia, sacando buena ventaja. La adrenalina de todos estaba al máximo y yo estaba frenético, ganando a lo lejos. Pasamos por la Bajada de San Isidro, junto al Cuartel San Martín, y esta bajada era una pendiente empinada y peligrosa desde la pista de arriba hacia abajo, en el llamado circuito de playas. Eufórico, le dije a Robertino:

—¡¡¡Bajamos!!!

Su terrible <<¡¡¡Noooooooooooooooo!!!>> se hizo notar, pero muy tarde: ya estábamos cuesta abajo. Cogimos una velocidad promedio de por lo menos 80 kilómetros por hora. Los autos que subían por la cuesta nos desviaban en segundos. Yo mantenía el timón firme y recuerdo que, con la velocidad desplegada, los dos solo atinamos a gritar, pero no pidiendo auxilio —porque éramos muy valientes—, sino porque la experiencia vivida en esos momentos hacía insostenible mantener la calma.

De pronto, no pude tomar la curva porque era muy cerrada; además, se nos vino un carro encima y tuve que seguir derecho para librarme de él, pero iba directo al precipicio, derechito al mar en línea recta. No tuve otra opción: torcí el timón hacia mi izquierda a tremenda velocidad, lo que hizo que Robertino se fuera hacia adelante, cayendo pesadamente. Yo salí disparado hacia arriba y, al caer también fuertemente, aterricé casi de pecho sobre el terreno, generando un «hongo» inmenso de tierra.

Ni bien me reincorporé un poco, la bicicleta cayó sobre mis espaldas. No le hice caso: buscaba a Robertino y lo encontré tosiendo, escupiendo tierra y piedras por la boca. Se le veía tan mal… eran momentos dramáticos.

—¡Robert! ¡Robert! ¡Qué tienes, compadre!

Y me respondía entrecortado; no se le entendía nada, tartamudeaba. Al fin, al verlo de esa manera lastimosa pero entero, me vino un ataque incontrolable de risa, burlándome de su condición. Él, mirándome igual, también comenzó a reírse de mí y nos abrazamos casi llorando, carcajeándonos un buen rato de lo mal que estábamos los dos y de que nada nos había ocurrido.

Cuando se disipó esa nube de tierra, nos dimos cuenta de que estábamos a solo 5 metros escasos de caer cuesta abajo por el acantilado. En un espacio tan pequeño sucedió lo inimaginable.

Luego miramos hacia arriba. ¡Parecía un anfiteatro griego y nosotros los protagonistas! Muchas personas se habían congregado alrededor del cerro, desde la pista hacia abajo, para ver lo que había acontecido. Era noticia nacional: muchos carros estaban estacionados y los curiosos se quedaron quietos mirando qué hacíamos. Entre ellos, Pancho y Charly estaban boquiabiertos, mientras nosotros seguíamos riendo sin control, terminando por burlarnos de los que nos observaban.

Al final, todos se fueron. Nuestros amigos bajaron, no para regañarnos, sino para celebrar tremenda osadía y, sonriendo, nos dieron palmadas en la espalda, como diciendo: «Buena la hicieron». Ya tranquilos, nos dimos cuenta de que no teníamos más que unos pequeños rasguños, nada serio: Robertino tenía un raspón cerca del ojo izquierdo y yo otro en el codo izquierdo, todo sin novedad.

También me di cuenta de que la cuesta había quedado inconclusa: la parte más difícil la habíamos pasado y la continuación era relativamente sencilla, así que le propuse a Robertino bajarla. Su rotundo «no» me dio a entender que estaba curado, pero yo lo hice nuevamente dos veces más, aunque ya sin la magia inicial, porque la emoción había terminado.

Eran casi las 6 y el sol se ocultaba. Una profunda emoción nos unió a todos y seguimos caminando con las bicicletas rodeando la playa por el circuito hasta llegar a Miraflores. Solo en algunos trechos volvimos a pedalear como al principio, pues era necesario por la distancia, pero después preferimos caminar. Nuestras figuras se oscurecían con el atardecer y la luz de este reflejaba la esperanza de vivir nuevamente, como si fuéramos parte de esta naturaleza marina, que todo cambia y todo se hace nuevo en el transcurrir de su paso. 

Cuando llegamos ya era de noche. Estábamos cerca de mi casa y nos sentamos en el césped del parque tomando unas Coca-Cola y hablando de lo que había pasado. Entre risas y reflexiones serias, comprendimos que éramos muy afortunados y que esta experiencia nos marcaría a los cuatro para siempre. No obstante, le dije a Robertino que, cuando bajábamos peligrosamente, sentí una extraña sensación dentro de mí: tenía una certeza inexplicable de que absolutamente nada nos iba a ocurrir. Él, con tierra en los ojos todavía, me dijo sorprendido:

—Yo también… no sé por qué, sentí lo mismo…

Y nos dimos otro abrazo sonriendo, celebrando todos.

Esto ocurrió hace 32 años y el lugar de los hechos todavía existe, pero totalmente cambiado. Nuevas son las barreras y los alrededores de este camino a la playa. Siempre que paseo en auto y paso por allí, me viene a la mente «cómo pude» y sonrío mecánicamente. Creo que nunca podré olvidarlo.

Hace poco me encontré con Charly; eran como las 11 de la noche en Miraflores. Nos habíamos pasado de largo con una mirada indiferente, pero una corazonada me detuvo y, volteando, le grité: ¡¡Charly!! Él hizo lo mismo a la vez que yo y preguntó:

—¿Tú eres Roque?

Sonreí, me emocioné, me acerqué y nos abrazamos fuertemente. Está viejo; dizque periodista, escritor y con una colita al final del cabello. Adiós a los rulos de hace mucho tiempo. Pancho todavía vive, creyendo en los OVNIS, y a veces hablamos por Facebook. Robertino, sin algunos dientes, igualito pero con patas de gallo. Con el humor de siempre y tan diferente al mío, nos pusimos al día al conversar después de 10 años de no vernos.

Hablamos de la audacia. ¿Audacia? Estupidez temeraria diría yo ahora a mis 69 años, pero no, no puedo ser injusto: todavía vivimos para contarlo. Además, lo más bonito fue que el miedo nos unió a todos. Entre la línea delgada que divide la vida y la muerte, vale la pena esta vivencia, porque la amistad se fortalece en los momentos más difíciles y la vida puede verse de otra manera. A veces pareciera que tienen que ocurrir ciertas situaciones para que los hombres, en medio de las adversidades, tengan que entrelazarse como hermanos.

Entonces, valió la pena vivirlo, contarlo como una anécdota o como una locura de juventud que puede ayudar a valorar los tiempos y las sazones, los sentimientos entre unos y otros… no lo sé. Ahora, en este año, tampoco estoy seguro si quisiera repetir la audacia. El tiempo lo dirá…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


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