domingo, 30 de agosto de 2026

Charlotte




Aquél fin de semana, en el campo alegre de la mañana y bajo la sombra del manzano silvestre, me dijiste, con voz reservada, tu nombre en medio de las angustias de mi ser enamorado. Así, extrañado, te conocí; fueron testigos de aquel momento las quebradas que susurraban y el silencio de tu volcán dormido —que, sin embargo, en ocasiones nos regalaba un poquito de temor cuando despertaba y se estremecía sin ningún reparo--.

Y mientras contábamos el tiempo, con el ruido del río que adornaba el paisaje, también me regalaste tu mirada serena y sencilla al igual que tu sonrisa sin par. Quedé entonces azorado por tu sinceridad y mis sentimientos inseguros afloraron; porque escuché a mi corazón decirle al tuyo cuán grande sería mi respuesta si mi amor fuera correspondido. ¿Será que en ese instante no supe darme cuenta?

Pero yo estaba triste, mientras tú estabas tan contenta de conocerme, de saber algo más de tu amigo que en su soledad, dormía pensando en ti. Pero en aquellas eternas madrugadas, descubrí ensimismado que todavía vivo la ilusión de tenerte pronto, antes de que amanezca. Quizás, entre las oscuras noches del frío serrano y la luna tachonada de estrellas, ellas alumbrarían sin duda las intenciones de mis palabras, para después regalarte un gran beso apasionado e infantil…

¡Ah! Pero la distancia encuentra su cómplice en nuestras entrañables esperanzas, y aun así ellas no sabrían todavía qué habría de acontecer si, solo por ese día, mis emociones quisieran volver a vivir. No, no soñemos ahora con castillos medievales, porque hace mucho que esta atracción nació entre dos almas solitarias, que ansiaban un amor y estaban llenas de ganas de ser felices. Pero luego nuestro ser despertó, y no tardamos mucho en volvernos a encontrar.

Así son las cosas: en el día menos pensado, miraré al sol brillante en toda su plenitud, recordaré que mi amor sincero te entregó mi calor sin reparos ni preguntas. Por eso, mañana sería tarde si no te lo digo hoy: eres la mujer que tanto esperé, la que sueño cada noche, con la calidez y la sencillez de tu sonrisa…

Roque Puell López - Lavalle



 


miércoles, 26 de agosto de 2026

El silencio del padre



Cuando diste el sí en una ceremonia tan magnífica y las felicitaciones llegaron junto con tu buena decisión, más tarde tuviste la responsabilidad de trazar muchos planes para construir un mejor mañana. Ese fue el silencio de la esperanza…

Cuando supimos cómo de ti nació un ser vivo, bello, majestuoso e indefenso; más cuando luego viste que eran dos los que llenaban de alegría y sentido el vacío de tu soledad, así es el silencio del tiempo…

Y si tus hijos fueron creciendo, parecidos a ti o a tu pareja, con esa misma forma de ser, con las mismas ocurrencias y manías que antes ni tú mismo no podías imaginarte, piensa que en su personalidad está el silencio del carácter…

Si observaste con sorpresa cómo los llamaban para grandes proyectos y oportunidades de trabajo, pero a ellos solo les gustaba divertirse o disfrutar del gran amor que había llegado a sus vidas; y no se lo pudiste impedir, todo aquello se convirtió en el silencio de la paciencia…

Pero al final, luego de estudiar en la Universidad, llegaron graduados trayendo sus medallas y sus títulos, que tanto esperabas mientras ya no cabía la alegría en tu corazón, eso era el silencio del orgullo…

Te convertiste en abuelo, pero tú deseaste que tus nietos aprendan ya mismo la forma en que tú jugabas en tu infancia; sin darte cuenta de que eran otras épocas, y que ellos sólo querían era vivir su propia vida, entonces, ese es el silencio del deseo de ser independientes…

Cuando murieron sus tíos o sus mejores amigos y tuviste que contenerte porque no pudieron luchar contra el destino, ni defender sus sueños que se rompieron en pedazos; eso fue para ti el silencio de la impotencia…

Pero con el paso de los años, recuerda que tú tampoco fuiste perfecto y que también te equivocaste. Pero si en algún momento te han hecho reclamos diciendo que no fueron felices como ellos hubieran querido, no te culpes ahora porque la forma de ver las cosas no cambiarán, ni tampoco su cariño o su respeto por ti. Ellos cosecharán, como tú, el dolor de su propio camino y el malestar de un corazón indiferente. Finalmente, te marcharás de esta vida en un profundo silencio, sin despedirte de nadie. Ése, es el silencio del padre…

Roque Puell López - Lavalle


martes, 18 de agosto de 2026

Amanecer

 
I

Vuelan los cánticos de las aves
en una romántica canción;
y en los cánticos de los cielos,
yo encuentro tu melodiosa voz…
 
II

Amanece el día y el sol busca tus ojos,
mas no saben que tu ser fue creado
para quien te ame y te entregue
todo su amor…
 
III

Por eso, despierta hoy de tu sueño
o cántame tú, otra vez, gitanilla,
que anhelo mirar tu sonrisa
y quererte más… en mi silencio.

Roque Puell López - Lavalle


Al canto de la orilla



Quisiera caminar contigo a la luz de la luna, al borde de la orilla, tal como la arena nos recibe: vasta y generosa. Disfrutando juntos el vuelo de las aves, del mar que se agita impredecible a nuestros pies, así como me inquieta alegre tu mirada. Tus bellos ojos negros son aquel resplandor que me ilumina, son la luz que pinta tu candor y que me invita, atrevido, a besarte.

Tus deseos me contemplan diciéndome:

Quédate conmigo esta noche, veamos juntos cómo se oculta la luna y busquemos el amor. Háblame tú como siempre lo haces, con tu voz tierna y rebelde. ¿La ves cómo nos sonríe?

Afortunado soy al encontrarte, y a la vez me siento como quien no quiere dejarte escapar. Quiero ser tu más dulce amante, aunque no sepa cómo terminará esta aventura. Que me quieres como yo, eso ya lo sé; cuéntame la verdad: no digas que somos pequeños, porque te pienso mucho aunque no siempre estés en mi regazo. Las palabras que nos decimos son poemas, delicados versos que se pierden en la inmensidad de la noche, confiesan nuestros anhelos y se refugian en el alma para luego quedar en silencio. Te amo y no quisiera perderte, aunque a veces quisiera llevarte muy lejos sin atender a tus ruegos. Y ahora dejo claras mis intenciones para dar fin a las dudas: que muera el vano sufrimiento.

¿Todavía quieres escucharme?

Sí, pero ahora quiero que me hables con las manos, que nuestros mimos se fundan en el horizonte y nos riamos juntos de los cuentos trasnochados.

¡Ah, mujer! No me tildes de anticuado…

Que tus amores calmen mis miedos y mis esperanzas; que tu corazón viva intensamente junto al mío, sin importar el tiempo ni la distancia. Que nunca mueran la tarde ni la noche, porque ya no importa nada, ni siquiera el mañana.

Quiero entonces dibujarte a besos y admirarte toda, para cambiar mis pensamientos por tus incesantes anhelos. Ahora solo quiero convencerme de que esto no es un sueño de muchachos: que no hablemos más y vivamos sin cuidados, que hoy nos amamos…

Entonces, sígueme contando tus bellas intenciones, tus locuras y ocurrencias que tanto hacen falta a mi corazón asustado. Y que nunca se te ocurra terminar este momento que por fin nos ha encontrado. ¿Me lo dirás?

Claro que sí, mujer. Pero después me gustaría que caminemos recibiendo la brisa, quizás viendo irse a las aves, dejando nuestras huellas en la arena para que nunca se borren y siempre las recordemos… al canto de la orilla.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 


sábado, 1 de agosto de 2026

Todavía


 
Todavía puedo sentir el viento golpeando los surcos de mi rostro; y tal vez ahora dé por cierto lo que cuentan algunos: que este fenómeno acaricia con gélido placer nuestro semblante con el paso del tiempo, para hacernos recordar vivencias del pasado. ¿Será cierta esta afirmación? No sé si creerla.
 
Todavía viene a mi mente, al comenzar el estío, el final de una ilusión que se transformó en una época perdida, contada en los manuscritos de un texto quizás muy antiguo, y que hoy no es más que una contradicción que nunca halló respuesta. Quizá fue el sueño de un loco, o el futuro misterioso de un extraño Quijote que, por mucho madrugar, jamás vio amanecer una esperanza.
 
Todavía pensé que, pasado más de un año de tu alejamiento, despertarías de tu letargo; pero comprendí que solo fueron negativas de tu alma, desdeñables y extrañas a todas luces. Y así, mi corazón entendió por fin tu indiferencia y tu irrespeto hacia quien te amaba, refugiándote en la oscura madriguera de la lejanía.
 
Todavía las palabras se las lleva el viento; las malas acciones son heridas que te infliges a ti mismo; la ingratitud es tu costumbre, y todas ellas son las espinas de un rosal que hace sangrar las manos protectoras que quisieron cuidarte. Acaso quería verte feliz, para luego defenderte de los fantasmas de esos recuerdos de los que te negabas a hablar.
 
Todavía anhelo tu voz de reclamo, tus palabras efusivas defendiendo tu verdad, habida cuenta que no quisiste enfrentar el amor de un soldado que te pidió una oportunidad sincera. Pero así sucede: la oscuridad penetra en una casa sin cimientos, la niebla lo hace bajo el sol más radiante, y luego muere en la realidad más etérea, sin pena ni gloria.
 
Todavía creí que me guardabas lealtad, o que tuvieras encendías hogueras de comprensión con tu mano cálida y sincera, como algo más que una amistad. Pero pienso que me equivoqué: porque elevadas son las vallas de tu castillo, inaccesibles son sus cumbres para recibir mi bendición, y oscuros —imposibles— los caminos para llegar a tu egoísta corazón.
 
Todavía lo siento, lo escucho incesante en mi ser entristecido por tu silencio; y estoy seguro de que ni siquiera te importará. No te preocupes por ello: he renunciado a ti hace pocos días, en la madrugada fría y lluviosa de un guerrero que espera dar muerte al dragón de sus desvelos. Decir que no te amo sería mentira: aún siento el viento frío golpeando mi rostro, y sé además, por tu pérfida negativa, que nunca me amarás. Sin embargo, estoy cierto de que hoy no volverás… y yo tampoco volveré a amarte.

Roque Puell López - Lavalle

Mirarlos de frente

  Mis propias guerras y mis propias victorias, mis propios amores y mis propias decepciones, mi propia vida y mi propia muerte. ¿Quién me po...