Todavía puedo sentir el viento golpeando los surcos de mi rostro; y tal vez ahora dé por cierto lo que cuentan algunos: que este fenómeno acaricia con gélido placer nuestro semblante con el paso del tiempo, para hacernos recordar vivencias del pasado. ¿Será cierta esta afirmación? No sé si creerla.
Todavía viene a mi mente, al comenzar el estío, el final de una ilusión que se transformó en una época perdida, contada en los manuscritos de un texto quizás muy antiguo, y que hoy no es más que una contradicción que nunca halló respuesta. Quizá fue el sueño de un loco, o el futuro misterioso de un extraño Quijote que, por mucho madrugar, jamás vio amanecer una esperanza.
Todavía pensé que, pasado más de un año de tu alejamiento, despertarías de tu letargo; pero comprendí que solo fueron negativas de tu alma, desdeñables y extrañas a todas luces. Y así, mi corazón entendió por fin tu indiferencia y tu irrespeto hacia quien te amaba, refugiándote en la oscura madriguera de la lejanía.
Todavía las palabras se las lleva el viento; las malas acciones son heridas que te infliges a ti mismo; la ingratitud es tu costumbre, y todas ellas son las espinas de un rosal que hace sangrar las manos protectoras que quisieron cuidarte. Acaso quería verte feliz, para luego defenderte de los fantasmas de esos recuerdos de los que te negabas a hablar.
Todavía anhelo tu voz de reclamo, tus palabras efusivas defendiendo tu verdad, habida cuenta que no quisiste enfrentar el amor de un soldado que te pidió una oportunidad sincera. Pero así sucede: la oscuridad penetra en una casa sin cimientos, la niebla lo hace bajo el sol más radiante, y luego muere en la realidad más etérea, sin pena ni gloria.
Todavía creí que me guardabas lealtad, o que tuvieras encendías hogueras de comprensión con tu mano cálida y sincera, como algo más que una amistad. Pero pienso que me equivoqué: porque elevadas son las vallas de tu castillo, inaccesibles son sus cumbres para recibir mi bendición, y oscuros —imposibles— los caminos para llegar a tu egoísta corazón.
Todavía lo siento, lo escucho incesante en mi ser entristecido por tu silencio; y estoy seguro de que ni siquiera te importará. No te preocupes por ello: he renunciado a ti hace pocos días, en la madrugada fría y lluviosa de un guerrero que espera dar muerte al dragón de sus desvelos. Decir que no te amo sería mentira: aún siento el viento frío golpeando mi rostro, y sé además, por tu pérfida negativa, que nunca me amarás. Sin embargo, estoy cierto de que hoy no volverás… y yo tampoco volveré a amarte.
Roque Puell López - Lavalle
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