Cuando diste el sí en una ceremonia tan magnífica y las felicitaciones llegaron junto con tu buena decisión, más tarde tuviste la responsabilidad de trazar muchos planes para construir un mejor mañana. Ese fue el silencio de la esperanza…
Cuando vimos cómo de ti nació un ser vivo, bello, majestuoso e indefenso; y cuando luego viste que eran dos los que llenaban de alegría y sentido el vacío de tu soledad, así es el silencio del tiempo…
Y si tus hijos fueron creciendo, parecidos a ti o a mí, con esa misma forma de ser, con las mismas ocurrencias y manías que antes tú mismo no podías ni imaginarte. Piensa entonces que en el desarrollo de su personalidad se encuentra el silencio del carácter…
Si observaste con sorpresa cómo los llamaban para grandes proyectos y oportunidades, pero a ellos solo les gustaba divertirse o disfrutar del gran amor que había llegado a sus vidas; y si en ese momento no se lo pudiste impedir, todo aquello se convirtió en el silencio de la paciencia…
Pero al final, tras estudiar en la Universidad, llegaron graduados trayendo sus medallas y su título, que era lo que tanto esperabas. Ya no cabía la alegría en tu corazón, porque veías el gran futuro que traía consigo tu ingenuo y bendecido bien. Eso es el silencio del orgullo…
Te convertiste en abuelo, pero tú deseas que aprendan ya mismo la forma en que tú jugabas en tu infancia; sin darte cuenta de que eran otras épocas, y que lo que ellos querían era vivir su propia vida. A ese paso, ese es el silencio del deseo de ser independientes…
Cuando murieron sus abuelos o sus mejores amigos, y tuviste que contenerte porque no pudieron luchar contra el destino ni defender sus sueños, que se rompieron en pedazos ante sus ojos; eso fue para ti el silencio de la impotencia…
Pero con el paso de los años, recuerda que tampoco fuiste perfecto, que te equivocaste. Y si en algún momento te han hecho reclamos diciendo que no fueron felices como ellos hubieran querido, no te culpes ahora: su forma de ver las cosas no cambiará, ni cambiará su cariño o su respeto por ti. Ellos cosecharán, como tú, el dolor de su propio camino y el malestar de un corazón indiferente. Porque, al final, te marcharás de esta vida en silencio, sin despedirte de nadie. Ese es el silencio del padre…
Roque Puell López - Lavalle

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