En el jardín de la vida —cuyo nombre no recuerdo— nacieron distintas flores de muchos colores. Había violetas, azules, rojas, anaranjadas; incluso los pequeños e insignificantes botones tenían su lugar. Las criaturas de la pequeña parcela vivieron un momento de ensueño al explorar aquel magnífico territorio. Podían hurgar entre las raíces, construir refugios, buscar el sustento y hacer todo cuanto quisieran, porque aquel mundo parecía ser solo para ellas. Los pájaros no dejaban de trinar, pero las flores, con sus distintas túnicas, se ufanaban preguntándose cuál era la mejor. Ya fuera por su nombre o por su inusual colorido, muchas se dedicaron a alabar sus propias y dones; pero solo una de ellas se quedó pensando en la libertad.
Ella disfrutó de los aromas que llenaban el aire, presenció cómo el ruidoso abejorro conquistaba a las rosas, vio nacer a las diminutas florecillas y observó a las temibles arañas con sus trampas: fue testigo de un sinfín de nuevas vidas que desfilaban ante sus ojos. Todo parecía tan maravilloso que apenas podía creerlo: una mañana esplendorosa daba paso a la ternura del atardecer, y quizás luego llegaría el arcoíris más hermoso.
Hasta que llegó la incomprensible brisa del invierno, el momento gélido que puso a prueba la inocencia y sorprendió a todos los habitantes. Quizá fueron tiempos impredecibles, sin ninguna estrella que les avisara; pero trajeron enfermedades, desencantos y situaciones inesperadas, y pronto quedó claro que aquellos no serían buenos días.
La risa se tornó llanto, las palabras se volvieron amargas remembranzas y todo terminó en silencio. No había nada que descifrar ni nada que arreglar: el invierno había cumplido su cometido, y los sueños pagaron su inocencia. El amor se volvió injusto entre reproches inconscientes; y aunque todos deseaban que fuera distinto, el destino siguió su curso. El pequeño terruño ya no fue el mismo: se habían agotado las oportunidades.
Las flores, ahora avergonzadas, empezaron a cerrar sus hojas, pues sus pétalos perdieron el color y solo podían soportar el frío de la lluvia. Todos aguardaban una esperanza que no llegaba. Aún confiaban en que nuevos vientos se llevarían al invierno. ¿Traería la sorpresa un nuevo comienzo? Solo el silencio respondió: nada de lo que imaginaron ocurrió. Y así, en medio de la tristeza, solo alcanzaron a ver a lo lejos: la libertad frustrada y la tristeza profunda de las flores amarillas…
Roque Puell López - Lavalle

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