lunes, 25 de mayo de 2026

La bitácora


La emoción de llegar me consumía poco a poco, solo con pensar en lo que podría encontrar después de tanto navegar. Los otros marineros no cabían en su asombro tras tantas vicisitudes en el mar y que por fin, sus sueños comenzaban a vislumbrarse. No me infundía el aliento del cómo desembarcar, porque mi alma se contentaba tan solo con pisar el continente prohibido, o quizás sería el mundo nuevo que nos recibiría sin chistar. Mi tripulación reía, pero había otros que miraban indiferentes el cálido horizonte; ellos todavía no lo creían.

En mi bitácora escribí todas las contingencias con detalle, al igual que todas las novedades con tesón. Mi pluma no desfallecía al contar las cuantiosas aventuras de los marineros, ni por los cuentos de sirena que solían soñar. Era el capitán, pero era semejante a esos padres que llevaban a sus hijos a jugar en el campo, donde la diversión no terminaba de comenzar.

Y de repente, en mis emociones se encendió el furor y apareció la controvertida angustia del temor. El cielo radiante se convirtió en un negro turbión, y el mar embravecido no cesaba de crecer. Y aunque yo estaba familiarizado con todo ello, ahora era diferente. Se escucharon ruidos en el cielo: yo sabía que eran los temidos truenos, y los fuertes vientos tampoco se hicieron esperar. Las grandes ráfagas golpearon nuestra embarcación, y la tormenta se desató por completo entre los rayos y el aguacero intenso.

Luego, una tensa calma nos invadió a todos; un intenso deseo de sobrevivir se vio en los rostros desencajados de cada uno. Nuestro barco estuvo a la deriva si no fuera por el viejo Sánchez, un timonel encallecido que supo controlar lo acontecido. No faltaron los que rezaban, a pesar del enojo que experimentaron, pero lo soportaron. Parecía que no llegábamos al prometido continente, o quizás a la tumba que según algunos les esperaba por causa de la tempestad.

Y por fin se había roto el cielo: una luz brillante cortó el firmamento, y poco a poco el aguacero comenzó a amainar.

—¡Empiecen a subir las velas! ¡Aseguren los cabos! ¡Vamos a estribor! —grité.

Eran las órdenes, eran las esperanzas que todos querían escuchar.

En eso llamaron a la puerta de mi camarote. Era un oficial joven, de pocos años, que me preguntó preocupado, entre otras cosas:

—¿Por qué tenía miedo, capitán?

—¿Estás loco? ¿De qué miedo me hablas?

—Capitán, es que…

—Mira —le dije—: hace mucho tiempo tuve que dejar toda mi vida atrás, empacando todo lo que tenía en dos bolsas negras, y me embarqué en el puerto para empezar de cero. No sé de qué me hablas. Creo que solo tienes sueños en la cabeza. ¡Vete a descansar, hombre!

Y era verdad. Con la emoción de lo que había ocurrido se me olvidó del miedo. Creo que podría haberme sentido inseguro, como es natural, pero en ese momento no se me pasó por la cabeza, porque sabía dominarlo. Más tarde vi al oficial mucho más tranquilo y le pude explicar lo que había sucedido. Poco después, para beneplácito de todos, salió el sol más brillante que de costumbre, y por fin había cumplido mi sueño.

—¿Están conmigo? —les escribí a todos mis amigos. Pero ellos no lo entendieron…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 

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