Llena de sueños y aspiraciones te conocí en los momentos que eran importantes en mi vida. Una mujer joven, una chiquilla con ilusiones fueron las cercanías que el destino nos atrajo de ser mi cuña sin tanta fiesta que llevar las flores al escenario. Y nos hicimos amigos en la brega y en las ambiciones, unas menos y otras de gran importancia, pero seguías en tus sueños, en tu vida y en tus conciertos.
Pero peregrinos somos y en el camino de recorrer la vida nos equivocamos, triunfamos y las alegrías a veces conseguidas a trompicones nos condujeron a no muy felices decisiones. En esos tiempos y en esos lugares de los que ahora no me quiero acordar surgieron como siempre los grandes amigotes, aquellos de los que te condenan o de los que no te entienden y sin embargo, no escapaste tú al escrutinio de estar entre los más cercanos.
Sin pretender ganar banderas y partido a mis campañas, esperé algún mejor consuelo como los hicieron tus correligionarios de sangre y de crianza. Quizá esperaba tu actitud más sabia, una identificación con la raza humana pues somos hechos del mismo barro. Como somos todos, hombres y mujeres, semilla y tierra, las mismas alegrías se vivían entre nosotros se como si fuéramos hermanos.
Pero no fue así, eran mejor las condenas a los fracasos que se mostraban en ese momento como si fueran los triunfos y las derrotas del soldado. El silencio fue mejor que la indiferencia, nunca supiste hablar aunque te dabas cuenta. Más fácil era el fallo del juez sin apelación y una condena sin oportunidad y sin perdón. Al fin y al cabo no era la gracia para ti pero como eres ahora una señora, no podrás decir que nunca fallarás siendo feliz porque a todos nos puede caer la espada de Damocles en la cerviz.
Fueron las horas, y el tiempo, ni siquiera en el libro de los evangelios eran los que se dieron cita para llevar mi consuelo. Más yo me di cuenta que sí fue tu encendido celo de hembra ardiente que no supo nunca tender puentes para el pérfido intransigente.
Era más importante vengar la sangre con actitudes incongruentes y por ello olvidar que tú también participas en la conducta de tu gente. Pero el pasado nos condena como el presente lo confirma, que por creerte tan perfecta y que por más años te de la vida; así esta fuera tan burda, no te podrás despojar de ser siempre, la incorregible inmadura...
Roque Puell López - Lavalle

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