A la nada y a la mar, los silbatos resuenan: anuncian que ha llegado la hora de embarcar. El viento golpea suavemente la embarcación y la brisa nos descubre el horizonte. Muchos me hablaron, sin embargo, de la interminable travesía que nos aguarda. ¿Acaso eras tú quien me esperaba?
Todavía no encuentro, entre mis pensamientos, qué podría decirle al amor que llevo en el pecho y que siempre supe guardar. Quizás seas el más preciado de mis sueños, o quién sabe… ¿Qué será aquello que el destino conserva para mí?
No sé lo que me espera, pero eso no me importa. Serán, simplemente, los días de mi gran aventura, porque tú eres mi eterna novia: la que nunca me abandonó y a la que yo tampoco abandoné. Así pasen todos los temporales que se levanten en el mar, y aunque este mundo no pudiera ofrecerme nada valioso, hoy cuento lentamente las horas, porque sé que no debo tardar.
A la nada y a la mar, porque te descubrí en mis anhelos; y al ser tú la dueña de mis pensamientos, tendremos que encontrarnos por esos caprichos con los que juega el destino. ¿Será en el mundo de mis deseos? ¡Muéstrame tú las señales!
Sin embargo, cuando te vea, siete llaves te guardarán, porque tú eres mi eterna compañera en el inagotable abrigo de mi regazo y de mi azarosa vida. Por eso, debes saber que, si se oscurecieran los cielos y crecieran las terribles tormentas, al verte desnuda, tú serías mi mujer.
Y si la noche intentara borrar nuestros nombres, aún quedaría la marea para repetirlos en secreto. Porque hay amores que nacen para perderse, y otros, como el nuestro, para navegar eternamente entre la nada y la mar.

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