Lluvia que caes y refrescas la tierra, limpia ahora mis penas. Llega al instante como las aguas claras del puquial porque las plagas que me embargan, no me dejan cantar. Recorre palmo a palmo el extraño bosque de piedras que generoso me deja descansar y me cuida cobijándome para poderte platicar. Resuelve en mi raíz sedienta de amor, un motivo y una flor para vivir. Hurga entre los surcos de mi alma, un consuelo a mis fibras truncas de luchar porque necesito crecer y requiero como todos, aprender a soñar.
Así, cuando esté confiado en tu cascada, ella me enseñe también a poderlo soportar. Si das de beber al ciervo temeroso y encuentra el puma la razón de su existir, entonces inunda entre mis ánimos rotos lo que necesito saber para no sufrir. Que los riachuelos hagan camino para llevar alegría y consuelo de tu saciar, para luego atesorarlos a mi vuda un poco más. ¿Acaso tú no eres la vida y la fiel mensajera de la esperanza?
Germinas frutos al foráneo y él, agradecido te da su viña entera pero ingrato es aquél al que tú le diste la vida a su semilla y él te da solo los rastrojos enredados de su mezquindad. No te vayas porque te necesito, tú que eres para mí el agua salubre que está coronada por los rayos y truenos que retumban en mi conciencia.
¿No le importa perder al desconocido tus piedades? ¿Por qué se complacen ellos cada mañana en dejarte? ¿Quién sabe si al verte mi corazón tome otro sentido? Pero hoy, ¿Qué podrán hacerme los envidiosos?
Roque Puell López - Lavalle

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