Me sorprendió tanta ingenuidad y pureza de quien sus ojos me encandilaban y su mirada me sonrojaba. Tal vez me dijiste tu nombre bajo aquel manzano frondoso cuando te conocí. Sin embargo, eras como un incienso cuya fragancia nos envolvía dando a nuestras palabras una inspiración. Testigos fueron nuestros sentimientos, dudas o miradas. Más yo creo que fue, sin pensar y si me lo permites, un volcán dormido al pie del cañón que guardaba los secretos de un peregrino, aquél chismoso que pasaba por ahí.
Las verdades que me decías en los risueños valles de tu tierra, eran frases a mi tristeza porque tus sentidos te delataban y mis respuestas si te confrontaban. Era mejor que vivieras el cariño nuestro y no que tu corazón sufra haciéndose una vana costumbre de tu parte. Más no lo comprendias. ¿Podría sugerir que me sonrieras? No se acaba el mundo, mi vids no es una quimera, más allá del valle hay un manantial. Si bebieras de esa agua, no tendrías sed jamás. Pero te enseñaron la costumbre o a la tradición que no admite cambios y yo te invito a que despiertes, a que cruces el umbral.
Y así, en el camino del regreso, una ilusión abrigó las esperanzas de lo que sentías para que hoy, no termine jamás. Pero yo abrí mis ojos, volví a mis fueros y sin mediar palabra, me enfrenté a la verdad con temor y firmeza. No quería entonces perderte de esa manera y besé tus labios apasionadamente. Me correspondiste en silencio y sin despertar de tu sueño, no lo creiste.
Pero piensa, el sol brillante nos recordó siempre que el amor sincero entre nosotros, fue verdadero, fue lo que anhelábamos pero teníamos temor. Tus frases nerviosas me lo negaban, tu mirada esquiva me decía tu secreto a voces que no te era indiferente, menos yo que no lo negué. Después de ese día, alegre fue tu sonrisa, satisfecha fue mi razón, te abrazé fuerte al pie de un molino y él feliz, nos contempló a los dos...
Roque Puell López - Lavalle

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