Las mismas callecitas solitarias, las mismas casonas viejas y polvorientas de este lejano pueblo, son las que existen en estas tardes frías por el ulular continuo del viento. Pero ahora, estas edificaciones de antaño, solo ofrecen las ilusiones idas de un pasado victoriano.
No obstante, surgió en la mente de un Pablo fuereño, uno que vivió entre los cándidos de ese tiempo, una siluet bella y transparente pero que se hizo humo en el umbral de sueños aun cuando él estuvo consciente. En ese instante, todo ello quedó en su corazón y no quería guardar nada de lo que sentía.
En las noches, meditaba y sin querer, apareció su pasado quejoso y casi olvidado. Enojos fueron los que surgieron y sintió un silencio extraño como aquellos ojos indiferentes de esos tiempos. ¿Qué diría entonces, el mar embravecido por el viento atrevido? Dudas. ¿Qué respondería el desprecio de quien ahora dijo olvidar? ¿Y qué reclamarían los años de la voluntaria lejanía? Nada, el silencio no tiene nombre, las palabras así, sobran sin valía. ¿Eran solo las noches que fueron vividas por él? Solo Dios lo sabe.
Recordar era mala idea. Pero si acaso tuvieran que hablar las vanidades de los culpables, poco o mucho se diría por las miradas de él y las gracias de una niña mora que no sabía mentir. Sería inútil lo que se dijera hoy si es que se hubiese cumplido las promesas.
Pero algo si era cierto después de tantos ambages y desenlaces. Apareció una figura extraña entre la duda falsa y la ausencia, era quien cambió las esperanzas de un idilio. Fue el que que no conoció el camino recto y la lealtad de un Mesías. Alguien que no fue sincero en las luchas por el dolor y el juicio reflejado en la pérdida de su propia felicidad.
Era el perfil perfecto de un ser mundano más la voz elocuente y fanfarrona de esos extraños. Tenía el habla envidiosa que irrumpió en un portal sagrado de la inusual espera. Sonó como la trompeta ruidosa de una retirada, tan clara como fueron las falsas palabras de un amigo, traidor...
Roque
Puell López Lavalle


.jpg)

