Se viste de gala la naturaleza, soplan los vientos, está de fiesta el firmamento, hoy ha acontecido el evento más grande, tu sonrisa volvió como antes, la felicidad te ha visitado, ha regresado "el importante" para llevarte a su palacio. No sales de tu asombro, no pensabas que en el mundo del mañana todo resulta al revés, lo que no pensabas se realizó, lo que no deseabas ahora lo tienes y si das amor, se habrá pues, de multiplicar. ¿Por qué entonces, tienes así el rostro?
Te había conocido a orillas del camino, en las hondonadas de los ríos y me gustaba cuando le hablabas a los duendes y a los pajarillos silvestres. Buscabas un motivo para enseñar tus recientes tesoros, algunos de plata, otros de jade y de turquesa, más yo te ofrecía el oro de mi nobleza. Pero tú no necesitabas los metales, ni los lienzos entre los grandes, solo querías un corazón sencillo, entre los mortales.
Era difícil de creer y qué complicado sería encontrarlo, hoy no se hallan especímenes de esa rara naturaleza porque sí hay más rencillas, más candelas, más orgullosos que un buen vino o quizá una rosa creída por el camino. Sin embargo, las muchas aguas no podrán apagar la esperanza que tenías de encontrarlo. Te habías esforzado tanto sin preguntar, que tu ánimo pronto, nunca cejó de perseverar. Entonces tu abuelo Federico, antes de morir, te dejó un invaluable tesoro. Lo hizo después de muchos viajes y de grandes esfuerzos. Y eras tú la indicada, la más inocente, la más ingenua, la de un corazón noble pero en el fondo, una indomable guerrera. Así entonces, se fue tranquilo dejando su mejor legado entre las más buscadas princesas, pero solo una se hacía merecedora de tal deferencia.
Extraño fue que cuando abriste el pequeño cofre. Se encontraba una llave de oro que adjuntaba una pequeña nota que decía: “Con esta llave tendrás tu esperada felicidad, pero cuando la encuentres, ella te colmará de bien pero finalmente, desaparecerá”. Extrañada pensaste: ¿Cómo sabré quién es mi felicidad o que señal tendré de su llegada?
Pasado el tiempo, muchos en el pueblo decían que había alguien misterioso que vivía en las cumbres de las montañas, seguramente por los quintos apurados de aquellas laderas. Su casa era una cabaña de madera, de tejas rojas, sus animales eran la envidia de los moradores de aquél lugar y sin embargo, todo eso no importaba pues en algún momento, habrían de salir los motivos de su razón. Pero él no te conocía, solo había oído de ti en la llanura de la quebrada y que solo sabías sonreír a quien te lo pedía.
Entonces, cuando el hombre llegó al pueblo, algo cansado y temeroso, preguntó: ¿Quién habría de mostrarme el camino de regreso sin ser más que un inocente arriero que ahora estaría perdido? Y tú al verlo, le respondiste con sencillez las maneras prontas de encontrar el sendero que él tanto buscaba. Te escuchó y le atrajo tu espíritu y tu corazón. Sus ojos le dijeron que posiblemente eras tú la que él había escuchado hablar y decidió quedarse algunos días antes de partir.
Pero pasó que una mañana, algunos malos hombres quisieron borrar la alegría de tu corazón. Intentaron robar tu inocencia a plena luz del día y sin razón. Tú te defendiste y sin que nadie que escuchara tu clamor crecía y luchabas hasta el final. Aquél hombre se enteró y llegó para defenderte. Blandió así su espada reluciente terminando así con la afrenta. Cayeron los granujas y a los dos, los llevaron a chirona.
Solo quedaron miradas, no hubieron palabras y no bastó el agradecimiento, algo distinto nació en el brillar de los ojos... ¿Acaso no se habían dado cuenta que eran el uno para el otro?
Y sucedió que te enamoraste tanto de tu salvador, como él de tu candor. La clave de oro entonces, abrió la cerradura de su corazón y aquél legado entonces, se cumplió. Pronto aquella joya, dada por el finado, por fin no se pudo encontrar. Ya no era necesaria porque el amor triunfó. Tu sonrisa regresó como antes y "el importante", te llevó a su palacio. ¡Qué tal encontrón!
Roque Puell López - Lavalle

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