De las estrellas del firmamento a las tierras del frío extremo, mora siempre la jauría que respira, siente y hiela a la muerte.
Pero por aquél entonces, un viejo lobo vivía con la gloria de su pasado, con el sentir de lucha que corría por sus venas, pero de repente cae herido en el bosque por un cazador furtivo.. Entonces, se mueve a rastras conociendo el peligro que lo acosaba pero sigue adelante sin remordimientos y sin importarle mucho dónde llegaba al final.. Pero entre sus congéneres, lo proclamaron héroe y él rechazó el honor por tanta habladuría o porque no quiso reconocer el discurso tan meloso de un estribillo absurdo
Su descendencia también le reclamó pero ya no lo entiende, lo evita, lo difama, realmente no lo quiere. ¡¡Tremendo!! Así pues, la irrenunciable lo curaba de mil encuentros pero no concibía la daga en su interior y el aullido de esa esperanza fracasa e indefectiblemente, muere. El lobo no se amilana, levanta la espada de su espíritu pero es inútil, todo está perdido ahora, nada se pudo recibir, porque tampoco nada se pudo ganar.
Pasaron las semanas, los meses y la vieja herida empezó a restañar floreciendo así una esperanza ¡¡Qué gran alegría!! Comenzaron los sueños, los proyectos y todo era nuevo al caminar. El cielo se había abierto, la ilusión no se había perdido, atrás quedó el fantasma de la indiferencia que así como era, murió de vieja. Aunque quedó algún rastro de lo vivido, los recuerdos de antaño se fueron olvidando...
Pero la soledad lo contempló de lejos y lo consoló, luego lo acogió dulcemente en su seno alargando los brazos de su felicidad. Entonces, el mañana del lobo volvió a renacer en el gozo y sus emociones volvieron al amor, a la paz, recobrando nuevamente lo que había perdido ¡¡Empezó a volar!!
Cuna de lobos y de cuántas readades, cuna de todos nosotros que nunca esperamos nada porque nunca soñamos. No obstante, siempre creemos en nuestro ser que algún día bueno llegará y cambiará las sombras de nuestra historia...
Roque Puell López - Lavalle

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