martes, 26 de agosto de 2025

La cantaleta

 

                En un país de Europa, entre los viejos muelles de una caleta, dos niños se habían encontrado en el verano y los dos eran grandes amigos, Uno se llamaba Franz y era alemán, su compañera era una francesita muy elocuente que se llamaba Margot. ¡Menudo problema de comunicación! Parecería que el diálogo era imposible pero existía un lenguaje común porque sus padres venían de una playita escondida y apacible pues todos eran pescadores, lo cual conocían el dialecto de la comunidad. Vivían algo lejos el uno del otro pero jugaban en todas las estaciones, todos eran testigos de la diversidad de juegos que podían inventar pero fueron creciendo y ambos tuvieron una sincera atracción en su pequeño mundo al lado también de las tormentas del mar. Eran mudos testigos de los cambios de la naturaleza, pero mantenían el espíritu de ser los inseparables.

                Cuando niños, Franz le contaba a Margot que tenía una gatita turca que siempre le hacía la vida imposible porque el animal era incontrolable. Ella le compartía siempre los sin fin y un problemas que tenía con su hermanito menor y los líos terribles que con él tenía. Sus días eran imprevisibles y se unían con las “desgracias” comunes que ellos compartían. Franz le hablaba de su gata y ella solo sonreía.

Margot le aconsejaba:

                “Ten paciencia, pues los gatos tienen sus momentos, pero verás después que en muy poco tiempo cambiarán”

Y él le replicó:

                “Margot, ¿Acaso no se compran dos de ellos por cinco centavos y yo tengo ahora que soportar a una gata que no quiere comer siquiera? ¿Por qué ella quiere ahora dejarme por una mejor casa y un mejor dueño?”

            Ella paciente frunció el ceño y le decía vez por vez, casi lo mismo. Entonces, la gatita de Franz enfermó y murió de melancolía. Todos hicieron luto y quedaron constreñidos por ella porque Franz se hallaba ensimismado con tal acontecimiento. ¡Cosa de niños! Pero después de lo que ocurrió, pasaron los años, los chicos crecieron y Franz en su locura, se había acordado que su corazón latía muchas veces por Margot pero nunca le dijo nada. No obstante, reaccionó y sin pensarlo tanto, pronto se acercó a ella con una flor e insistió.

                Entonces Margot que también había crecido, sin más preámbulos le dijo:

                “Celebro tu trato gentil y digno de un caballero, me gustan tus atenciones a mi persona porque tienes buenos sentimientos. Qué no diera yo por estar contigo en el comienzo de la aurora, solamente que en estos momentos mi corazón y mi voluntad no te los puedo brindar. Es mi padre también que me envía a Suiza y que ahora mismo yo no lo podría tolerar”.

                Y Franz solo le dijo:

                “¿Por qué Margot? Si tú tienes el secreto que compartimos desde niños y en los momentos más difíciles de mi existencia, estuviste en las penas más importantes de mi vida y pensé que dentro de algunos días podrías ser mi pareja en el baile de todos los años en la Casa grande de la caleta”.

                Ella le respondió:

                “Yo creí que esta flor no era solo para hacerme sentir tu reina en la fiesta sino en la vida misma como adultos. Busca mejor, te aconsejo, a una compañera como tú que te acompañe a bailar o solamente a sentir tristezas, y que te acompañe pues, en la misma cantaleta. Buenas tardes”.

                Y Franz, confundido y avergonzado, la vio irse del modesto atracadero, entre el atardecer que ya anunciaba a la noche y a la niebla que no tardaron en hacer acto de presencia. La siguió con la mirada hasta perderla entre las sombras de las casas que ya empezaban a alumbrarse de la oscuridad que ya empezaba a visitarlas.

                Entonces, él se perdió también entre los botes y los muelles, haciéndose mil preguntas sin respuesta. Pensó que tal vez no la entendió o no supo ganar el corazón de una señorita que dejó de ser niña al pasar el tiempo y fue tonto al no haberle dicho desde niños el interés que tenía él por sus sentimientos.

                    Y muy triste, se sentó en el muelle y solo se puso a pensar…

Roque Puell López - Lavalle

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