Cerca al portón viejo de mi antigua casa por las callejuelas aledañas de mi pueblo, escuché a los vecinos que había llegado a nuestra Estación del tren cerca a la Plaza Mayor, una dama y su madre. Dos mujeres que hacía mucho tiempo se habían marchado hacia la capital en busca de mejores oportunidades.
Yo conocí a aquella señorita desde que era una niña porque era amigo de sus hermanos mayores y ella era casi de las más pequeñas. Apenas la pude ver, la encontré una mujer muy atractiva y educada. Nuestro encuentro fue casual en la reunión de la festividad distrital a los pocos días de su llegada y tendríamos seguramente mucho que conversar. Yo era entre todos los allí presentes, uno de los más influyentes en la feria ganadera de mi terruño porque había heredado la finca de mi padre. ¡Qué tremenda responsabilidad!
Sin embargo, aquella vez que fui a su casa, nos pusimos a recordar los tiempos pasados y el desarrollo que alcanzó nuestro pequeño villorrio por las diferentes inversiones, más el trabajo de todos sus habitantes. Pero sin que me de cuenta, me quedé prendado de su personalidad tan especial al concordar nuestras ideas y proyectos en los años que vendrían.
Me di cuenta que de alguna manera yo también no le fui indiferente y nació en mí una bella ilusión. Quedé simplemente boquiabierto cuando lo descubrí pero ella no pareció encontrar las palabras adecuadas para expresar un verdadero interés. Al menos, eso creía.
Pensé entonces sin reparos, que había encontrado a la mujer de mis sueños porque la veía sola y hermosa. Eran bellos los ojos que la adornaban y se encontraba tan frágil pero discreta, como si fuera la fragancia de unas rosas presas en una canastilla. Fuimos edta vez a otra reunión y luego de algunas piezas de baile, no me pude controlar, me acerqué a su rostro e intenté bessrla, ella se asustó y desapareció de mi vista rápidamente. Todo un escándolo recibiendo las críticas intolerantes de los presentes pero el más sorprendido era yo y tal actitud me dejó sin palabras ¿Qué hice? ¿Qué es lo que realmente me ocurrió? ¿Sería que estás enamorado? -me pregunté. Asentí con la cabeza con la sinceridad de un niño pero por dentro me sentía roto y compungido...
Creí que ella no me vería más por mi atrevimiento pero pasaron las semanas y luego me mandó llamar a su residencia. No sé por qué me dio la oportunidad de hablarle nuevamente pero fui bastante preocupado. Avergonzado fui y el ama de llaves me hizo pasar al jardín recibiéndome ella con frialdad pero con una mirada tranquila y comprensiva. Estando en el sillón bajo la atenta mirada que disimulaba su madre, tomé la iniciativa y la llevé a que escuchara mis disculpas y con miedo esperé que comprendiera mi corazón.
Luego entonces traté vanamente de dibujar en ella una sonrisa pero nada... Quise arrancar de mí un te quiero pero no me fue dado este deseo por la emoción que me embargaba. Ella me interrumpió y no se inmutó de tamaña revelación limitándose a escucharme. Finalmente, me contestó que no y que solo éramos amigos. Dicho esto se marchó a sus quehaceres, dejándome solo y mudo. Y a pesar de la mirada inquisidora de la madre, no me quedó otra idea que retirarme...
Estaba indeciso no sabiendo qué hacer y terco como era, busqué entre mis amigos a un consejero para que me dijera si ella al final de mi atrevimiento, me podría querer. No encontré ninguno pero sí supe de buena fuente que yo le había llamado la atención por mi vehemencia y mis buenos modales pero aunque hubo un cierto eco en mis palabras, lo nuestro no podía ser. Ella no me dijo que estaba de novia y solo vino al pueblo a arreglar la documentación concerniente a su próxima boda. A la sazón de su llegada, casualmente me encontró a mí. Y aunque me dio la oportunidad de hablar con ella, fue por el recuerdo de su niñez y la amistad que yo tenía con su fallecido padre más la lejanía de sus hermanos.
¡Qué gran tristeza! Me di cuenta que todo lo vivido para mi fue un soñar despierto queriendo pretender buscar las raíces más profundas de su alma en un amor apasionado para hacerla feliz. Pero fue imposible porque la luz de una vela encendida en mi interior, de pronto se convirtió solamente en un pábilo que humea ¡Qué locura la mía! La había sentido conmigo en el momento que hablé con ella, pero me resultó tan profunda como la sima de una montaña. No me di cuenta, que ella jamás podría mirarme...
Roque Puell López - Lavalle

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