Las anécdotas de los estudiantes pueden ser muchas en el
transcurso de su carrera hacia la obtención de su galardón más preciado. Pero
también se ve forjado el carácter que tendrá que manifestar. No siempre será
igual desde el comienzo del primer día de clase. Habrá circunstancias, pero aquello
determinará si el individuo podrá enfrentar la vida o no porque la fama que
obtendrá, será de acuerdo a lo que hizo o dejó de hacer.
Era fornido y de buen parecer porque según algunos, su
futuro se miraba prometedor el dizque defensor de los derechos humanos. Tenía
el hablar elocuente, grave y modulado de una persona educada que lo hacían
digno de estar en nuestro salón de clase. Y hasta eso porque la nomenclatura de
sus nombres y apellidos podrían estar entre los más ilustres hombres sencillos
del país. Así las cosas, el improvisado “hijo del Diplomático”, como se lo conoció
podía demostrar cuando quisiera, sus grandes dotes de buen estudiante.
En algunos paseos del aula se comportaba como cualquiera,
había logrado conjugar las dos cosas, ni la una ni la otra podrían mermar sus
sentimientos o sus aficiones por determinados gustos del quehacer de moda en
esos momentos. Eran los 80s y el país vivía una inestabilidad política. Pero lo
que le había llamado la atención a una compañera de clases era que, en una de
esas salidas en el auto del más popular, el hijo del Diplomático había juzgado
una casa palaciega en una avenida muy concurrida y antigua, como la más bella,
pero con una nostalgia que rayaba en lo sublime. Pero ella se preguntó el por
qué esa manera de decirlo, si lo hubiese dicho cualquiera de nosotros bueno, pero
no fue así. Alguien con aparente intelectualidad y educación decir eso
significaba ignorancia o tenía ínfulas de gran conocedor. Todos nos quedamos
con esa interrogante y todos le siguieron la corriente, no había más que pensar,
pero no para mi desconfiada compañera.
Pasó un poco el tiempo y alguien dijo que lo vio en una
moto, okey, cualquiera va en una moto, pero era alguien conocido dijo nuestro
amigo Juan. Entonces él aseguró que era el hijo del Diplomático. ¿Cómo? – no puede ser, dijeron algunos - pero Juan replicó que él iba con un casco
blanco y como tal. no se le podría reconocer. - Cubre gran parte del rostro y se acompaña con, los anteojos oscuros de
los ojos. No sé pero hubo un momento que se lo tuvo que sacar entrando a un
importante Hotel de cinco estrellas y ahí me pareció reconocerlo mejor y ver
dónde entraba, agregó Juan. Dame la dirección --dijo la desconfiada— y con una compañera fueron las dos al día
siguiente a averiguar lo que había ocurrido. Tenían un poco de miedo, pero lo
tomaron como la aventura más importante del año y todos participamos de la
alegría y la chacota de lo que pasaría si en verdad fuera lo que estábamos
pensando.
La desconfiada y la aventurera, fueron allá luego de una
corta espera y lograron divisarlo, pero él sí se dio cuenta. Pero cómo decimos,
“se hizo el loco” y no las quiso ver.
Para esto la desconfiada lo vio primero en semejante actitud y siguió
conversando con la aventurera no dejando de ver a su “víctima” como si nada hubiera pasado. Con la mirada puesta en él
descubrieron que él entraba en el susodicho Hotel de 5 estrellas. Ingresaron
algo temerosas y el hijo del Diplomático, le dio la espalda a ellas asentando
una fingida conversación a un grupo de hombre de negocios como si fuera el
protagonista. Llegó la hora de la verdad y, avanzando un paso más, la
desconfiada tiró de la manga de su camisa del brazo derecho y con gran fuerza
le dijo: “¡¡Holaaaa cómo estás!! ¿¿Aquí es donde trabajassss??” Él muy
sorprendido y de todos los colores, avergonzado, tuvo que confesar que sí
además que se desempeñaba allí hacía tiempo.
Se supo entonces que no era el “hijo del Diplomático” sino el hombre que hacía los mandados del
Hotel y que por su notable presentación era muy bien considerado. Algunos de
nosotros reímos y otros se quedaron pensando el porqué del engaño o de la supuesta
presentación de un compañero que a todas luces tenía una reputación de ser
entre los más encumbrados y no, pues era solamente era un hombre sencillo.
Había tenido influencia en muchos profesores y en muchos compañeros, pero
menearon sus cabezas incrédulos y en poco tiempo esa fama se esfumó. Más bien,
en los años que pasaron, todavía se le recuerda como el hijo del Diplomático a
secas, el palangana bueno y misterioso, de original estampa y elocuencia, que sí
pudo terminar la profesión y recibirse de Abogado.
Roque Puell
López - Lavalle

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