miércoles, 11 de febrero de 2026

Quién nos sostiene en estos momentos

   

   
 
Me hablaron de surcar los cielos en un viaje próximo, cruzando costas donde el aire huele a sal y espuma marina, y los Andes cuyas cumbres frías rozan las nubes blancas como lana. El destino terminaría en la agreste vegetación de una selva —sojuzgada desde hace mucho tiempo—, donde el suelo húmedo exhala olor a tierra negra y hojas rotas, convertida ahora en la esperanza de tantos. Quizá será por corto tiempo, lo ignoro, pero sé que mi destino me enseñaría el lugar donde dejar libre mis pensamientos, para reconocer el nuevo y vasto horizonte que me aguarda hasta donde llegue mi voluntad e imaginación.
 
Recuerdo los primeros años, cuando el cielo era parte de mi vida, mi aventura y mis desafíos por cumplir la Misión. El sol calentaba mi rostro cada mañana, y el viento silbaba en mis oídos mientras soñaba con llegar lejos, para dar rienda suelta a mis anhelos y a la obra encomendada. Ahora, al pensar en el ayer, veo la alegre inocencia de creerme el protagonista, cuando la realidad era que yo era un peón más en el juego de un tablero de vida donde tenía que honrar al Rey. ¡Qué tiempos aquellos, en los que el café de la mañana tenía un sabor a canela y esperanza!
 
Mis palabras se convertirían en acciones, ellas me llevarían a formar el hábito de extender mis emociones, de ampliar la felicidad que me desbordaba como miel caliente, para no quedar ensimismado en recuerdos vanos y grotescas frustraciones que sabían a amargura. Entonces, comprendo que el viaje tenía valor, convicción y coraje, pues así yo no me quedaría solo con lo mío. Ya no ardería solitario en mis brasas por no poderlo compartir —brasas que crujían y temblaban como mi propia alma.
 
Antaño, volaba de regreso a un pueblo lejano en el Pajonal. Las horas iniciales fueron de sol radiante que calentaba la piel hasta sentirla tersa como cuero, y el paisaje se extendía debajo como un tapiz de tonos verdes y marrones. Pero de repente, una tormenta imprevista se presentó. Escuchábamos el crujido profundo de las montañas como si se rompieran en mil pedazos, después el cielo sin luz se iluminaba con relámpagos que dejaban manchas blancas en la vista, para terminar finalmente en una lluvia feroz que golpeaba con un ruido metálico, acompañada del estruendo ensordecedor de los rayos. Éramos solo cuatro personas, con el cuerpo temblando de frío y emoción. Toda una aventura y un regreso impredecible.
 
Yo emprenderé mi viaje ahora y conquistaré los cielos, superando así lo que se presente en la vida. Quiero que mi corazón reviva las emociones del crepúsculo —cuando el aire se enfría y el cielo se tiñe de naranja y morado— y las tormentas de tantas noches, donde el olor a tierra mojada llenaba cada rincón. De repente, recordaré y anhelaré otra vez a aquella mágica compañera, cuya risa sonaba como cascada y cuyo tacto era suave como pétalo de rosa. Pero ella tendría que recorrer, como yo, el firmamento...
 
Tendré que aprender a resurgir como el ave Fénix y no confiar ciegamente en el corazón, porque este es engañoso como el espejo del desierto. Nadie lo conoce realmente, y quizás algunos pensarán que los vacíos del cielo, al volar, nos harán caer en la hondonada oscura donde el silencio pesa como piedra... Mas allí estará nuestra convicción de saber: Quién nos sostiene en estos momentos.

Roque Puell López - Lavalle
 


 

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