La rosa respondió agradecida, aunque tímida ante aquellas atenciones a las que no estaba acostumbrada. Permaneció callada, ruborizada por tanta gentileza. Todos contemplaron asombrados aquella escena: un rey poderoso inclinándose con ternura ante una frágil flor que ignoraba la grandeza de su anfitrión.
Los comentarios no tardaron en surgir. ¿Cómo podía una simple rosa ejercer tal influencia sobre el soberano mar y sobre todos sus habitantes? Los rosales de los acantilados prefirieron guardar silencio; fingieron no ver nada y continuaron ocupados en su propia existencia.
Con el paso del tiempo, la rosa se hizo mar y el mar se hizo rosa. La fuerza y la ternura se fundieron en un solo corazón. Compartieron momentos inolvidables: la delicadeza de la flor se transformó en sentimientos profundos, y el mar se mostró siempre complacido en su compañía.
Sus noches se llenaron de un nuevo canto bajo el cielo estrellado. Vivían en un mundo mágico, suspendido en un tiempo que parecía perderse entre el oscuro firmamento y el silencio infinito del horizonte.
Pero un día llegaron las tormentas. Los rayos y relámpagos amenazaron su amor. La lluvia azotaba sin piedad a la rosa, que sufría angustiada. El mar intentaba protegerla, aunque también padecía los embates furiosos del clima.
Se volvió entonces embravecido, sombrío y colérico. Las circunstancias despertaron en él tristeza, temor e ira. La tempestad castigaba la costa con violencia; todos buscaban refugio mientras el estruendo de las olas y los truenos dominaba la orilla.
Con el tiempo, la tormenta comenzó a amainar. La lluvia cesó lentamente y un tímido sol apareció en el horizonte. Las nubes se abrieron poco a poco hasta dejarlo brillar con plenitud.
Fue entonces cuando ocurrió algo extraño. En aquellos acantilados orgullosos y escarpados nacieron misteriosamente muchas rosas. Algunas apenas eran botones, otras se abrían frescas y coloridas tras el aguacero. Sus fragancias se esparcían por el aire, llevadas por la brisa hacia todos los rincones.
¿De dónde habían salido?
El mar, ahora en calma, sentía una profunda tristeza. Pensaba que su rosa había desaparecido. No sabía dónde buscarla. La extrañaba, y la soledad hacía crecer cada vez más sus sentimientos.
Recordó que no hacía mucho había sido feliz. Ahora, en cambio, se sentía distinto, vacío.
¿Sería demasiado tarde?
Un día escuchó que quizá la flor se encontraba bajo unas piedras, en un boquerón cercano. Sin perder tiempo, el mar acudió presuroso hacia aquel lugar. Buscó con ansiedad, guiado más por la esperanza que por la certeza.
La llamó con dulzura, aunque con temor. Las horas pasaban y el rescate parecía imposible.
De pronto, entre las rocas oscuras, apareció la rosa. Sus pétalos estaban maltratados, pero aún conservaban su belleza. Lánguida y temblorosa, sonrió débilmente al mar.
El gigante no pudo contener la emoción. Una lágrima brotó de sus aguas. Otras nacieron de la rosa. Y así, entre lágrimas y alegría, se reencontraron en un cálido beso.
Pasaron pocos días antes de que recuperaran el tiempo perdido. Volvieron las risas, los juegos y la alegría. El amor renació con más fuerza que antes.
Habían comprendido una gran verdad: después de cada vendaval siempre llega la calma.
En la playa todos celebraban su felicidad, aunque algunos sabihondos no dejaron de criticar aquello que no lograban comprender. Pero al mar y a la rosa poco les importaban esas voces.
Vivieron así durante muchos años: él vibrando con su inmensa alegría y ella perfumando su vida. Su amor, profundo y silencioso, tuvo como únicos testigos al cielo y al sol.
Y aunque no faltaron nuevas tormentas, permanecieron siempre juntos.
Porque habían aprendido que el amor verdadero puede resistir cualquier tempestad.
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