martes, 7 de abril de 2026

Nosotros teníamos razón


Tan largo como eras en tamaño, la vida nos había encontrado aquella vez en medio de una trifulca, en los verdes campos de aquel parque encantado donde celebrábamos, alegres, el empate de un partido de fieras. 

Pero pasó que unos malandrines le habían metido la mano a la Gabriela. Así que nos fuimos corriendo a defender a la damisela. Tú, que todavía no decidías vengar a nuestra compañera, y yo, que quería liberar rápido mis hormonas palaciegas. Pero ojo: fui yo el que comenzó con la trompada y tú aún no cedías a la provocación anunciada.

Y así, cuando vinieron hacia nosotros las huestes enojadas, no te quedó otra que intervenir a las malas para defenderme. Todo se convirtió entonces en una gran fiesta de las buenas, peleando a diestra y siniestra. Pasaron las horas y, al final, triunfó la gesta.

Pero la refriega siguió y hubo un remedo de campeonato. Una piedra lanzada por alguien —de gran tamaño— venía directamente hacia tu testa. Yo entonces volé de palo a palo, como un gran portero ante una dizque pelota, para contenerla justo a tiempo y evitar que diera con tu caja de cerebro. ¡Pucha! Aún me duele la mano de solo recordarlo.

No obstante que éramos cuatro contra nueve, vencimos a quienes esa vez le habían faltado a la chiquilla. Recién entonces pudo respirar en paz la niña de la escuela. Luego vino la policía para llevarnos a todos presos por tanto jaleo y por ser tan descarados. Pero nos encontraron, extrañamente, abrazados, dando hurras y vivas a la Selección de fútbol. Hasta nos creyeron grandes hermanos partidarios.

Así entonces huimos raudos por el parque encantado: Yo con la camisa rota y tú con la mirada tonta. Los demás estaban desesperados y cada uno se iba por su lado. Pero ya nos alcanzaban… ya faltaba poco.

Con las justas, jadeando, tomé un taxi.

El chofer, asustado, me preguntó:

—¿A dónde va, jovencito?

—A seguir celebrando el empate —le dije.

Pero reaccioné enseguida y le espeté:

—¡Lléveme a mi casa carajo!

Y, de alguna forma, fue con esas firmes palabras que no sé cómo logré pasar en medio de los que me buscaban.

Hoy todo eso vuelve como remembranza: un gran partido de fútbol jugado, un gran amigo al lado y un hermano de pelea que no se olvida. Eran las batallas de mis veinte años. Las que se viven una sola vez. Y aunque el tiempo haya pasado, todavía vibran en mi corazón.

A veces regreso por el parque encantado. Camino despacio, miro el lugar donde todo ocurrió y no puedo evitar sonreír. Entonces lo repito para mis adentros, como si el tiempo no hubiera pasado nunca: Nosotros teníamos razón.

Roque Puell López - Lavalle


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