Veintitrés años han pasado desde tu partida, madre mía, y tu recuerdo vive aún en mí. Contemplo las fotos del álbum que me dejaste, y al hojear tus viejos cuadernos, encuentro aquellas palabras que escribiste en el pasado. ¡Vaya que ahora son una inspiración para mi alma!
Doy gracias a nuestro Dios por ser quien soy. Me enseñaste a luchar por la vida, a amar la verdad, a tener coraje y perseverancia en cada circunstancia. ¡Por el amor, la verdad, el coraje! Nunca olvidaré tus consejos para ser siempre el mejor; fuiste un ejemplo inmenso para mí.
¿Cómo olvidar el amor que prodigaste a mis hijas, a tus adorables nietas, cuando estuviste con nosotros? Las amaste y cuidaste con dedicación, preocupándote incluso por sus estudios en el colegio. Todavía conservan los libros que les regalaste, una herencia preciosa de su recordada abuelita. ¡Gracias, mamá!
Cuando mis días se tornan sombríos, me siento como un niño asustado que anhela guarecerse en tu regazo. Me regocijo en el recuerdo de cuando era pequeño y me cuidabas de los peligros, o cuando la fiebre me postraba y velabas junto a mi lecho. ¡Gracias por aquellos remedios feos que siempre funcionaban!
Te amo, madre mía, como si todo hubiera sido ayer. En aquellos últimos meses, cuando ya la voz te fue esquiva, me diste el último abrazo. Un abrazo que, en el silencio del día y la noche, consoló mi profunda tristeza, envuelto en la inmensidad de tu gran corazón.
Sí, fue mi último abrazo. La enfermedad no logró quebrarte; fuiste más fuerte que ella, venciéndola con tu amor de madre. ¡Cómo podría olvidarlo! Ahora estás con Dios, en su mansión celestial, plenamente feliz en Su presencia.
Y aunque ahora te extraño, tengo la certeza de que, más tarde o más temprano, nos volveremos a encontrar. Hasta entonces, mi linda madrecita, siempre estás conmigo: ahora en mi vida y también en mi ser.
Tu hijo...
Roque Puell López -Lavalle

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