Las primeras luces de la mañana vieron nuestros ojos en un día cualquiera de junio de 1981. Desayunábamos de forma franciscana en una olla común. La avena con leche humeaba, y un delicioso pan francés, crujiente de días pasados, estaba listo para ser servido. Su compañera infaltable, la noble mantequilla, heroína de jornadas, era aquella que te vendían a granel, envuelta en plástico transparente y amontonada sin asco al momento de adquirirla. Era poca y para tantos, pero se hacía alcanzar con la “chanchita” de todos los días.
Después vendrían los discursos en el local tomado, las arengas, la oratoria extendida entre compañeros y testigos, cánticos de algarabía, aplausos partidarios; la izquierda democrática hizo su aparición en la magna reunión… Todo hacía presagiar una esperanza, nuestro futuro estaba en juego. Saber que no perdíamos el tiempo se convirtió en algo mágico; se sentía el ambiente del compañerismo, la justicia y el derecho estudiantil estaban inflamados, y las voces se hacían sentir. Era un reto a las decisiones y profundas convicciones; éramos los soldados de una batalla propia, original, en una guerra aislada y, sin saberlo, estábamos en el umbral de algo más grande: el ingreso a la Universidad a como dé lugar.
Luego le tocó el turno a la noche, una oscuridad incierta, de espera muda e interminable, de peligro inminente. Sabíamos que la temible Guardia Obrera nos podía sacar en cualquier momento. Sentíamos también la madrugada, convertida en una tensa calma que reinaba sobre nosotros, aunque estábamos con la piel de gallina por el frío que experimentábamos. La taza con cocoa caliente la bebíamos a pesar de que a veces no sabía a nada y poco abrigaba, pero era nuestra aliada incondicional. Se tocaba la guitarra y cantábamos en las noches “Amigo” del grupo chileno Illapu, porque no conocíamos el aburrimiento, pero todos nos animábamos jubilosos en medio de toda esta tensión vivida.
Un día por la tarde, la magia se fue y la convivencia cesó para nosotros. Supimos que la suerte estaba echada. Se corrió rápidamente la voz de que las otras universidades estaban por sacarnos del local y los "rabanitos" estaban bien armados para tal fin. Nos querían vencidos y querían atribuirse la demanda estudiantil. Aunque éramos pocos, tuvimos la necesidad de arrancar de los brazos de las enamoradas a los jóvenes, como nosotros, que se habían aferrado a ellas. ¡Tremendos cobardes! No había otra manera, pero pudimos ver que algunos eran echados del regazo de ellas para que pelearan y, sin embargo, otras, desconsoladas, se quedaron solas llorando, viendo a sus grandes amores salir a pelear… ¡Qué tal espectáculo!
Presentamos batalla aún con miedo, pero dimos la cara a tremendo desafío. Todavía lo recuerdo: durante la trifulca, decenas de jóvenes en la calle, armados de correas, cadenas y palos de todo tamaño, venían contra nosotros. Explotaban los petardos, las bombas molotov, corrían las balas calibre 38; en fin, una humareda terrible. El corazón nos latía fuerte, pero igual respondíamos.
Cerca de la concurrida Av. Tacna, la turba enardecida avanzaba hasta la media cuadra donde estábamos, pero no podían seguir. Íbamos ganando terreno, sufriendo los palos y cadenas por igual. Nuestras compañeras, mujeres de valor, nos alentaban a seguir, todas arengando, cantando los himnos revolucionarios y echando también agua sucia desde el balcón. Las tablas rotas que encontraban eran lanzadas por ellas, y fue un verdadero milagro que no les pasara ningún mal. ¡Qué coraje! Todos nos quedamos anonadados…
Al final, como siempre, llegó la policía, el Escuadrón de Emergencia de aquel entonces. Pero vino luego el “rochabús” o carro rompe-manifestaciones, a querer dispersarnos usando sus mejores armas: el agua y las bombas lacrimógenas. Sin embargo, nosotros, con la cara cubierta y nuestros rostros mojados, se las devolvíamos en medio del humo, a pesar de que nos hacía arder y llorar los ojos. También quisieron darnos una paliza, pero la confusión y la cantidad de gente nos salvó el pellejo. Nos quedó solamente el irnos raudos al local después de haber infligido la derrota total a nuestros enemigos y a la policía.
Teníamos 24 años y ya habíamos experimentado el odio en nuestros corazones, pero felices de haber triunfado. ¡Tremenda contradicción! Se imaginan: al día siguiente, las noticias por la T.V. hablaban de nosotros y en la portada de los periódicos había una foto. ¡Ahí estábamos! Nadie nos hubiera creído, pero era verdad: se enteraron todos que un grupo de muchachos ganaron sus derechos, y al Rector no le quedó otra que darnos lo que tanto anhelamos.
Pasaron cuarenta y tres años de aquel incidente. Todavía existe el local, el Teatro Nacional; todo está intacto. Anteriormente el lugar se llamaba la calle del Teatro, pero nadie imaginó lo que allí aconteció. Todavía se escucha la canción “Amigo” en el ambiente y en el corazón de los que estuvimos aquel día. Fue esta canción porque nos unió una causa común, porque nos convertimos como hermanos, dejando nuestra sangre, y porque fuimos universitarios en ese momento porque nos costó ingresar. Solo así se explica por esas noches de compañía solidaria donde todos los allí reunidos fuimos los protagonistas.
Me acuerdo siempre de ese mes, de esas fechas, pues al pasar ahora por el centro de Lima, en ese célebre Jirón Huancavelica, muchos de nosotros dejamos nuestra juventud y nuestro coraje. Equivocados o no, estuvimos unidos en pro de una mejor educación universitaria que en este país todavía sigue siendo un problema que debe solucionarse. El Perú necesita también de todos para el engrandecimiento de la cultura y de la patria en que nacimos…
Roque Puell López - Lavalle
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