Amanda… mujer fuerte, mujer amada. Tu nombre no tiene comienzo ni tiene fin. No está solo en el mundo real; se siente quizá en el viento invisible, tal vez en el comienzo del cielo o en el beso consciente de un cariño sincero. ¡Tal vez en el paraje de los inocentes que nacen de un amor intenso!
Pero de pronto cayó la noche, y el círculo infernal de los fantasmas vivientes quiso arrebatar, atrevido, tu verdor. Lejos de amilanarte, amazona valiente y decidida, lanzaste tus flechas al cielo esperando respuesta ante la afrenta. Estaba en juego tu conciencia. ¡Y por Dios! ¡Querías una justa y lícita satisfacción!
Y las tinieblas arreciaron para buscar tu vida, para que hoy mismo partieras. —¡Yo estoy contigo! ¡Yo te sustentaré con la diestra de mi justicia! —escuchaste—. Tuviste entonces valor: sabías que los males te buscarían, y pronto tomaste las armas…
—¡No temas! ¡Yo te ayudo! —fue la Voz que una vez más oíste en medio de la contienda—. Entonces, con más fuerza, blandiste tu espada cortando raíces sin descanso. Así pusiste fin a ese pasado vergonzante que los espíritus del mal te hicieron creer que era tuyo.
Pero el enemigo, herido de muerte, quiso una vez más destruir tus sentimientos y tu esperanza. Sin embargo, tu valor abatió al sufrimiento. Luego llegó la nube que cubrió el horizonte sobre todo el campo. Se sentía el frío; se veían los estragos. Y siguieron los finales crueles de una batalla dura y sin nombre. Las luchas incesantes habían borrado el paso de las horas y de los días.
—¡Yo ya no contaba con tus penas ni con tus alegrías!
Y me gritaste:
—¡Aquí estoy, caballero de la armadura oxidada! ¡He vencido al que me humillaba! ¡Ya no llevo la confusión de mi pasado! ¡Ahora sí tengo un nombre nuevo! ¡Ya tengo una identidad nueva! ¿Quieres escuchar ahora mi verdad? De oídas lo había oído, pero ahora mis ojos lo ven. "Él levantará mi cabeza sobre todos los enemigos que me rodean. Cuando pase por las aguas, Él estará conmigo; y si cruzo por los ríos, no me anegarán. El fuego no me consumirá, ni la llama arderá en mí". ¡Ahora soy más que vencedora! ¡Él me ama!
Habías cambiado. Eras diferente. Tu sonrisa era radiante y tus ojos me lo decían todo: no tenía dudas. Mujer, ese es tu nombre: porque venciste y vencerás, en el justo tiempo. No hallarás mayor dicha que el amor de quien te protege. Serás amada y amarás por siempre a quien se ganó tu lealtad y tu valentía. Mírate: eres la mujer fuerte que nadie podrá contener, porque conoces el verdadero sentido de la vida y has vencido al final de la muerte que hoy, en vano, se declara.
Amanda… tienes ya, sin quebrantos, la eternidad fiel y segura. Ahora te espero, y sé que pronto nos volveremos a encontrar…
Roque Puell López-Lavalle

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