domingo, 13 de septiembre de 2026

Un mal día


Desperté con dolor de cabeza y sin desayuno, con la boca amarga y, de tanto en tanto, sangrante: era la herida del huraño, del parco, aquel que no habla por miedo al qué dirán de su triste semblante. Y solo en la cama me puse a pensar si sería la resolana del día o la luz de levantarme ya sin prisas y sin cuidados; total, uno está acostumbrado a vivir como soldado. Así pues, me bañé y me vestí para ti. Sin duda pensé verte en la alameda de los perdidos y en el parque de la esperanza, porque la medusa de mi casa estaba indignada; pero así le hablé a su pensamiento con mi profunda mirada:

«Me encontré que hablabas con el amigo de antaño, con aquel ingrato de siempre que buscaba encuentros para hablar de sus temores y fracasos. Vino a visitarte porque a mí no me llegó el anuncio de su llegada, y me di con la sorpresa cuando iba de salida a mis enredos y sentenciados. Quién sabe qué mentiras le dijiste, qué penurias compartiste en una catarata de palabras sin sentido de mujer herida y desesperanzada, con el corazón doliente y disfrazado de palabrerías tiernas y aterciopeladas. Las vacilaciones no se hicieron esperar y buscaste eco en tus quejas y sentimientos, en el mal proceder de un esposo hambriento de justicia para rendirte como una Magdalena: llorando y rugiendo a la vez la venganza de los dioses, la revolución de las sangres y el juicio a los traidores».

Pero aún tenía la palabra en la mente y tuve que salir entonces en un momento de confusión, en un intercambio de saludos realmente mediocre, falto de sentimientos y de no pocas razones. Aun así, fui a preguntar al iluso por el milagro de tal visita: si sería vano creer que vendría siempre o si fue un azar del momento, en medio de una cortesía al más puro estilo de un gran caballero. Así las cosas y sin respuesta, me puse el sombrero, anudé mi chalina vieja y un cigarrillo calmó el frío que me ceñía. ¡Fue estúpido, entonces, aquel encuentro!

Repasé en mis pensamientos el pasado vergonzante de una serie de conductas impropias y de amigos desleales. Ahí estaba el halcón, de quien solo el nombre era inteligente, porque no daba pie con bola ni en lo que enseñaba ni en lo que aconsejaba. Aquella estrella, mujer de carácter según su cuna y su linaje, vio cómo en un abrir y cerrar de ojos le arrebataban su inocencia en un carruaje. ¡Pobre ingenua! Y aquel que reclamaba la amistad como una espada fuerte y sublime de la verdad y la fortuna, nunca apareció en la enfermedad ni en la necesidad; no supo distinguir entre la vida y las letras vivas de una Escritura. Qué sabiduría y verdad se le muestran al iletrado al final, y cuán falsos son los muchos que le cantan palabras huecas a más de un desorientado… ¡Qué vergüenza!

Y así transcurrieron la mañana y la tarde, con pasos pesados entre el humo y el andar lento de transportes inciertos. Vi cómo arrebataban carteras y bienes unos que no respetan miserias ni edades, como antes se hacía; para ellos, quitar sin trabajar da más placer que robar con elegancia y buen porte. Ahora pretenden justificar el delito con la apariencia, sin comprender que es preferible la muerte, aun llegando a la ceremonia de una capilla ardiente. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Eterno lo librará de las abominaciones del tirano ciego… ¿O será un espejismo creer que entre nosotros nos arrancamos el corazón bajo falsas bondades?

¿Y el tiempo se detuvo? No. El tiempo no se quedó contemplando mis planes ni mis desvaríos; demostró sin reservas que todos los males recaen sobre una sola cabeza, y que habría de llegar un gobernante cruel para que de una vez mueran todos los agravios. Y no se irán así los tiempos difíciles, ni cesarán las horas de llovizna que gotean interminables sobre el pobre que toca su instrumento en cada esquina. Solo sé que debí despertar de tan largo engaño, de tan odiosa letanía, de encuentros fingidos y de una amistad sin alma. Solo recuerdo que nací solo, que crecí entre dos mundos en guerra, y que aun así no se fueron las horas amargas —y menos ahora—, en este mal día…

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 

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