viernes, 27 de marzo de 2026

El champa pecho






¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

En un instante que no esperaba, el silencio profundo del bosque se desgarró por el canto de la lechuza del monte. Solamente el crujir de pequeños grillos esparcidos y el misterio de la oscuridad escuchaban atónitos aquel canto que anunciaba la búsqueda de presa. La media noche ya se instalaba con su negrura característica, y según los cuentos de la selva, esos eran momentos propicios para los duendes, los animales nocturnos —la carachupa, la tortuga de tierra—. En ese espacio compartido habitaba el shihuango negro, zancudos y citaracos, sin olvidar la temible cascabel que podría manifestarse tras los jergones ablandados por la lluvia.

Y allí estaba yo, con la farola en mano, silbato al cinto y sin un ápice de sueño; desvelado como el propio viento que movía las copas. La alergia al agua me quemaba la piel, y los mosquitos me habían enronchado hasta la paciencia, pero hacía mi guardia como vigilante de un secreto. Imperturbable ante lo que pudiera nacer de una noche que amenazaba con llover, llevada por nubes negras empujadas por un viento fuerte. Y justo en ese momento, mientras aguanto el malestar de la giardiasis que me arropa desde hace días, la memoria me llega sin que yo la llame: la anécdota real que viví hace tiempo, cuando la selva me puso a prueba hasta el límite.

Había vivido allí tres años, en ese arranque de aventura y misión. Obtuve una chacrita de un campesino agobiado de deudas, ansioso por regresar a su tierra natal. Treinta hectáreas de bosque entre purmas densas y selva virgen donde tomé posesión del lugar. Allí corría una quebrada helada que la gente llamaba Mananquiari —“nido de víboras” en asháninca—. Para llegar, debía caminar diez kilómetros por las faldas de una montaña que se elevaba despacio: plana al principio, pero marcada por las irregularidades de un terreno que se doblaba como una serpiente.

Pero un buen día —cansado quizá de ir acompañado, lo confieso, pues nunca me gustó depender de otros— decidí emprender el viaje solo. No almorcé; salí a las once de la mañana con el morral ligero: botella de agua, botas y machete. Pensé que me llevaría unas horas, que regresaría cargado de papayas y limones. Mi instinto aventurero me susurraba: “Tú eres el champa pecho, y para ti nada es imposible”. Seguí los senderos, subí las cuestas, y la llegada parecía sin fin. Pasaron los minutos, la emoción me prendió en el pecho —había llegado solo, no debí molestar a nadie—. Y fue verdad: a pesar de la hierba crecida por las lluvias recientes, llegué sin tropiezos.

Cuando estuve allí, me metí calato en la quebrada para descansar mi cuerpo cansado, comí papayas y tomates pequeños que saqué de la chacrita, hice ajustes y arreglé la choza que se había deteriorado como un libro olvidado. Al fin, hora de regresar. Pero no sé explicar por qué las cosas suceden: no pude salir de inmediato. Empecé a marcar árboles con mi machete para no perderme, pero pasaron más de cuatro horas y la verdad se hizo evidente con tristeza: estaba extraviado, muy lejos de mi querida choza. Todo era igual, no había rasgo que reconociera; iba por todos lados, pero no llegaba a ninguna parte…

El bosque se confabuló para cerrar mis ojos. De pronto, una fuerza enorme de desesperación invadió mi ser y me hizo arrodillar en el suelo —sólo así logré no perder la ecuanimidad ni mi valor como hombre—. Pensé, oré y dije entre dientes: “Tendré que salir o moriré. ¡Tú me ayudas!”. Después de intentos fallidos, divisé a lo lejos mi cobachita esperada, a unos treinta metros de la quebrada. Corrí como si me faltaran piernas, me senté en la puerta… y en ese instante, como ahora, sentí un nudo en la garganta y mis manos temblaron al dar gracias a Dios por estar vivo. Luego levanté la cabeza y vi una pantera de color gris claro que había pasado a pocos metros, sin que yo me diera cuenta. Me levanté como un rayo para atacarla: me habían enseñado que era la fiera o tú.

Si te huele a temor por el olor que despides, eres hombre muerto. Así que gritando y blandiendo mi machete, me dispuse a luchar pensando que era mi último día. Ella no me hizo caso: gruñó y se fue como un gato perseguido, cola en alto y paso apurado. No pude más y lloré —sorprendido, rabioso, asustado—, porque la adrenalina se había acumulado en mí como una ola que ahora se rompía. Intenté salir de nuevo, pero el bosque seguía cerrado; decidí pasar la noche allí, pensando que dormiría. Pero me equivoqué: murciélagos de todos los tamaños —los mashos— se colaron por la abertura cerca del techo y me sentí atacado. Toda la noche defendí mi espacio con el machete; es de esperar que transmitan rabia si te muerden. Pero al fin se fueron con la madrugada.

Salí de mi propia cárcel a eso de las seis de la mañana, al primer intento. Recordando cada paso vivido, recorrí el mismo camino enmarañado, y después de algunas horas llegué al pueblo sin más novedades que la alegría de estar vivo…

¡¡Urcututuuuuu…..urcurtutuuuuuuuuuuu….urcututuuuuuuuuuuu!!!!!!

¡Uyyyyyyyy, qué ocurrióóóóó! Ahora, con el cuerpo debilitado por la giardiasis, la memoria me ha traído de vuelta ese instante. El canto de la lechuza me avisó como un reloj ancestral, igual que entonces. El sol empieza a despuntar el día: me dice que nuestra vida se escribe de nuevo. ¡Qué bonito amanecer anaranjado! ¡Qué calor se empieza a sentir! La gente arranca con sus afanes —algunos ya caminan desde las cuatro de la mañana—. Volviendo a mi guardia, espero mi relevo. Mis ojos se aclaran, y la realidad me dice que estoy aquí, con mis ronchas, el malestar en el vientre y mis pensamientos. Mano sobre el corazón, vuelvo a sentir esa gratitud profunda: gracias a Dios de todavía respirar esta tierra que me ha puesto a prueba y me ha dado la fuerza de seguir.

Roque Puell López - Lavalle

 

 

 












jueves, 26 de marzo de 2026

Aquél verano



“Nuevas son cada mañana”, había escuchado decir a mi madre en un día soleado y prometedor, al comienzo de la semana. Ante mí se perfilaban grandes desafíos, grandes logros, o tal vez iba a conquistar algo que aún no podía definir. Pero la rutina de siempre era necesaria, y debía cumplirla.

Vivía en Miraflores, un barrio que acogía a intelectuales e inmigrantes de todo el mundo. Hoy en día es un referente turístico, con playas que se extienden junto a avenidas amplias, callecitas empedradas, parques y casonas del siglo XIX. Antaño se le llamó “Ciudad Heroica”, al igual que el contiguo distrito de Barranco, porque aquí sus habitantes desplegaron todo su heroísmo en una guerra sangrienta acaecida en nuestro psís contra un invasor mejor preparado.

Pero volvamos a mi diario existir: otra vez tomaría el desayuno de siempre, y mi madre ya me había llamado más de tres veces para que bajara —ya estaba servido sobre la mesa de madera de la cocina. ¿No entendían que hoy era un día clave? Por fin comenzarían mis vacaciones de fin de año, y mi celular no dejaba de vibrar con mensajes de mis amigos. Cuando terminé de responder la última llamada, bajé rápido: antes de que mamá subiera con su famoso “correctivo” (papá no estaba en casa en esos momentos).

Tenía una hermanita menor, experta en los berrinches que le conseguían casi todo de nuestros padres. Yo era parecido a ella, solo que empleaba mis tácticas para fines que consideraba más importantes. Para mí, todo era cuestión de tiempo. Había pensado irnos a las playas del sur: el verano era abrasador, pero el mar era nuestro refugio y nuestra pasión. Mis amigos y yo no parábamos de hacer planes —unos querían arena fina, otros piedras lisas, pero nadie ponía en duda que viviríamos el mejor verano de nuestras vidas. Tuve que convencer a mamá, que temía por mí por ser un niño travieso; pero no podía encerrar un espíritu libre, menos impedirme practicar el surf, un deporte que había adoptado hasta para competir.

Por fin, ya estábamos en camino. El viaje fue una cascada de risas y ocurrencias —mis tres amigos, todas nuestras familias, el sentido del humor de mi padre e incluso Cucki, nuestro perro, se unieron a la aventura. Llegamos a Punta Rocas: playa de piedras amables, orilla impecable y mar cristalino, al sur de Lima. Contábamos con una casa amplia y cómoda donde todos cabíamos sin problemas; realmente estábamos felices, porque al fin nuestros sueños se hacían realidad. Mamá nos acomodó en las habitaciones, papá nos ayudó a revisar las tablas y mi hermana menor guardó su mochila llena de muñecas en un rincón seguro —asegurándose de que nadie se acercara a sus cosas.

Marco, Guillermo y Walter eran mis compañeros inseparables de estudios y travesuras. Por rarezas del destino, a todos nos gustaba “correr tabla” —palabra mágica que escuché alguna vez decirle a mi padre. Seguro él vivió la misma pasión en sus tiempos y yo quería emularlo; no quería dejar de ir para mostrarle algunas de mis acrobacias más espectaculares. ¿Qué imaginativo, verdad?

Estábamos bien preparados: siempre hacíamos deporte, éramos espigados y delgados, de tal forma que deslizábamos sobre las olas con un gozo indescriptible. Era todo un reto; las competencias entre nosotros no se hacían esperar, ni el placer de enfrentar la fuerza del mar. Cada vez éramos más experimentados, así que la estación era crucial para los campeonatos que la Federación organizaba en estas fechas. Era imprescindible adiestrarnos mejor, esperando que el verano nunca terminara.

Después de tanto loquerío en la orilla, extendimos nuestras toallas y pusimos resina en las tablas. Fui el primero en lanzarme al agua, creyendo que los demás me seguirían —pero me desilusioné al ver que se quedaron en la arena. Enojado, esperé la segunda ola; los vi acompañando a un grupo de chicas que debía haber llegado de improviso, porque no me había percatado de ellas. No les tomé importancia y coroné mi hazaña con tres olas increíbles que me llevaron de regreso a tierra.

Al acercarme, descubrí que eran cuatro chicas de nuestra edad, que charlaban alegremente con mis amigos —quedados, casi de piedra. Supe después que eran amigas de Walter, conocidas el año anterior. Se sorprendieron al verme, más que todo por mis cabellos enmarañados por el mar y se quedaron boquiabiertas. Solo atiné a decir un “hola” seco y desconfiado. Walter se dio cuenta y, sonriendo para arreglar la situación, me las presentó apurado: Thelma, Lupe, Silvia y Charlotte. Tras los besos de saludo, me quedé prendado de la última —su sonrisa y sus ojos grandes me llamaron poderosamente la atención--- Pero por suerte, no se dio cuenta de mi sorpresa.

Su conversación me resultó cálida: hablaban pausadamente, pero de temas que nunca habíamos tocado entre nosotros. Yo solía hacer comentarios variados y poder intercambiar ideas peculiares, pero lo interesante fue descubrir que ellas también surfearan —no con la misma intensidad que nosotros, pero sí disfrutaban del oleaje y de las competencias que organizábamos en la playa. Mis compañeros nunca supieron de la atracción que sentí por Charlotte; yo si no quería quedar mal contándoles que me sentía tímido para decirle cosas bonitas, pero pensé que el tiempo restante sería suficiente para encontrar las palabras. Nunca la encontré sola: pero la miraba, y mis frases se trancaron en mi garganta.

El último encuentro —porque al día siguiente comenzaría la escuela— nos despedíamos todos entre risas y abrazos. Pero para mí solo existía Charlotte; el resto no importaba. Al atardecer, bajo un sol rojizo que tiñó el mar de oro, me acerqué a su lado con la tristeza del adiós, cerré los ojos y le di el beso más cálido y largo de aquel verano. Ella se tocó delicadamente la mejilla, tomó mis manos y, mirándome tiernamente, me dijo suavemente: “Adiós…”

Creo que nunca me olvidaré de ese verano, porque jamás ignoré su mirada ni el beso que selló nuestro encuentro. Cuando llegué a casa, me preguntaron si quería merendar y les dije que no enfáticamente. Subí rápidamente a mi alcoba, cansado del viaje, y me tendí bruscamente en la cama, mirando perdido al techo mientras pensaba en ella…

Entonces, las lágrimas rodaron por mis mejillas y simplemente, me quedé dormido...

Roque Puell López - Lavalle

 

 


martes, 24 de marzo de 2026

La Misión


Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha sido explorado. Pero ahí yace, soberbio, imponente, solitario y hermoso a la vez, un paraje desconocido, un cerro privado de luz solar, una empresa que invita a una existencia arriesgada y que, sin embargo, busca entre los más experimentados, una ocasión, un rumbo inexplicable, una rosa en flor que brota entre raíces ancestrales y anhela ser acogida por aquel que se atreva a adentrarse...

La lluvia torrencial acompaña al hombre, y aquella densa neblina que envuelve su camino, lo ennoblece. Él venera la verdad en sus palabras, le importa el espíritu de los extraños, corre en sus venas el ímpetu de los sueños; y aunque solo escuche el eco de su aliento al ascender cuesta arriba, aspira a trascender lo impredecible hacia aquello que anhela con fervor para compartirlo porque es una dicha que trasciende los límites de su pecho...

La fiera delimita su dominio, pero él aspira a llegar pronto para ser el primero. Quizás porque no le importa ni el lapso del tiempo ni la extensión del camino, ni el recuerdo de su aldea ni la razón de sus amigos. ¡Qué temple! El anuncio es el mismo: liberador, firme, conmovedor, consolador; nunca pierde vigencia aunque la agonía lo visite. Es el Amor de quien hace mucho se le adelantó, pero que ahora llena todo su ser y define su propósito. Emplea su viveza, su esencia desnuda o incisiva, para no ser alcanzado por el rayo de la desesperanza ni el trueno de la indiferencia...

Le llamaron loco, pero ahora lo vive con intensidad; todos pueden acercarse a él, tocarlo y reírse junto a él. Porque a la ingenuidad de los demás se le adelanta la humildad y la sencillez que se reflejan en su semblante, en la calidez de sus expresiones, en su cuerpo desgastado – porque atrás dejó su altanería para buscar ahora un ideal auténtico, monstruoso para quienes no creen y singular para aquellos que lo acogen con determinación...

La vida es una sola para contarla, y algunos la conocen por las experiencias que alberga el Libro de verdades eternas. Del sufrimiento ajeno se nutre el carácter; de los latidos de un corazón extraviado se afirman las alegrías. Pero permanece el mismo llamado que transforma al hombre y alienta al pecho apocado. La montaña lo refugia, lo desvía, pero es generosa cuando comparte sus misterios...

¿Qué es aquello que lo apasiona, entonces? La existencia con sentido y el recorrido por sendas que sabe que lo pueden sorprender. Porque existe el Dueño de los laberintos y de los árboles inmensos en las cañadas, o el habitante de la humilde morada, a quien no imaginaba que le daría la bienvenida con un saludo sencillo. No preveía el corazón del que recibía su visita, el dolor de su partida, tal vez por su Mensaje y la forma de comunicarlo...

Solo las almas que se doblegan ante la Majestad de lo que no se advierte, de la pequeñez que les provocan esos hombres o la propia montaña, muestran el porqué de ese encuentro. No es él quien conquista ni se apropia del honor. No: el conquistado es él mismo, quien desconoce que la labor que lleva consigo, junto a la candidez de su desconocimiento, lo hace vasallo, lo convierte en discípulo – y que lo único que aporta es la pureza de su intención...

Roque Puell López - Lavalle

martes, 17 de marzo de 2026

El rompe huesos

 

  En las vacaciones de 1968, el Parque Fátima de Chorrillos y las casas que lo rodeaban guardaban muchas historias. Yo era apenas un niño, pero aún puedo ver con claridad aquellos días en que el barrio parecía un mundo entero y la vida transcurría entre risas, polvo y aventuras.

  Por entonces, cerca de nuestras casas corría un pequeño río que serpenteaba entre chacras, maizales y campos de cultivo. La zona todavía conservaba algo de campo, a pesar de estar tan cerca de la ciudad y de la Escuela Militar. Había establos y pequeñas ganaderías, y mi madre solía regresar con leche fresca que compraba en uno de ellos. Recuerdo perfectamente la nata espesa que quedaba flotando en la olla. Yo la miraba con asombro mientras ella la servía en un tazón. Luego nos la bebíamos sin pensarlo dos veces.

  ¡Qué tiempos aquellos!

  En el barrio había niños que apenas salían de sus casas y otros que parecían vivir en la calle. Yo logré hacer amistad con varios de ellos. Vivían en los callejones cercanos a mi casa, en viviendas modestas pero llenas de vida. Sus familias madrugaban para trabajar y asegurar el sustento diario. Aun así, siempre encontraban tiempo para saludarse, conversar o reír.

  Entre nosotros no hacían falta muchos juguetes. Nuestra imaginación bastaba.

  Uno de nuestros mayores orgullos era el carro-patín. Lo construíamos con nuestras propias manos: dos maderas cruzadas, una pequeña y otra larga; cuatro rodajes bien ajustados; y un pabilo que servía para dirigirlo. Cuando terminábamos de armarlo y lo aceitábamos bien, nos parecía que habíamos construido una máquina extraordinaria.

  Para nosotros, aquellos carros eran auténticos bólidos de carreras.

  Los llevábamos hasta la bajada de los autos de la playa de Agua Dulce. Allí, entre gritos y empujones, comenzaban las competencias. Un amigo empujaba desde atrás mientras el otro se dejaba llevar cuesta abajo, a toda velocidad.

  Corríamos sin miedo.

 No había premios ni trofeos. Bastaba con llegar primero y escuchar los vítores de los demás.

  Así nacían nuestras carreras.

  Después venía la canga. Usábamos dos palos de escoba viejos: uno largo y otro pequeño. El juego consistía en golpear el más corto para hacerlo saltar por el aire y volver a impulsarlo lo más lejos posible. El que lo enviaba más lejos ganaba la partida.

  También estaban las bolitas de vidrio. Jugábamos a los ñocos, pequeños hoyos que cavábamos en la tierra. Allí apostábamos nuestras mejores canicas: las lecheras, los bolones transparentes y otras que brillaban al sol como pequeñas joyas. Algunas terminaban muy quiñadas después de tantas partidas, pero seguían siendo las más codiciadas.

  Y no podía faltar el trompo.

Había verdaderos maestros capaces de hacerlo bailar durante largos segundos sobre la tierra. Pero también estaba el temido juego de la “cocina”. Allí, los trompos de los novatos sufrían el castigo de los más expertos y terminaban astillados o completamente destruidos.

  Sin embargo, el verdadero rey de nuestros juegos era el fútbol.

 En el parque cercano a nuestras casas improvisábamos la cancha. Jugábamos descalzos, sobre tierra dura y piedras. No había césped ni uniformes elegantes como en el colegio. Allí se jugaba a lo macho, aguantando el dolor sin quejarse.

  Era nuestra manera de demostrar que estábamos creciendo.

  Muchas veces nos enfrentábamos a muchachos mayores que nosotros. Algunos tenían dieciocho o veinte años, mientras varios de nosotros apenas llegábamos a los once o doce. Pero eso no nos importaba.

  El partido era el partido.

 Cada centro al área debía terminar en gol. Cada saque de esquina se celebraba como si fuera una jugada histórica.

  A veces caminábamos largas distancias para ver jugar a los mayores. Bajábamos por los cerros hasta llegar a la famosa Cancha de los Muertos. Era un pequeño estadio improvisado cerca de un antiguo cementerio que quedaba junto al túnel por donde, años atrás, había pasado un tranvía rumbo a la playa La Herradura.

  El lugar tenía un aire misterioso.

 Allí se organizaban campeonatos donde jugaban equipos invitados de provincias. El fútbol se vivía con intensidad: patadas, barridas, jugadas audaces y discusiones interminables. Todo formaba parte del espectáculo.

    Para nosotros era una escuela.

   Pero el momento que nunca olvidaré ocurrió una tarde cualquiera en nuestro parque.

  El partido estaba muy reñido. Corríamos de un lado a otro levantando polvo. Yo perseguía el balón cuando choqué con uno de mis amigos. Fue un encontrón fuerte, pero en medio del juego apenas lo noté.

  —¡Foul mío! —dije, casi sin detenerme.

  Seguimos jugando.

  Más tarde comenzaron los murmullos.

  Mi amigo se había fracturado ligeramente. Nadie me lo dijo de frente, pero el rumor corrió entre los muchachos. Desde entonces algunos empezaron a llamarme, medio en broma y medio en serio, “el rompe huesos”.

   Yo no lo supe de inmediato.

   Tiempo después, mi amigo me lo confesó. Me dio mucha pena saber que lo había lastimado. Estuvo con yeso durante una temporada y no pudo jugar.

   Pero la amistad siguió intacta.

 Cuando comenzó el siguiente campeonato, allí estábamos otra vez, corriendo detrás del balón como si nada hubiera pasado.

  Los años pasaron rápido.

  Mi familia se mudó a otro distrito y tuve que dejar atrás el barrio, el parque y a mis amigos. Sentí que una parte de mi vida quedaba suspendida en aquellas calles.

  Tiempo después regresé para buscarlos.

  Algunos aún estaban allí. Habíamos crecido, pero bastó vernos para abrazarnos y recordar nuestras aventuras. Hablamos durante horas, como si los años no hubieran pasado.

Fuimos a ver nuestra antigua cancha.

  El lugar seguía allí, silencioso, guardando las huellas invisibles de nuestros partidos.

   Pero el tiempo siguió su camino.

  Cuando regresé otra vez, un año después, encontré algo que no esperaba. Los callejones habían desaparecido. En su lugar se levantaban nuevas residencias.

   Mis amigos ya no estaban.

  Los niños que jugaban allí eran otros. Los perros que ladraban al desconocido también eran distintos.

 Comprendí entonces que el barrio que había conocido existía solo en mi memoria.

 Los que viven ahora nunca supieron que allí jugaron los palomillas de antes y los atrevidos del mañana.

  Entre todos ellos estaban el Pito, el Sacalagua, el Cholo… y también aquel muchacho al que un día comenzaron a llamar el Rompe Huesos.

  Ese muchacho era yo.

 Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, nunca he dejado de recordar aquellos días en que el mundo cabía entero dentro de un parque, una pelota y la amistad de unos niños que soñaban con ser grandes.

Roque Puell López - Lavalle



domingo, 15 de marzo de 2026

Llegaste




Llegaste a mi pensamiento y a mi corazón sin previo aviso, en un momento quizás de escondida quietud o en el anuncio de un profundo silencio. Escucho tu voz distante, pero a la vez me atrae con su cadencia pausada, su resonancia profunda y su fuerza que emana poder y señorío. La dulzura de tu música me conmueve las fibras más íntimas del alma, despertando mi deseo de saber cómo hoy podría amarte.
 
Me pregunto cuál es tu canto y solo puedo contemplarte en el tono profundo de una zampoña y en la melodía de una quena. Siento en esos sonidos maravillosos tu belleza, tus luchas, tu aliento, tu cuerpo encarnado en la indomable cordillera. En ese aire andino enrarecido, encuentro la explicación de tu vida, de tu corazón y de tu gente.
 
El cielo me revela tus ojos celestes, adornados con el blanco impoluto de las nubes que te hacen regia y majestuosa. ¿Qué atesoras en tu regazo? Quizás la sencillez, la paz de tus paisajes, el imponente silencio del viento o el frío del abismo más hondo. Todo esto para mostrarme que en las alturas también late un corazón, un alma de niño y una amistad que hoy es tan difícil de encontrar.
 
No olvidaré tu pasado glorioso que me invita a soñar y a maravillarme de tu valentía contra el opresor en todas sus formas. Admiraré la maravillosa ofrenda de dar la vida por la madre, por el hijo, por el nombre que una vez te hizo poderosa ante todos e indomable para la conquista de otros pueblos que, quizás, muchos hoy han olvidado.
 
Pronto llegará el día en que te vea; me recibirás con los brazos abiertos y yo te ofreceré un cálido beso. ¿Acaso mi corazón se enamorará de la nieve que me brindas o de tu alma que ya me emociona con solo imaginarla? Serán tiempos de alegría y de reconocer lo que siempre significaste para mí: digna tierra de provisión, de coraje, y la que entrega a sus mejores hijos para luchar hasta la muerte y jamás rendir la bandera.

Roque Puell López - Lavalle

(Haz clic para escuchar el enlace)


lunes, 16 de febrero de 2026

Se fueron conmigo


 
I

En la noche del azul silencio reinaba la luna.
Ella quiso llenar mi impensado deseo,
pero al contemplar la fría oscuridad,
comencé a extrañar tu nombre y tu esencia.
 
II

Entonces mi corazón estalló — y la verdad
fue tan cierta que en un instante él
durmió para no verla y se quedó callado.
Luego, la nostalgia invadió mis sentidos,
y con sorpresa escuché su voz...
«¿Por qué ella guía tu camino?
¿Por qué sus ojos te ofrecen un destino?»
 
III

Fui tan necio que quise construir un gran castillo:
tachonado de estrellas, de oro puro y tapices.
Todo él para los dos — era la vida plena —
pero mi conciencia no lo quiso aceptar.
 
IV

Aunque mi querer todavía vivía en mi ser,
no halló en ti un sincero consuelo.
Tus cadenas conservaban todavía su brillo,
y mi secreto a voces, se quedó cautivo...
¿Por qué mi corazón me impedía que te fueras?
¿Por qué mi voluntad ansiaba que te quedaras?
Ese fue mi pensamiento envuelto en tu recuerdo
hasta que me dijo: «Tonto, no creas esa mentira.»
 
V

Triste me quedé en el silencio de aquella noche,
por el sentimiento que aún guardaba en mí.
Pero él me dijo la verdad y dio el motivo.
Y sin embargo, sucedió que en esa angustia,
sólo mi conciencia y mis heridas,
se fueron conmigo...

Roque Puell López - Lavalle 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Quién nos sostiene en estos momentos

   

   
 
Me hablaron de surcar los cielos en un viaje próximo, cruzando costas donde el aire huele a sal y espuma marina, y los Andes cuyas cumbres frías rozan las nubes blancas como lana. El destino terminaría en la agreste vegetación de una selva —sojuzgada desde hace mucho tiempo—, donde el suelo húmedo exhala olor a tierra negra y hojas rotas, convertida ahora en la esperanza de tantos. Quizá será por corto tiempo, lo ignoro, pero sé que mi destino me enseñaría el lugar donde dejar libre mis pensamientos, para reconocer el nuevo y vasto horizonte que me aguarda hasta donde llegue mi voluntad e imaginación.
 
Recuerdo los primeros años, cuando el cielo era parte de mi vida, mi aventura y mis desafíos por cumplir la Misión. El sol calentaba mi rostro cada mañana, y el viento silbaba en mis oídos mientras soñaba con llegar lejos, para dar rienda suelta a mis anhelos y a la obra encomendada. Ahora, al pensar en el ayer, veo la alegre inocencia de creerme el protagonista, cuando la realidad era que yo era un peón más en el juego de un tablero de vida donde tenía que honrar al Rey. ¡Qué tiempos aquellos, en los que el café de la mañana tenía un sabor a canela y esperanza!
 
Mis palabras se convertirían en acciones, ellas me llevarían a formar el hábito de extender mis emociones, de ampliar la felicidad que me desbordaba como miel caliente, para no quedar ensimismado en recuerdos vanos y grotescas frustraciones que sabían a amargura. Entonces, comprendo que el viaje tenía valor, convicción y coraje, pues así yo no me quedaría solo con lo mío. Ya no ardería solitario en mis brasas por no poderlo compartir —brasas que crujían y temblaban como mi propia alma.
 
Antaño, volaba de regreso a un pueblo lejano en el Pajonal. Las horas iniciales fueron de sol radiante que calentaba la piel hasta sentirla tersa como cuero, y el paisaje se extendía debajo como un tapiz de tonos verdes y marrones. Pero de repente, una tormenta imprevista se presentó. Escuchábamos el crujido profundo de las montañas como si se rompieran en mil pedazos, después el cielo sin luz se iluminaba con relámpagos que dejaban manchas blancas en la vista, para terminar finalmente en una lluvia feroz que golpeaba con un ruido metálico, acompañada del estruendo ensordecedor de los rayos. Éramos solo cuatro personas, con el cuerpo temblando de frío y emoción. Toda una aventura y un regreso impredecible.
 
Yo emprenderé mi viaje ahora y conquistaré los cielos, superando así lo que se presente en la vida. Quiero que mi corazón reviva las emociones del crepúsculo —cuando el aire se enfría y el cielo se tiñe de naranja y morado— y las tormentas de tantas noches, donde el olor a tierra mojada llenaba cada rincón. De repente, recordaré y anhelaré otra vez a aquella mágica compañera, cuya risa sonaba como cascada y cuyo tacto era suave como pétalo de rosa. Pero ella tendría que recorrer, como yo, el firmamento...
 
Tendré que aprender a resurgir como el ave Fénix y no confiar ciegamente en el corazón, porque este es engañoso como el espejo del desierto. Nadie lo conoce realmente, y quizás algunos pensarán que los vacíos del cielo, al volar, nos harán caer en la hondonada oscura donde el silencio pesa como piedra... Mas allí estará nuestra convicción de saber: Quién nos sostiene en estos momentos.

Roque Puell López - Lavalle
 


 

Hoy respiro la pólvora


Hoy preparo sereno, la munición de mi fusil y lo limpio muy orgulloso para dejarlo reluciente, listo para la contienda. Hoy arengo a los que me escuchan, la voz de mi protesta así como también veo el libre ondear de mi bandera. Es roja como todas las sangres de mi pueblo y es blanca como la paz que nace de mi conciencia. No obstante, en el estandarte está mi rabia contenida, pura y en los símbolos patrios, se encuentra mi libertad.

Se da como siempre, el discurso de la demagogia y el de las vanas promesas. Ellas son las palabras inútiles que se lleva el viento y la conocida doble moral que pretenden mejorar. Pero todo es con el discursillo y la patraña. Hay que renovar el armamento, sí, pero hay que traducirlo en los hospitales y en escuelas. Entonces, ¿Cuándo?

Ahora está corrompida su responsabilidad y se ha quedado sin la memoria. Pero así son ellos compañero, los que disquen "querer" cambiar ¿Y cuándo pues, surgirá el trabajo digno y el pan con liasíbertad? ¿Y regirá acaso el derecho a la vida y la salud de la sociedad? ¿Es verdad que la vieja indiferencia será la que rige ahora o serán las mentiras del mañana?

El pasado los confronta, ya sufrimos lo indecible, ya los muertos no pregonan la victoria, ya los extraviados están todos mudos esperando ser reivindicados. Pero hoy seremos verdaderamente  libres cuando encontremos los valores perdidos. Será así si el que gobierna y los que imparten justicia digan la verdad. Entonces, los grandes y pequeños, los otros y fuereños se respetarán unos a otros y tendrán dignidad. Y así nacerá la Nación.

¡Grandes hombres y grandes hazañas! La conciencia acusa a los ingratos y así demistrarán la sutileza de los maltratos. Energúmeno amenaza al gigante que de un solo garrotazo colgaría a los ingenuos. El sueño de los despiertos y la esperanza de todos, se cumplirá en el umbral de un país mejor defendido.  Por eso, hoy respiro la pólvora porque veré las victorias de un país. Entonces, preparo sereno la munición y levanto orgulloso mi fusil.

Roque Puell López - Lavalle


jueves, 5 de febrero de 2026

Un pedazo de amor



 
En el secreto de mis pensamientos, quisiera encontrarte. Nuestras palabras y la curiosidad de mi corazón florecieron cuando me confesaste tu temor nocturno. Primero fue el ruin desvelo, luego un despertar intranquilo por un mal sueño. Por eso, ya no te vi sonreír. Si estoy a tu lado en el dormitar, ¿por qué te negaste a decírmelo en estos momentos? ¿Acaso no fui yo quien te escuchaba tantas noches? ¿No veía tus ojos llorosos hoy para brindarte consuelo?

No lo sé, tal vez deba convencerme de que me has olvidado, de que ya no me buscas para recorrer un camino juntos. Quizá sea la ilusión que vive en mi alma al atardecer, o la noche que nos muestra un final de esperanzas rotas. Sí, debe ser así, porque ahora no concibo que la duda nos gobierne, ni comprendo la razón por la que me eres ahora tan urgente. Sin embargo, te alejas de mí a paso lento y pausado, para encontrarte con tus miedos. Te vas para no recordar que alguna vez fuimos los únicos en un valle, cerca de una cordillera. ¿Qué fue de aquella flor que nació fuerte entre las piedras? ¿No fuiste tú la que tenía los colores más intensos en el jardín de mis ilusiones? Mejor tendría al mar inmenso para que se lleve mis pesares, pero, ¿he de aceptar esta duda, impidiéndonos vernos unidos como el tiempo nos muestra?

Mis sentimientos se pierden entre el resplandor de la luz y las sombras que los ocultan. Y así sería, para que mi corazón muriera sin remedio por la desilusión y el espanto que me demuestras. Pero pareciera que te atrajera el quebranto, o tal vez desearías que yo no existiera en los instantes de tu soledad y de tu silencio. No, mujer, yo te conozco, tu pensamiento no es así. Tú no puedes comenzar una batalla sin las armas requeridas, porque no eres capaz de ser esquiva. Tienes madera de guerrera intensa, incapaz de morir sin una bandera y de rendirte jamás ante cualquiera.

Aun así, tus sentimientos vuelan sin encontrarse, sin pisar tierra firme. Son como las luces tenues que ceden a la noche entre la incertidumbre y la pena de no unirse. Pero, ¿sabes? Yo no soy así. Ven conmigo y te mostraré que los farallones de mi sentir están firmes y llenos de un verdor inmenso. Son tan fuertes que podrías esconderte en ellos y luego, al ver la montaña más alta, podrías considerarla también tu casa. Así, cuando despiertes en las cumbres de mi gélido nevado, me verías sonreír tomando tu mano, abrigando tus esperanzas.

Sí, tengo un amor tan grande que también espera ser correspondido. No te vayas ahora, busca en mí ese valor que ahora te falta, pero no me hagas daño; podrías hacer volar mis anhelos. Te quiero solamente para mí, sea para que por lo menos me recuerdes por lo que soy o por lo que te di, si me das la oportunidad. Solamente búscalos dentro de mi corazón y llévate, si lo deseas, un pedazo de amor.

Roque Puell López - Lavalle

 

martes, 3 de febrero de 2026

Amor anhelado

 

 

Eres tan frágil como una mariposa y tan sensible que escuchas el murmullo de las aves que habitan el bosque. Sin embargo, estás enamorada del amor, pues eres una mujer intensa, que sabe sonreír a voluntad y callar en el momento justo, incluso si no es el debido.

Buscas sin cesar respuestas al amor, abiertas en la nostalgia del vasto firmamento. Dejas así libres tus fantasías, ignorando la tormenta que ruge desde siempre, amenazando con romper las conquistas de la esperanza. ¿Te habías dado cuenta?

Ansiosa, quisiste encontrar una flor en el abismo, y aun así se asomó el trovador, sencillo y enamorado. Pero ni por un grito al cielo ni por esas garúas del desconcierto, cederás en tu empeño de no valorar las promesas verdaderas y los motivos sinceros de un corazón errante.

Por eso, me iré a vivir a las frías montañas de la Ermita. Cansado estoy de amores infructuosos y comedias a medias. Ya no viviré entre falsos capitanes que no avivan el fuego de mi ego solitario, ni iré con aquella que, hoy mismo, no me dará el amor anhelado.

Roque Puell López - Lavalle

   

  

Cántico a Amanda

Amanda… mujer fuerte, mujer amada. Tu nombre no tiene comienzo ni tiene fin. No está solo en el mundo real; se siente quizá en el viento inv...